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Amor del bueno: que sea para siempre y que sea siempre amor

«Y hoy siento que está pasando,
el día en que me doy cuenta
de que me apetece estar toda la vida contigo
y quiero hasta gritarlo.
Y no, no quiero dártelo todo
y así te sigan sobrando las ganas,
y nunca te canses de estar conmigo»

Tengo un pensamiento, de Amaia Romero

No es una idea nueva. Hace unos años otra cantante famosa declaraba sobre su relación de pareja: «El matrimonio me asusta. No quiero que me vea como su esposa, sino más bien como su novia. Es como esa fruta prohibida, prefiero mantenerle atento y que piense que todo es posible dependiendo de su comportamiento». Pocos años después de aquella afirmación, su novio le era infiel con una chica más joven. Sin quitarle ni un ápice de gravedad a la infidelidad de él, lo que en este artículo quiero destacar es que parece ser que su táctica de “mantenerle atento” no funcionó.

Pero hay algo, en esta triste declaración con final dramático y en la canción de Amaia, que habla de un anhelo legítimo: no nos vale un «para siempre» en el que no haya «amor». Queremos el pack completo: «amor para siempre». Y está bien. No hay que resignarse con menos porque estamos llamados a amar a lo grande. La cuestión está en qué entendemos por amor. Si amor son solo los escalofríos, el vuelco al corazón, la pasión desenfrenada que surge de la espontaneidad primaria… me temo que algo así no va a durar. 

Y la táctica del “no te doy todo” para mantener esa chispa y esa tensión, tiene sus límites. Como escribí en «El amor se lucha pero no se mendiga»:

Por otra parte, el “no” como táctica para espolear las ganas del otro no me termina de convencer. Durante mis primeros años universitarios una amiga me pasó una canción como consejo, todavía ahora me causa sentimientos encontrados su letra: «Dime que no / Me tendrás pensando todo el día en ti / Planeando la estrategia para un sí / Dime que no / Y lánzame un sí camuflajeado / Clávame una duda y me quedaré a tu lado».
Por una parte creo que esto puede funcionar así en la realidad, sí, pero ¿es la mejor forma de relacionarnos? ¿Qué tipo de amor es el que necesita siempre una sensación de “voy a traspasar este límite” para moverse, para hacer algo? No parece que sea una dinámica sostenible en el tiempo si lo que queremos es una relación madura, serena, de amor del bueno.

También he de decir que en las declaraciones de la segunda cantante me dejó pensando esto: «Que piense que todo es posible dependiendo de su comportamiento». Su. ¿Y del comportamiento propio? ¿Qué clase de incondicionalidad puede darse en una relación en la que mi amor está supeditado al comportamiento del otro? 

Por supuesto que una relación de pareja requiere reciprocidad (tengo pendiente post sobre este tema), pero reciprocidad no es exigencia (y hay que distinguir lo exigible de lo deseable). Reciprocidad no es fijar de manera unilateral unos estándares según mis expectativas de hombre perfecto y, en el caso de que no cumplas todos los checks de mi lista… ciao

Construir el amor sobre firme

Que una relación funcione o no funcione depende de los dos. Porque el amor se construye. Entre ambos. Y, en el proceso, el amor nos transforma y nos va haciendo más capaces de amar. Ahí está la respuesta de cómo es posible el «amor para siempre», que sea para siempre y que sea siempre amor. Lo que yo sintetizo como «amor del bueno».

Y este amor debe incluir, sí, las emociones. No aspiramos a un matrimonio que dura pero que simplemente «se tolera, se aguanta». Aspiramos a protagonizar los vídeos de ancianitos amorosos que vemos en Instagram: el viudo al que se le escapan las lágrimas cuando le regalan un cojín con la imagen de su mujer, la señora que se emociona al reencontrarse con su marido tras semanas aislada en el hospital… 

Pero para llegar a esta meta (ese amor total, que lo incluye todo, cabeza, corazón, voluntad), hay que construir el amor sobre firme, sobre algo que perdure. Y los sentimientos no son ese algo. En la newsletter de su 50 cumpleaños, Emily Stimpson compartía perlas de sabiduría, una de ellas: «La atracción es importante. El romance es divertido. Pero la bondad es lo que hace que la atracción y el romance perduren». La bondad, el buscar el bien del otro (que así han definido los clásicos lo que es amar).

A finales de enero se volvió viral uno de los vídeos de Conchita de Fuentes, @abueliconchita2 en Instagram, donde, con sus 91 años y sus consejos para la vida, suma 190.000 seguidores. En el reel, responde a la pregunta sobre qué recomienda a los jóvenes sobre el matrimonio: «El matrimonio es una cosa estupenda, no sé por qué la gente ahora no se quiere comprometer. No hay cosa mejor en el mundo que el compromiso, de ahí nace la alegría […]. Soy una enamorada del matrimonio, reconozco que a veces hay que pasar momentos difíciles, que luego se remontan». 

Del compromiso nace la alegría, dice Conchita. Algo que parece muy contraintuitivo porque nos han llenado la cabeza de otras cosas. Pero, en realidad, el compromiso es lo que necesitamos y anhelamos (os lo contaba aquí). 

En Get Married, Brad Wilcox comenta la idea de una autora estadounidense que defiende que un compromiso menor y la posibilidad de divorciarse más fácilmente hacen que los matrimonios de hoy en día tengan una calidad marital mayor. Que «hacer el matrimonio más opcional y más contingente» ha aumentado las probabilidades de felicidad matrimonial, eso sí, para aquellos con la suficiente suerte de encontrar y conservar un esposo hoy en día. 

Pero, como demuestra ampliamente Wilcox en su libro, esta teoría no tiene evidencia ni histórica ni actual. En Estados Unidos, tras la revolución del divorcio en la década de los 70, la calidad matrimonial cayó. Y lo que se ve en las encuestas es que los maridos y mujeres que tienen una visión más comprometida del matrimonio son los que tienen más probabilidad de estar más satisfechos.

Como os contaba en el artículo de Aceprensa, con ideas del libro de Wilcox: 

«El compromiso y cómo se percibe el grado de compromiso del cónyuge es el predictor más sólido de un matrimonio de alta calidad, según estudios mencionados en Get Married. En una de las encuestas analizadas, los hombres y mujeres casados que declaraban estar “completamente de acuerdo” en que el compromiso era mutuo tenían cinco veces más probabilidades de ser muy felices en su matrimonio, y cuatro veces más de considerar “nada probable” que su unión terminase en divorcio, en comparación con otros matrimonios con menor nivel de compromiso»

En contra del mensaje que más aparece en nuestras pantallas, la investigación realizada por el propio Wilcox indica que ser generoso en el matrimonio es un mejor predictor de la calidad de tu matrimonio que cómo de generoso es tu cónyuge. «El espíritu de sacrificio manda un mensaje importante a tu esposo: que él o ella es tu prioridad», escribe. Esto presenta una excepción: cuando la disponibilidad de sacrificarse por el otro no es mutua. 

No renunciar al corazón

«Y así te sigan sobrando las ganas» canta Amaia. Y no es un anhelo infantil. Bueno, podría serlo si nos quedáramos solo en eso. Pero nadie aspira tampoco a un amor de mera voluntad.

El catedrático Tomás Melendo rechaza el voluntarismo y explica cuál considera la forma correcta de entender el «querer-querer»: «La diferencia se advierte cuando comparamos el “lo hago porque quiero-debo” —a puro golpe de voluntad—; y “lo hago por amor”. La voluntad es importante, muy importante, pero no lo es todo. Necesita el apoyo del resto de la persona: la afectividad, la inteligencia, la memoria, la imaginación…». A veces, por ejemplo, «hay que reactivar la voluntad a través de los afectos, para que la voluntad vaya detrás de lo que le presentas, recordando lo maravillosa que es la persona con la que te has casado». «Si queremos bien, pero nos cuesta mucho, hay algo que no está del todo bien», sintetiza. 

Para Melendo, es de «capital importancia aprender a disfrutar a tope con el bien realizado». Explica también que la hora de la voluntad no es solo cuando surge un obstáculo en el camino o cuando el viento de los afectos ha dejado de soplar: es siempre. También hay que «querer-querer» cuando las cosas van bien, y «aprovechar esos momentos para incrementar la calidad de nuestro amor». Además, defiende con firmeza que «no se trata de durar por durar, sino de durar para hacer que crezca el amor. Y el matrimonio es una institución diseñada, por decirlo así, para crear y mejorar el amor». 

El secreto que Tomás comparte para un amor para siempre es «levantarse cada mañana con la ilusión de terminar el día más enamorado del cónyuge; y poner algún medio concreto para lograrlo». 


Foto de Junior REIS en Unsplash


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