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Suegros, cuñados y otros familiares fantásticos

Cuando os casáis, comienza una nueva familia. No hace falta tener hijos para que seáis ya, desde el «sí, quiero», una familia propia y única. 

Me gusta cómo lo expresa Maldita Nerea en su canción Un planeta llamado nosotros. Como os contaba en este post

«Esa certeza de haber creado algo totalmente nuevo, todo un mundo entre las cuatro paredes de un hogar. Un sitio para “ser nosotros” y construir ese amor para siempre. Cuando decimos que una de las características del matrimonio es la exclusividad (ese “uno con una”) no quiere decir que exclusivo sea excluyente, ¡ni mucho menos! Un buen matrimonio sabe acoger: sabe acoger a los hijos, sabe acoger a los familiares y es consciente de la huella que puede dejar en la sociedad. Y, en primer lugar, acoge el regalo de la entrega del otro: “Soy aquel sueño de niño / Las manos, abiertas, mirándote a ti”»

Por eso es normal que surjan roces, crisis, problemas y malestares cuando sentimos que nuestra planeta está siendo atacado por intromisiones de cualquier tipo. Y una de esas invasiones que más se teme es la de la familia política.

Sí, que no son solo las suegras, también están los suegros, los cuñados, los primos políticos, la tía abuela del pueblo, el primo segundo de Australia… 

En este tema puede haber diversas variantes por lo que se hace difícil abordar toda la casuística: los hay muy desapegados —incluso con su propia familia—, los hay demasiado apegados que no terminan de cortar el cordón umbilical, están los suegros muy metomentodo, están los equilibrados, los que viven lejos, los que viven cerca… y luego sus combinaciones: suegro intenso con hijo desapegado y nuera intensa, suegra equilibrada con hija intensa y yerno desapegado… etcétera. Pero aunque cada uno es cada uno, voy a intentar dar algunas ideas generales que me parece que pueden venir bien en cualquier caso.

Lo primero: querer

Empecemos por el principio para que nadie malinterprete: a las familias de origen hay que quererlas y cuidarlas, a las propias y a las del otro. Por agradecimiento, por justicia, porque te han dado la vida y han dado la vida a la persona que más amas en el mundo. Formar una nueva familia no implica renegar de las raíces, sufrir de amnesia selectiva ni nada por el estilo. 

Esto incluye evitar los continuos comentarios negativos a tu marido/mujer sobre los suegros, porque al fin y al cabo, son sus padres. Es distinto que el hijo propio sea el que comente algo sobre sus padres y tú le des la razón —si lo ves de igual manera—, pero de lo contrario el otro sentirá que es un ataque personal y es fácil —y comprensible— que se ponga a la defensiva.

El negociador es el otro

¿Y cuando hay algo que objetivamente nos molesta de la familia política y pensamos que habría que decir algo? Este fue uno de los grandes consejos de nuestro cursillo prematrimonial: el portavoz de la nueva familia para cada una de las familias de origen es el hijo de sangre. Un ejemplo para verlo claro:

Esposa percibe que es mejor que el suegro no fume en pipa en el salón cuando está el bebé con ellos.

Esposa lo habla con esposo, intercambian opiniones y llegan a un consenso.

Esposo habla con su padre y le transmite la idea como propia —aunque no haya sido originariamente suya, tras el consenso ya lo es—. Nada de «Papá, que dice Segismunda que menos pipa…».

Y esto sirve para cosas pequeñas y para decisiones gordas, para conflictos, para situaciones normales y para peticiones. 

A veces los suegros son astutos e intentan saltarse el procedimiento proponiendo un plan o haciendo una sugerencia directamente al yerno/nuera: ante estos casos, se sonríe y muy elegantemente se puede decir un «Lo voy a hablar con tu hija/o y te decimos» o lo que pegue para la ocasión. Pase lo que pase: no pelearse nunca directamente con la suegra (ni con suegros, cuñados ni nadie de la familia política).

Volar solos

En «¡Qué viene mi suegra!», María Álvarez de las Asturias comenta un fenómeno que suele suceder: ante la ilusión de la boda, las familias de ambos novios se suelen implicar para ayudar con los preparativos necesarios. Esto a veces crea momentos de tensión desde los meses previos hasta el propio día B. Y si esta época es ideal para entrenarse en el consenso, también lo es para ir percibiendo modos de ser y hacer de las familias de origen y crear modos de hacer propios. 

El punto más conflictivo, según señala María en su post, es cuando «una vez celebrada la boda, las familias de los novios no saben moderar ese impulso de ayudar y continúan opinando, ayudando, aconsejando… cuando no hace falta». Claro que el apoyo cercano en unos primeros momentos puede ser importante pero… ojo a que se cronifiquen situaciones que no son convenientes. Tener a la abuela ayudando con el bebé de vez en cuando alguna tarde puede estar bien… Que la abuela tenga su propia llave y entre cuando quiera, sin avisar, porque tiene ganas de ver al nieto… pues danger. María lo sintetiza así: hay que «encontrar la distancia justa: ni invadir la vida del nuevo matrimonio, ni desaparecer y dejarles solos cuando necesitan ayuda».

Algo que a veces sucede además es que, con el nacimiento de un nuevo miembro, las familias se vuelvan más acaparadoras. En esto también hay que ir buscando el equilibrio que más se adapte a vosotros: que disfruten del nieto/sobrino pero que también os echen una mano. 

Si viven cerca, es normal poder contar más con ellos pero también siendo conscientes de que tenéis que ser lo más autónomos posibles. Una ayuda de vez en cuando está bien. Pero no son empleados domésticos ni canguros profesionales (a veces hay épocas, circunstancias, que no se puede hacer de otra manera, pero en general creo que es mejor no abusar).

Hablar de las familias

Es uno de los temas obligados antes de casarse. Previamente es difícil fijar unas “normas” muy rígidas —y tal vez no compense— de comportamiento respecto a las familias de origen. Más que concretar hasta el mínimo detalle es importante hablar del enfoque, de cómo entiende cada cuál cómo va a ser su relación con ellas, si uno cuenta con que las visitaréis todos los fines de semana, si otro no imagina la Navidad lejos de sus padres… 

Una vez casados y rodando, la cosa cambia: después de unos pocos meses se suele tener experiencia suficiente para ir hablando y estableciendo protocolos de actuación para posibles situaciones de conflicto. Muy útil en esta línea el consejo de Mar Dorrio (Why not twelve?) de hacer un briefing, como os contaba en este post

Gestionar los intrusismos

Las invasiones al «planeta llamado nosotros» pueden ser físicas (el cuñado que se autoinvita a tu casa sin preguntar) o verbales: esos consejos no pedidos, a veces dichos con muy buena intención, otras sentando cátedra… Desde los comentarios que los padres primerizos no necesitan oír hasta quienes te organizan directamente la vida. 

Para ambas invasiones la opción “el negociador” es la mejor, aunque muchas veces para las de tipo verbal bastará fomentar la libertad interior, mirarse y echarle humor: «“Las opiniones se pesan, no se cuentan”, decía Séneca. Y, hay algunas, que pesan tan poco que ni vale la pena ni siquiera ponerlas en la balanza. Con muchas de esas aportaciones lo mejor es realizar un salto limpio, que ni te rocen, que ni te hieran», como os comentaba en Mujer y madre: la conquista de la libertad

Además, por cariño y por salud mental, salvad la intención todo lo que podáis. Casi siempre las aparentes invasiones vienen con bandera blanca, no olvidarnos de eso. Es muy diferente decir «Ya está tu hermano otra vez metiendo el dedo en el ojo…» a decir «Ya sé que tu hermano lo hace por ayudar, pero en serio que ahora no es necesario…».

El reparto del tiempo

El tiempo es finito y hay que repartirlo en un montón de actividades y tareas a lo largo del día y del año. Muchas cosas y personas nos reclaman tiempo: pero es importante no perder de vista que somos nosotros quienes elegimos en última instancia a quién dedicamos nuestras horas. No podemos acertar en esta elección si no tenemos primero nuestras prioridades claras: si no hemos cortado el cordón umbilical, si nos puede el deseo de contentar a nuestra familia de origen —y lo anteponemos a la familia propia que hemos creado—… 

Con la jerarquía fijada ya es complicado gestionar las demandas de unos y de otros, pero al menos tenemos un primer paso dado. Cuando nos enfrentamos a situaciones tipo: «vacaciones de Navidad, ¿con quiénes pasamos qué días y cuántos?» el punto es intentar ser equitativo. Pero equitativo no es igualitario, y hay que ser equitativo en cuanto a la familia A y la familia B: la familia propia no está en esa ecuación porque está por encima de esa ecuación. No se trata de dividirse en tercios y llevarnos nosotros la peor parte: ok, hemos conseguido contentar a las familias de origen —o ni siquiera, ya se sabe que a veces son insaciables y siempre quieren más, y los días son pocos y pasan rápido—, pero si hemos descuidado el tiempo para nuestra propia familia… ¿qué hemos ganado?

Los momentos de calma para los dos (dos y los que haya) son esenciales. No podemos pasar las vacaciones, los fines de semana o el tiempo de ocio haciendo un tour

¿Que hay que organizar visitas, invitar a familiares y amigos a casa, ir a ver al cuñado de Australia? Sí. Pero con las prioridades claras y siempre llegando a un consenso. Es un rollo —y me parece peligroso— que alguno de los dos tenga sensación de que «mi familia de origen siempre sale peor parada». Si esta sensación se da… hay que hablarlo antes de que se haga bola.

¿Y si el negociador está comprado?

¿Qué hacemos si el otro, en vez de estar en nuestro equipo, está más en “el otro bando”? Hablar, hablar y hablar. Profundamente, yendo a la raíz del problema. Sería ideal que esto estuviera ya claro antes de casarse pero a veces no sucede así, o a lo mejor sí, en general, pero en situaciones puntuales sientes que el otro no está de tu lado cuando debería estarlo.

Creo que hay que hablarlo, por ejemplo, cuando en las decisiones que tomáis conjuntamente piensa antes en su familia que en vosotros. Tiene que reenfocar. Ser consciente de verdad de que se ha casado, y que eso de «dejará a su padre y a su madre» no quiere decir simplemente que ha abandonado el domicilio familiar. Y, aunque se dé cuenta, si es de “tipo apegado”, puede que no le salga a la primera ponerte a ti la primera (valga la redundancia, o el primero, vamos), pero darse cuenta es un primer paso. 

Para estas conversaciones la comunicación asertiva es fundamental: como decía más arriba, no se trata de atacar a la otra familia, no es que tengas nada en su contra, así que mejor que no lo parezca. A veces estamos tan indignados que se nos mezclan los motivos, la rabia y todo, pero no compensa. Hazle entender que no es un «Estoy harta de viajar casi todos los findes para ver a tu familia…» sino de un «No sabes lo que me gustan los fines de semana tranquilos para los dos…». No es una oposición sino una proposición: propongo esto porque creo que es lo mejor para nosotros. 


Necesitáis tiempo y espacio para construir ese «planeta llamado nosotros». A veces no es tan automático o espontáneo como uno pensaría, pero es importante no perder de vista que sois un equipo, los dos, y a la vez que un planeta no es algo aislado, forma parte de un sistema, de una galaxia, tiene sus satélites… Los riesgos de impacto de meteoritos o las salidas de órbita se pueden reducir con un orden de prioridades claro, mucho consenso y amor del bueno, paciencia y buen humor.


Foto de Tyler Nix en Unsplash

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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