makelovehappen roces cotidianos

Han saltado chispas, ¿y qué?

Los roces, las discusiones, los problemillas del día a día forman parte del amor del bueno. Hay que asumirlo. Así como se produce una cierta crisis cuando se rompe la burbuja de la idealización del enamoramiento y se empiezan a ver los defectos del otrolas primeras discusiones de casados también pueden marcar un hito.

A veces se dan ya incluso desde la luna de miel y… no pasa nada. La EPA (Experiencia Propia y Ajena) apunta a que en 3 de cada 4 casos al final uno no se acuerda ni del motivo de discusión (este dato está sacado de una encuesta que hice en Instagram). Y si te acuerdas, no es con resentimiento (no debería serlo, vaya), y según van pasando los años te acabas riendo de aquello, y, sobre todo, os reís juntos al ver cómo habéis avanzado y mejorado en esto de resolver pequeños conflictos.

En este post hablo de eso: de los roces cotidianos, de los problemas menores, aunque comentaré aspectos que también pueden servir para situaciones más “gordas”, y lo pequeño nos prepara para lo grande, ¿no? Hablo de esto y desde la perspectiva de que el amor se construye. Y como se construye, una crisis, un tirar una pared mal construida, no es un drama, sino una oportunidad para construir mejor, para querernos más, seguir avanzando en nuestro proyecto. 

«El mejor amor es el real. Y real no quiere decir oscuro, chungo, difícil, arduo… real es luz, es esfuerzo, sí, pero con el amor siempre presente» #makelovehappen

Por eso las primeras discusiones pueden suponer un hito y por eso no pasa nada ni os queréis menos ni estáis abocados al fracaso si vuestra discusión fue al día siguiente de casaros. Ya habréis pasado por situaciones así en el noviazgo —espero, ¡no os caséis con alguien con quien no hayáis discutido nunca! ¡es muy raro!— y casarse aporta novedades pero no implica que mágicamente todo fluya sin esfuerzo y sea ideal. El mejor amor es el real. Y real no quiere decir oscuro, chungo, difícil, arduo… real es luz, es esfuerzo, sí, pero con el amor siempre presente, porque como dice un amigo mío: «O pones el amor en la lucha, o te agotas».

Esos roces tampoco deberían sorprendernos/asustarnos porque partimos del hecho de que todos tenemos defectos. Es más, como le oí a una mujer sabia: «Con nuestros defectos ponemos a prueba nuestro matrimonio todos los días». Es una frase muy fuerte pero hay que leerla con ese realismo que comentaba antes. Ser conscientes de eso nos ayuda a ser más comprensivos también con los defectos del otro y, por supuesto, a luchar por amar mejor cada día. Y aprender que defraudar no quiere decir que se haya acabado el amor. Ahí está la importancia del perdón —que luego comentaré—.

Seis ideas para afrontar los roces cotidianos: 

Aprender a reírse juntos de esas situaciones

Os lo contaba en este post:

«No hay buen amor sin buen humor», nos dijo una de las ponentes en nuestro curso prematrimonial. Para llegar a esto lo primero es aprender a reírse de uno mismo, y no tomarse demasiado en serio. Si tienes una lady drama en tu interior o eres un perfeccionista quisquilloso… relax. Se trata de dar la importancia que tiene a cada cosa y saber afrontar las dificultades y los contratiempos (ya vengan de fuera o de los defectos del otro o de uno mismo) sin bajones, sacando lo bueno de la situación, aprendiendo de lo que haya que aprender… y riéndose juntos. Esto es más fácil cuanto más expertos sois el uno del otro. Eso sí: buen humor y amor siempre juntos. Cuidadito con las ironías ingeniosas pero hirientes.

Truquillos para quitar tensiones

Además del buen humor, suele ser aconsejable que el que esté más calmado en una discusión sea el que pare la bola si la cosa se pone fea y proponga posponer el debate para un mejor momento.

Tener una “palabra dique” o “palabra interruptor” que ayude a parar la posible escalada de tensión. Además de servir de muro de contención, si es una palabra divertida os puede ayudara a reíros. 

Otro punto importante es la comunicación asertiva: mejor emplear frases que empiecen por “yo” en lugar de “tú”. Mejor expresar cómo nos sentimos que lanzar una acusación que implica un juicio. Los expertos también aconsejan eliminar de la conversación en estos casos las palabras absolutistas tipo “nunca” o “siempre”: «Es que nunca me escuchas», «Es que siempre haces esto o aquello», etcétera.

Más sobre la importancia de la comunicación en las discusiones en este post

Piensa bien y acertarás

Muchos roces surgen por pequeñas cosas, manías, hábitos o descuidos del otro. Cuando nos chocamos frente a ellos a veces la actitud que nos sale es de fastidio y enfado. Y enseguida emitimos un juicio: «Va a su rollo», «Sabe que no soporto que deje esto así», «No tiene nunca cuidado…». Pero es bueno entrenarse en parar esa bola y pensar bien por principio. El otro te quiere, muchísimo, y sea lo que sea lo que te ha sentado mal, seguro que ha sido un despiste. Justifícale en tu interior como te gustaría que él te salvara también la intención si hubiera sucedido al revés. Si es algo que se repite mucho y que te preocupa de verdad, habrá que buscar el momento de hablarlo, pero siempre con esto de fondo.

Si olvidamos que estamos en el mismo equipo es fácil que acabemos viendo al otro como contrincante y que se cuelen frases como «Eso lo dices porque te interesa por tal motivo…», «Siempre dices eso y luego siempre sale mal…», «¿En serio te estás oyendo?»… y así en una escalada que puede llegar a los descalificativos y los desprecios.

Distinguir lo exigible de lo deseable

Tenemos que aprender a equilibrar los niveles de exigencia. En una relación hay realidades exigibles (por ejemplo, la fidelidad debida mutuamente), y otras deseables pero no exigibles como tales (por ejemplo, es deseable llegar pronto de trabajar para estar tiempo juntos con calma, pero si llego 10 minutos tarde por un imprevisto no debería tener que enfrentarme a una cara de acelga de la otra persona). 

Diferenciar ambas situaciones nos puede ayudar a rebajar tensiones y minimizar roces. Muchas veces lo que nos puede suceder es que acabamos convirtiendo nuestra vida matrimonial en un conjunto de exigencias y obligaciones… y, como decía antes: esfuerzo, sí; lucha, sí; pero siempre con amor y por amor. Como os contaba de esa canción que escuche en una boda: «El amor no se impone, el amor no se exige, el amor se entrega». Y es verdad que tenemos que aprender a comunicar lo que deseamos, lo que esperamos, también del otro, de la propia relación. Pero hacerlo bien, sin exigencias, sin complicaciones, sin cargar en los hombros ajenos la responsabilidad de nuestra felicidad

No irse a dormir enfadados

Esto es un clásico, pero creo que vale la pena repetirlo. Hay que aprender a perdonar.

Un truco que compartí en un post

«Acotar el enfado a menos de 24 horas es un primer paso. Ya veréis cómo luego la duración va disminuyendo. El perdón es un básico de cualquier relación, más en un matrimonio. […] Y perdonar con rapidez no se improvisa. A veces la falta de este perdón cotidiano puede crear una bola peligrosa».

Y ¿hace falta solucionar el problema que ha originado el enfado o llegar a una conclusión consensuada en la discusión que habéis tenido antes de irse a dormir? Mi opinión es que no. A veces confundimos el perdonarse con el “arreglar las cosas”, pero perfectamente pueden darse en dos momentos diferentes y no pasa nada. Perdonarse: siempre, siempre, antes de irse a dormir. Solucionar el problema: a veces será bueno/conveniente/posible hacerlo antes de dormir, otras veces lo mejor/más conveniente/más viable será dejar para el día siguiente una buena conversación con calma que os ayude a terminar de arreglar las cosas. ¿Por qué? Porque en ocasiones tras una discusión, aunque nos pidamos perdón, podemos estar tan agotados por dentro, que no conseguiremos sacar nada en claro; otras veces será muy tarde y el cansancio del día no ayuda a hablar las cosas con calma; o a lo mejor uno de los dos —o los dos— sois más de necesitar reflexionar y reposar las cosas antes de expresarlas de la mejor manera posible…

Re-cordar: volver a pasar por el corazón

Amar a una persona implica creer en ella. A veces tenemos que hacer actos de fe: de fe porque confiamos en ese amante que tenemos enfrente y que en esos momentos de pique o enfado nos parece de todo menos amable. Pero es la misma persona maravillosa a la que le dijiste «todos los días de mi vida». Y de hecho, en el Día B, ambos prometisteis que ibais a estar ahí para el otro en lo bueno y en lo malo. Y ya sabemos que en lo bueno es muy sencillo… No podemos sentirnos héroes por amar al otro en un momento en el que menos parece que se lo merece: ahí es donde se ve si sabemos realmente amar o no. Chesterton cuenta que la enseñanza de La Bella y la Bestia es que debemos amar a las personas aunque no se muestren amables, fáciles de querer —sí, esa es la moraleja profunda, lo de «la belleza está en el interior» lo añadió Disney después—.

Es fácil entenderlo cuando cambiamos la perspectiva: cuando sentimos que podríamos cantar esa canción de «cuando menos lo merezca quiéreme», cuando hemos experimentado el amor del otro cuando nos ha querido retener a su lado a pesar de encontrarnos en el momento más insoportable de nuestra vida, cuando somos conscientes, como decía esa mujer sabia que os comentaba antes, de que «cada día con nuestros defectos ponemos a prueba nuestro matrimonio» y, sin embargo, ahí está la otra persona, a nuestro lado, sin huir, conjugando el nosotros

Por eso creo que es bueno volver a los orígenes, volver a la promesa inicial del día de la boda, no para vivir del pasado ni para añorar nostálgicamente un tiempo luminoso, sino porque esa promesa es para repetirla cada día, tal vez no con palabras, pero siempre con la vida propia. En lo pequeño y en lo grande. Es bueno no olvidarse de esto, lo primero y más importante. No dejar que se os empañe la mirada a base de pequeños roces. 

Recordad que os queréis, que os habéis entregado la vida mutuamente, y que frente a eso, cualquier pequeña colisión es una tontería si lo comparáis con la aventura tan apasionante que tenéis entre manos.


Foto de Andrik Langfield en Unsplash

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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