Lo que mi hijo me ha enseñado en cinco meses

En el amor a otra persona suele ocurrir que hay una fase inicial de enamoramiento y tiempo después aprendes a amar de manera menos egoísta, más pensando en el otro que en ti y siendo capaz de renunciar a tus gustos por verle feliz. Pero con mi hijo he aprendido que existe otro camino posible: cuando eres madre, el enamoramiento y el sacrificio por amor van de la mano desde el principio. Puedo pasarme minutos largos simplemente mirando a Jaime; una sonrisa suya me enciende una luz en el corazón y me encanta descubrir en mis manos su olor, mezcla de leche, crema hidratante y colonia de bebé. Me preguntan por él varias veces durante el día, y yo, encantada, porque es la excusa para sacar el móvil y volver a verle en fotos y presumir de lo guapo y bueno que es. Me gusta hablar de él, oír pronunciar su nombre y saber que es tan querido. ¿No son todos ellos síntomas de un flechazo? 

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Con mis dos chicos, que cada día me enseñan a querer más y mejor.

 

En este caso, el flechazo sigue en el tiempo — y ya van más de cinco meses— y desde el principio convivió con un tipo de amor más maduro, un amor que, aunque aprecia dormir de un tirón por las noches, es capaz de sonreír mientras da de comer a su hijo a las cuatro de la mañana o mientras cambia un pañal de contenido radiactivo; un amor que habla de “elegir” más que de “renunciar” porque Jaime supone más amor y más felicidad que todas las comodidades a las que hemos dicho adiós desde que está en nuestras vidas.

También me ha enseñado a aprovechar el tiempo y a disfrutar del momento. Porque eso de «Es que crecen tan rápido…» me parecía un tópico hasta que él nació y empezó a crecer. Rápido. Muy rápido. Y cuando ni siquiera sabía coger su peluche, deseaba verle ya caminando, y otras veces me moría de la pena al darme cuenta de que no iba a llegar a los dieciocho con esos balbuceos tan tiernos, y entonces la conclusión es exprimir el instante y no agobiarse. Sí, ser madre te enseña el carpe diem, un carpe diem muy guay. Entre otras cosas, también aprendes que la unidad de tiempo para plantearte hacer algo no es la hora, son los espacios de minutos: esos veinte minutos “de tregua” que te está dando son oro y si los aprovechas bien puedes ducharte, lavarte el pelo, organizarte la semana, ordenar la habitación, contestar dos mails y leer los titulares del día.

¡Viva la productividad! Aunque, por otra parte, mi hijo me ha enseñado la belleza de lo aparentemente poco efectivo. Que una buena vida no se mide en éxitos, en logros, en objetivos, en check-lists completadas… Esto, para quien tiene una tendencia al activismo, es una gran lección. Pasas hora y media con tu hijo en brazos, porque es pequeño y tiene que aprender a comer, y cuando estás empezando a impacientarte, piensas: «¿Pero es que no es algo suficientemente grande, importante, misterioso e increíble que pueda alimentar a mi hijo y que su crecimiento en estos primeros meses dependa de mí?». Jaime me ha enseñado que contemplar es una bonita actividad. Que no hace falta cubrir cada minuto de tu día de tareas por hacer. Que simplemente sentarse en la terraza, abrazarle y sentir la respiración de su cuerpecillo es un buen plan.

En estos cinco meses también he aprendido con él que soy capaz de mucho más de lo que a veces puedo pensar. Sin ir más lejos: el parto. Quien conoce mi ser de pichiglás y mi tendencia a desmayarme en hospitales, se preguntaba cómo iba a ser capaz de pasar por eso. Y pude —eso sí, gracias al apoyo de Pablo en todo momento—. Desde ese momento, la vida nos ha presentado muchísimos pequeños retos cotidianos que ir venciendo. Ahora me río al recordar cómo se me hacía un mundo la primera vez que me tocó ir en bus con el carrito. Las primeras veces de tantísimas cosas en las que piensas «No voy a poder». Y, de repente, puedes. Si hace seis meses me hubieran mandado sujetar una bolsa de siete kilos en brazos, mi aguante habría sido de unos dos minutos; pero ahora sostengo a Jaime durante media hora, con solo un brazo y con el brazo libre puedo seguir haciendo cosas. Porque esa es otra: me he vuelto ambidiestra para muchas tareas —desde guasapear hasta escribir—.

Cada pequeño avance es un gran avance porque la suma de todos ellos lleva a Jaime al hombre que llegará a ser —y que ahora no puedo ni imaginar—. Es bonito saber encontrar ahí motivos para celebrar. Cuando se le cayó el cordón, los primeros balbuceos y las primeras sonrisas… Esto en la vida de un bebé resulta clarísimo… pero es así de verdad en la vida de cada uno. La belleza y la importancia de las pequeñas cosas.

En estos meses todo es nuevo para él, todo a estrenar. Lo estrena Jaime pero nosotros lo estrenamos con él. Es como volver a vivir. Todo novedad. Día a día le vemos más consciente de lo que le rodea: las primeras semanas de descubrimiento de sus peluches en la minicuna, de su ropa, su babero, su sábana… Poco a poco, el pequeño mundo que le rodea… Cómo comenzó a girar la cabeza en dirección a los diferentes estímulos y cuando empezó a seguir con la mirada. El descubrimiento de sus manos, y también de otras manos. Y del mismo modo en que él cada día parece estar más despierto, yo he aprendido a crecer también en consciencia. Consciencia en primer lugar de la responsabilidad que supone un hijo, de lo importante de que le cuidemos y de esa misión que, como padres, solo nosotros podemos hacer y no vale retrasarla ni delegarla. Consciencia de su libertad y de su potencial, del sentido de su vida. Y deslizándonos a planos más cotidianos: consciencia de los detalles que construyen mi amor a Pablo, el cariño a la gente que me rodea y un «estar pendiente» más real, un mayor «darse cuenta» y «hacerse cargo». Consciencia de la responsabilidad con este mundo.

2 comentarios en “Lo que mi hijo me ha enseñado en cinco meses

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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