¿Brillar o arder?

Cuando empezaron a preparar la actuación de Navidad en el cole, le pregunté a Jimmy si tenía algún papel y me dijo todo seguro que sí. El año pasado había hecho de buey, nada más y nada menos.

—¿Y qué eres?

Townsperson.

Townsperson. Una persona de la ciudad, un ciudadano normal. En el belén, ni siquiera un pastor o una lavandera sino uno que pasaba por ahí. Y estaba feliz. Me hizo pensar, porque en ocasiones nosotros también queremos tener un papel, en el belén, en la vida, en el trabajo, en el grupo de amigos… pero a veces, el papel que nos toca suena a algo con tan poco brillo como townsperson. Y cómo cuesta aceptarlo con la sencillez y la alegría de los niños.

Pero el brillo se lo tienes que poner como tú. El nacimiento de Jesús no fue brillante y, sin embargo, ha iluminado la historia de la humanidad (la de antes de él y la de después) y, como el mismo Niño dijo luego ya mayor, su misión era que en todos los corazones ardiera el fuego de su amor («Fuego he venido a traer a la tierra…»). Como dicen en Encanto: realmente las estrellas no brillan, arden.

«Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero», dijo santa Catalina de Siena. Ser lo que tenemos que ser: toda una pregunta sobre nuestra identidad y nuestra misión (¿y puede que ambas cosas coincidan?). Enrique Alarcón, en primero de Filosofía, espoleaba nuestras mentes con la siguiente pregunta: «¿Cambiarías tu vida por lo que haces en ella?». Para que tu vida merezca la pena, explicaba, a lo que dedicas tu vida debe ser más grande que tu propia vida.

Estamos tan acostumbrados a medir todo con la regla del éxito y la productividad que nos cuesta mucho trabajo convencernos de cómo mueven el mundo las personas corrientes: «Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado», escribe Edith Stein (una cita preciosa que descubrí en la Gaudete et Exsultate). Qué bonito parar a pensar en quiénes han sido y son esas personas para nosotros. Y si nosotros podemos ser esas almas anónimas para otros.

Ser lo que tiene que ser. Y estar en lo que tienes que estar, que a veces tenemos 20 ventanas abiertas en nuestro cerebro y se pasan nuestros días como quien se pone a preparar una mudanza internacional y empieza cajas que no consigue cerrar y va de un lado para otro y se olvida para qué había entrado en la habitación o por qué se había dirigido a la cocina, y una hora después se topa con la caja a medio llenar esperando ser terminada.

Vivir el momento presente con la actitud de lo que llamo “el carpe diem de Unamuno”, por una frase que le leí al gran escritor en mi adolescencia y que llevo dentro desde entonces: «Vive al día, en las olas del tiempo, pero asentado sobre tu roca viva en el mar de la eternidad. Al día en la eternidad». Porque la realidad es que si solo tienes “olas del tiempo”… te ahogas sin remedio. Por eso necesitamos estar muy anclados en el quiénes somos, qué queremos, qué haremos con nuestra vida… para no ahogarnos. Para prender fuego al mundo.

Responder a esos interrogantes nos ayuda a tener las prioridades claras y «cuando tenéis claras las prioridades es mucho más fácil tomar decisiones», como le escuché el otro día a @elshowdebriten.

Puede que en parte por eso nos cueste tanto tomar decisiones. Si no sabemos lo que queremos y cómo lo queremos, qué lugar ocupa cada persona, cada proyecto, cada cosa, cada deseo en nuestro corazón y en nuestra vida… enfrentarse a una decisión se convierte en algo agobiante. Juntemos esto con el FOMO (Fear Of Missing Out- el miedo a perderte algo) y la cantidad tirando a infinito de opciones que se nos presentan en la vida en las diferentes disyuntivas.

Añadámosle el miedo a elegir porque llevan años vendiéndonos la idea de “Puedes tenerlo todo” y no asumimos que elegir implica renunciar.

Que cuando elijo en un restaurante un plato, renuncio a los demás.

Que cuando elijo un trabajo, no quiere decir que renuncie para siempre a todos los demás, pero, al menos, en ese momento, sí.

Que cuando elijo a una persona con la que compartir mi vida para siempre, renuncio a las demás.

Que crecer es aprender a elegir, como entre comer y correr (como dice Pomelo crece, uno de los libros favoritos de los niños)

Etcétera.

Etcétera.

Tomar decisiones a veces es un huerto. Pero deberíamos ser capaces de vivirlo con paz, con plena conciencia de lo que supone, con la alegría de ejercer la libertad, sin dejarnos llevar por la parálisis del miedo.

«Tenemos libertad para hacer elecciones. Esas elecciones nos pueden hacer más libres o menos libres. Nosotros decidimos. Pero no tenemos libertad para… simplemente tener libertad»

Del post «¡Viva el amor libre!»

Unas semanas antes de la boda, poniéndonos las botas en el VIPS (porque había que elegir entre “operación chaqué” o disfrutar de unas buenas hamburguesas), le conté a Pablo que una amiga me había preguntado si no tenía miedo a perder la libertad al casarme. Yo había contestado cosas muy abstractas y complicadas, pero él lo resolvió mucho mejor: «Tu libertad es más grande cuanto más grande es en lo que la comprometes. Y cuanta más libertad también más felicidad».

Libertad para soñar grande y para amar mucho, libertad para comprometernos

Libertad para elegir y libertad también para aceptar y acoger. Y si ese año en la actuación te toca townsperson en vez de buey, tienes toda la libertad interior a tu disposición para elegir hacer de tu papel lo mejor, sin lamentarte por el buey que fuiste y sin mirar con resentimiento al compañero que hace de ángel Gabriel y sale cuatro veces.

«Por el carácter temporal de la vida humana, la situación habitual será la de cierta tensión entre lo que somos y lo que nos gustaría ser. Madurar entraña, en buena medida, ir cerrando ese hiato y ajustar nuestros ideales a lo que de modo realista podemos lograr. En no pocas ocasiones, la libertad consiste más en aceptar que en hacer. Pero no se trata de una aceptación derrotista, sino basada en la capacidad de encontrar sentido. El sentido nos permite integrar en la propia vida lo sobrevenido y adaptarnos a las circunstancias que no podemos cambiar. También eso soy yo»

«Peregrinos y errantes. Sobre libertad y compromiso en la vida actual», de José María Torralba

Y con la libertad, la responsabilidad, que, como dice Mariolina Ceriotti, en El alfabeto de los afectos, aunque sea una palabra que a veces da miedo, «la etimología de la palabra no es amenazadora en absoluto. Responsabilidad es un sustantivo que tiene su origen en el verbo “responder”, una de las palabras centrales y más bellas de la comunicación y de la relación. Asumir la responsabilidad de algo o de alguien significa responder a una llamada».

Quienes creemos en un Dios personal también creemos que las respuestas sobre nuestra identidad y nuestra misión provienen de una llamada, de la llamada del Dios que en estas fechas nace sin brillo en un portal de un pueblo perdido pero que ha vendido a prender fuego a la tierra. Toda una declaración de intenciones, ¿no?

Como decía el papa en la Nochebuena de 2021: «Dios se abaja y nosotros queremos subir al pedestal. El Altísimo indica la humildad y nosotros pretendemos brillar. Dios va en busca de los pastores, de los invisibles; nosotros buscamos visibilidad, hacernos notar. Jesús nace para servir y nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito. Dios no busca fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior»

Proponía el papa que le pidiéramos al Niño la gracia de la pequeñez: «Señor, enséñanos a amar la pequeñez. Ayúdanos a comprender que es el camino para la verdadera grandeza». Esa pequeñez la concretaba en las cosas cotidianas de la vida, los gestos sencillos que hacemos en casa, en el trabajo, en el colegio: «Quiere realizar en nuestra vida ordinaria, cosas extraordinarias. Es un mensaje de gran esperanza: Jesús nos invita a valorar y redescubrir las pequeñas cosas de la vida. Si Él está ahí con nosotros, ¿qué nos falta?».

Pero la pequeñez de la que hablaba el papa no era solo esa cotidianidad sino nuestra vulnerabilidad, nuestra propia pequeñez, «cuando nos sentimos débiles, frágiles, incapaces, incluso fracasados. […] Dios responde y te dice: “Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano. Hermano amado, hermana amada, no me tengas miedo, vuelve a encontrar tu grandeza en mí. Estoy aquí para ti y sólo te pido que confíes en mí y me abras el corazón”. […] Volvamos a Belén, volvamos a los orígenes: a lo esencial de la fe, al primer amor, a la adoración y a la caridad».

Volver a los orígenes, volver a nuestra esencia, a nuestra identidad, a nuestra misión. ¿Brillar o arder?

¡FELIZ NAVIDAD!

«Un corazón alegre es el resultado de un corazón que arde de amor»

Madre Teresa de Calcuta

«Amar no es brillar, sino arder»

El señor Marbury, de Alfonso Paredes

Foto de Dan Kiefer en Unsplash

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