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Por qué no vivir juntos antes de casarse es una buena opción (Parte I)

Vivir juntos antes de casarse es lo más habitual. Hoy en día, lo raro es no hacerlo. Y, mirando las tasas de divorcio (en nuestro país y a nivel mundial), uno podría pensar en principio que es lógico: tal como está el patio, y siendo el matrimonio un compromiso “serio”, mejor tomárselo con calma, amarrar e intentar evitar a toda costa un fracaso posterior. ¿Y qué mejor para evitar una ruptura matrimonial que convivir antes de dar el paso para conocerse bien?

Sin embargo, por chocante que pueda sonar, diversos estudios y la propia EPA demuestran que no vivir juntos antes de casarse es una muy buena opción. Algunas investigaciones apuntan incluso que pueda ser una mejor opción.

 

¿Vivir juntos para conocernos mejor?

Así de entrada, parece lógico que vivir juntos antes de la boda  llevará a conocernos mejor. Pero podemos pararnos a pensar: ¿qué cosa, aspecto, defecto terrible, de la otra persona esperamos descubrir en la convivencia que no hayamos descubierto ya durante el noviazgo y que vaya a resultar determinante en la decisión de casarnos o no? ¿Le querremos menos al otro si deja los gayumbos colgando de la lámpara de la mesilla de noche? ¿Nos tirará para atrás en nuestra idea de casarnos que apachurre la pasta de dientes por el medio? ¿Disminuirá nuestro amor si descubrimos que su cara de recién levantada y sin maquillar se parece a la de una tortuga con miopía?

Unos novios que han trabajado bien la comunicación durante el noviazgo, que se han dado a conocer el uno al otro de manera sincera, no se llevarán excesivas sorpresas  (del tipo “no pensaba que eras así”) al empezar la convivencia tras casarse. ¿Qué hay tan definitorio en la convivencia que no hayas podido conocer del otro durante el noviazgo? ¿Qué te interesa saber? Lo esencial que debes conocer del otro antes de casarte lo puedes saber sin necesidad de convivir. Solo hay que abrir bien los ojos, quererse bien, conocerse bien. (Pablo ya sabía que yo era un caos caótico sin necesidad de vivir conmigo. Yo ya sabía que él era un ingeniero muy ordenado —recordad el excel para preparar la boda—).

Tal vez no se haga de manera consciente, pero apostar por convivir para conocerse mejor es como estar poniendo condiciones a nuestro amor por la otra persona. «Te amaré… hasta que encuentre algo que no me gusta de ti». Sé que nadie piensa así explícitamente y de entrada, que todos queremos amar para siempre, pero entonces… ¿por qué no casarse directamente?

Además, diferentes estudios y expertos defienden que la cohabitación es una base inestable de cara al matrimonio, al contrario de lo que popularmente se cree. En este documento se pueden ver algunos datos al respecto. Resulta interesante echarle un ojo porque, aunque es verdad que los números son fríos, creo que viene bien conocer esta realidad para tomar nuestras decisiones con conocimiento de causa. Solemos pensar que nunca vamos a estar en el “lado malo” de la estadística, pero… ¿y si sí?

 

¿Pseudo matrimonio a prueba?

Irse a vivir juntos “por probar”, “para ver si funciona”, tampoco tiene por qué ser una buena idea. Como dice mi amigo JR: «Todo amor que se tiene que someter a prueba no es verdadero amor». En el blog esta idea ha aparecido bastantes veces (aquí, aquí y aquí): a las personas no se las prueba, a las personas se las quiere.

Lo de “probar antes de comprar” es una mentalidad consumista que se nos ha pegado y ahora invade hasta las relaciones personales, pero lo que para un coche o un electrodoméstico puede servir, no sirve para las personas. Somos otro rollo.

Además, cuando vas “a probar”, no sacas todas las cartas. Pablo suele decir que cohabitar es vivir juntos con una mano siempre en la manilla de la puerta. Tal vez tú te lo estés tomando muy en serio y no piensas abrirla, ¿pero sabes 100% seguro que el otro tampoco querrá?

A veces lo que puede haber detrás de esta decisión es desconfianza o falta de compromiso.

Hablando con un grupo de adolescentes me decían que ellas no veían sentido a esperar al matrimonio para tener relaciones sexuales, porque si ya querían mucho a sus novios y confiaban en ellos, ¿para qué esperar? Pero minutos después defendían que no se casarían sin antes haber convivido, para asegurarse, por si acaso… Curioso. ¿En qué quedamos? ¿Confiamos ciegamente en nuestro amado o no confiamos ciegamente? Esta desconfianza es lo que muchas veces impide dar un paso más. Pero la desconfianza mina el amor. J. Budziszewski, profesor de Filosofía Política en la Universidad de Texas en Austin, dice que la inseguridad propia de quien cohabita acaba cristalizando en un estilo de vida calculador, y el calcular es lo más contrario a un amor que se entrega.

A veces puede ser pura y llanamente falta de compromiso. Digámoslo claro: nos da miedo. Algo de eso nos atrae, estamos —al menos en la teoría— a favor del “para siempre”, pero no sabemos “si eso es para mí”, o si es posible, o cómo se consigue. Entonces queremos quedarnos con los aspectos guays de estar casado sin lo que cuesta, sin el esfuerzo que supone un compromiso así de grande. El “quiero estar soltera pero contigo”, el “quiero comer sano yendo al McDonalds todos los días”.

Una situación con nivel de compromiso bajo ¿puede ser una buena preparación para una situación de compromiso total? Budziszewski lo dice mejor que yo: «Lo que busca la gente al casarse es tener un compromiso, mientras que lo que lleva a cohabitar es librarse de él. ¿Cómo puede ser la ausencia de compromiso un entrenamiento para el compromiso?».

 

Expectativas diversas

En la cohabitación suele haber diferentes expectativas por falta de un proyecto claro en común. Es frecuente que uno esté más comprometido en la relación que el otro; que ella haya cedido en irse a vivir juntos pensando más que es un paso previo cuando la realidad es que él no lo tiene en la cabeza (o al revés); que no esté claro qué espera cada uno del otro en esa relación: se entiende como un compromiso mayor que simplemente “salir juntos”, pero a la vez no es un compromiso total…

Según un estudio del think tank RAND Corporation: «El 41% de los hombres que cohabitan afirman que no están “completamente comprometidos” con sus parejas, frente al 26% de las mujeres que declaran lo mismo». En las parejas casadas los porcentajes son del 18% entre los hombres y el 12% entre las mujeres.(Fuente)

Otra investigación señala que el riesgo de divorcio «es un 40% mayor entre las parejas que cohabitan que entre las que se casan sin cohabitar» y añade que «el riesgo disminuye si se empieza a convivir con la meta clara del matrimonio», aunque es mayor de quienes se casaron antes de convivir (Fuente). No es lo mismo cohabitar “por probar” que con vistas a un compromiso mayor, es lógico.

Cuando cohabitas te estás jugando mucho sin saber —muchas veces— exactamente qué va a salir de esa situación. Es habitual que se den expectativas diferentes. En ocasiones, un proyecto en común a futuro no está tan claro en el horizonte. Es verdad que en el matrimonio también “te la juegas”, pero si os habéis casado sabiendo a lo que ibais, si habéis hablado las cosas y sois conscientes del proyecto que empezáis, no te la juegas a ciegas: partís de las mismas expectativas (o al menos mucho más similares), la mirada puesta en la misma dirección. Cuando se da ese desequilibrio entre las expectativas y los proyectos, «has puesto mucho encima de la mesa sin nada que lo proteja», en palabras del gran Pablo.

La tasa de separación / divorcio es menor en parejas que no han convivido, ¿por qué?

  «Aquellos que se casan hoy en día con experiencia de cohabitación tienen entre un 50 y un 80 de porcentaje más alto de probabilidad de divorciarse que otras parejas casadas»  (Datos recopilados por Glenn Stanton)

«Entre las parejas que cohabitan las estadísticas de separación son cinco veces más altas que las parejas casadas»  (Datos recopilados por Glenn Stanton)

«La probabilidad de que una pareja se rompa antes de que el primer hijo de ambos cumpla cinco años es tres veces superior entre las que cohabitan que entre las que están casadas», según señala este artículo.

Una de las explicaciones que se dan a estos datos es que la falta de compromiso y las expectativas diferentes llevan con más facilidad a mayores frustraciones y mayores faltas de tolerancia. Cuando hay problemas en la pareja, muchos de los motivos que te ayudan a mejorar y a luchar y a no rendirte a la primera de cambio tienen que ver con el compromiso que has adquirido cuando te has casado, con el deseo de hacer que esa relación dure, permanezca. Cuando se tiene la mano en la manilla de la puerta, huir ante un problema puede resultar demasiado fácil, demasiado tentador.

Casarse tiene también sus riesgos, claro que sí. Como en toda apuesta, si lo que pones en juego es mucho, lo que arriesgas es mucho. Pero pensad qué riesgos queréis correr, si preferís afrontarlos juntos o separados, o semi-juntos… Pensad qué puede ser mejor para vuestra relación, qué os ayudará a quereros más y para siempre.

Existen otros motivos por los que quizá consideréis convivir antes de casaros; pero, como expongo en el siguiente post, tal vez no sean tan buena idea.


Por qué no vivir juntos antes de casarse es una buena opción (Parte II): otros motivos


Foto de Toa Heftiba en Unsplash

Un comentario en “Por qué no vivir juntos antes de casarse es una buena opción (Parte I)

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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