¿La vida es un baile?

Entre las múltiples imágenes con frases bonitas y motivadoras que circulan por las redes sociales, vi hace tiempo de una que decía algo así como que la vida debería ser un baile, porque cuando bailas lo haces por el mero gusto de bailar, no por llegar a ningún lado, que la meta no es importante sino disfrutar de cada paso del camino.

Me sorprendió verla compartida por muchos de mis amigos en Facebook. Amigos a los que, guiados por su pasión por el baile, les había encantado la metáfora y no le habían dado más vueltas. Y les entiendo. Yo bailo desde que aprendí a andar. Doce años de ballet clásico y flamenco a mis espaldas y muuuuuuuchas noches bailando como la que más. Pero ¿la vida es un baile?

Sí y no.

No creo que la vida sea un baile en el sentido de que el único propósito sea “disfrutar”. Es cierto que se trata de una idea en auge, aunque tampoco es que sea muy nueva (recordemos el carpe diem clásico). Hay canciones súper bonitas con un mensaje animante que de repente se cargan todo el sentido diciendo que «no importa la meta». ¿Realmente no importa la meta? ¿Y por qué contraponer el disfrutar del camino con que haya un destino, un objetivo? ¿No pueden ser dos actitudes compatibles?

Mi profesor de Introducción a la filosofía, en un primero de carrera lleno de descubrimientos, nos explicó que el futuro, nuestros planes, lo que queremos hacer, adonde queremos llegar, nos condiciona más que el pasado. Lo que quieres alcanzar, tu fin, es lo que te moldea en primer lugar. Conforme a eso vas a dirigir tus pasos, para lo más pequeño y para lo más grande. Para planear un fin de semana, proyectar tu futuro profesional, o para plantearte el sentido de tu vida. Me pareció muy ilusionante y esperanzadora la referencia a un futuro lleno de posibilidades y de libertad, en vez de a un pasado inamovible y escrito en piedra.

Luego claro que es importante disfrutar del camino, y de los pasos de baile —si eliges ir bailando—, y es importante cómo llegas hasta el final. Ya sabes que el fin no justifica los nervios… ni los medios. Si tu fin es bueno pero llegas pisando al personal, si tu fin es bueno pero durante el camino vas con cara de acelga y un nudo en el estómago… párate, baila un rato y reenfoca.

Pero dar importancia al camino y negar el fin, además de tener riesgos, no tiene sentido. ¿Para qué quieres un camino si no lleva a ninguna parte? ¿Por qué seguir adelante y esforzarte si no importa la meta? Nadie emprende un camino por vagar… y si lo hacen son vagabundos, no caminantes. Es una actitud que puedes tomar ante la vida, claro está, pero ¿es la que te va a dar más felicidad? Si quitas el porqué y el para qué y te quedas con el cómo, acaba siendo todo un «hacer por hacer, solo pa’ deshacer», que te diría Bosé.

El fin, el sentido, es lo que te empuja a seguir, no solo en los momentos chungos sino también en los momentos cotidianos, ayudándote a sacar todo el jugo a cada instante.

Entiendo que ese disfrutar del presente es el asidero que le queda a quien no tiene un sentido trascendente de la vida y por eso debe agarrarse a lo único a su alcance: el presente desnudo. Pero creo que no se debe renunciar a la pregunta sobre el sentido de la existencia.

Que nadie piense lo contrario: soy partidaria de la buena vida, y gente muy crack como Jacques Philippe y Etty Hillesum me han ido enseñando a lo largo de los últimos años a disfrutar el presente, con una actitud que es lo que suelo llamar “el carpe diem de Unamuno”, por una frase que le leí al gran escritor en mi adolescencia y que llevo dentro desde entonces: «Vive al día, en las olas del tiempo, pero asentado sobre tu roca viva en el mar de la eternidad. Al día en la eternidad». Porque la realidad es que si solo tienes “olas del tiempo”… te ahogas sin remedio.

Además del ballet y el flamenco, también he tenido mi época salsera. Nuestro profesor, un argentino que baila que te mueres, soltaba perlas de sabiduría que yo apuntaba después de las clases. Siempre repetía que en la salsa no había que seguir una estructura, que bastaba con tener unas líneas generales básicas bien claras, y de ahí ir combinando, siguiendo el ritmo de la música y coordinándote con tu pareja. Él no quería que aprendiéramos figuras ya “pre-cocinadas” y que las repitiéramos como monos de imitación, sino enseñarnos los básicos que nos permitirían después —poniendo práctica, corazón y cabeza— bailar con un abanico bien amplio de combinaciones posibles. ¿No se parece esto a la vida? Los consejos del profe también podían servir para las historias de amor: «El baile es un encuentro, y para que se produzca el encuentro en vez de un choque, los dos tenéis que ser dóciles: dóciles para saber qué es lo que el otro quiere, y para saber cuándo toca dejarse llevar». Un “dejarse llevar” que no es inercia desordenada, sino seguir un ritmo y tener en cuenta a la pareja siempre.. Otra perla: «Hay que conocerse y compenetrarse en el balanceo para saber cuándo tiene el otro el peso dónde. Y conforme a eso saber cuál es el siguiente paso». Ser expertos de nuestro compañero de aventura, conocerse en profundidad.

En la vida como un baile así, sí creo. Y en que la vida es una verbena, como defiende Lucía Be; me sumo a lo que dice la abuela de mi amiga María: «la vida ye un tangu y el que no lo baile ye tontú»; y, por supuesto, aplaudo lo que comentó mi hermano Álvaro en una foto de nuestra boda en la que salíamos Pablo y yo bailando: «¡Que empiece el baile y no termine!».

3 comentarios en “¿La vida es un baile?

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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