Lo que mi hijo me ha enseñado en dos años

El último mes antes de nuestra boda, escribí un diario para regalarle a Pablo, en el que reflejaba mis pensamientos de esa cuenta atrás para el gran día.

El 24 de mayo dice así:

«Hoy ha sido un día tranquilo, de esos que hacía mil años que no tenía, y se ha agradecido: un día de un fin de semana sin moverse de Pamplona, sin eventos y sin tener que trabajar nada extra. Una gozada. Un día entero para organizármelo a mi ritmo, para dormir ocho horas. Mientras cocinaba me he dicho:

—Mmmmh ¡qué bien! ¡Qué gustazo! Pues aprovecha, que este va a ser uno de los últimos momentos así… A partir del 20 de junio…. nunca más.

Y se me han pasado muchas cosas por la cabeza en un instante: “Ya no más a tu bola, ya no más un día entero para hacer solo lo que tú quieras, a tu ritmo… Primero tú y él… Y a partir de ahí… ¡sumando! Y con los niños: se acabó el dormir, se acabaron mis planes, adiós a..”. Me he parado ahí. Y mis pensamientos han recorrido un camino más luminoso: “Este va a ser uno de los últimos momentos así. A partir del 20 de junio, nunca más, nunca más sola. Nunca más vivir solo tu vida. Vivir dos, vivir tres, cuatro… las que vengan. Nunca más a tu ritmo sino a decenas de ritmos distintos cada día. Días llenos de sueño, sí, y de sueños. Nunca más sola. Suena bien. Suena muy bien”».

Casi tres años después, sonrío al releer estas líneas, proféticas en gran medida.

En Lo que mi hijo me ha enseñado en cinco meses ya apunté algunas de las grandes lecciones que Jaime me había dado. Diecinueve meses después —¿alguien me explica por qué el tiempo pasa tan rápido?— esos aprendizajes se han potenciado: ese carpe diem de aprovechar el tiempo y disfrutar del momento, «la belleza de lo aparentemente poco efectivo. Que una buena vida no se mide en éxitos, en logros, en objetivos, en check-lists completadas…» —gran lección para alguien con tendencia al activismo—…

Otra enseñanza muy importante, que ya intuía entonces pero que tras dos años puedo dar fe de su existencia, es la flexibilidad: una virtud indispensable para vivir una buena aventura. Si antes de tener hijos eres una persona flexible: enhorabuena, tienes mucho ganado. Si eres de tendencia controller, se te abrirá un horizonte de posibilidades y descubrimientos. Y te aseguro que te gustará.

Carles Capdevilla, periodista fallecido el año pasado, padre de cuatro hijos, lo decía muy claro: «Eso de querer ser padres pero la resistencia a que cambie tu vida me sorprende, porque es imposible y porque cambiar está bien. Esta obsesión por lo práctico… No tener hijos es muy práctico. Tener hijos no es práctico, es apasionante, maravilloso, divertido, aventura fantástica…». Siendo padre te comes la monotonía de un bocado. Adiós al aburrimiento.

Confieso que soy una persona que, de entrada, lleva fatal los cambios de planes, el trastoque de horarios, las interrupciones en medio de un buen libro o de cualquier actividad placentera. Sí, soy un poco controller. Pero Jaime ha sacado mi vena aventurera. Para ser totalmente sinceros, todo empezó antes, con ese «todos los días de mi vida» en el que puse mi ser en otras manos, en el que celebré con una gran fiesta que se acabó eso de «ir a mi bola».

Jaime me ha enseñado que no tengo que llegar a todo ni pretender que soy superwoman, que lo único importante es llegar a lo esencial. Me aleja así, poco a poco, de la tengoqueitis de la que os hablaba en este post. A veces lo esencial es tirarse con él en la alfombra y «no hacer nada». O interrumpir las correcciones de prácticas de mis alumnitos para mirarle de reojo cómo pasa las páginas de un libro con gran concentración o cómo mira por la ventana descubriendo aviones, guaguaus, nenes y motos.

Su aprendizaje constante me enseña que, avanzando cada día un poquito, a lo largo de los días se llega a mucho. Cómo habla, cómo nombra la realidad que le rodea, cómo se expresa y se hace entender —aunque aún utilice en gran medida su propio lenguaje—, cómo alcanza a esa balda a la que antes no llegaba, cómo aprende que el radiador quema, que nariz es la suya pero también la de los demás, que hay cosas que hace muy bien y que hay cosas que no se deben hacer… Esta lección de la importancia de las cosas pequeñas, unida al carpe diem, me ha llevado a organizarme mejor en el trabajo, leer más libros de los que leía durante la carrera —cuando tenía mucho más tiempo, comparado con ahora— y empezar a comer sano, entre otras nuevas habilidades que he desarrollado desde que soy madre.

Claro que no todo son risas. Y hay momentos en los que incluso puedes añorar otros días, días en los que te lo montabas a tu rollo, tú en tu piso, tus cositas, tus planes, tú-tú-tú-tú… Confieso que en algún momento le he preguntado a Jaime cuándo se iba a independizar. Pero son muchas más las veces en las que busco sus abrazos, le aprieto fuerte y le pido que no crezca.

A veces me pregunto qué etapa es la mejor. Echo de menos su cuerpecito pequeño y su olor a bebé, pero por otra parte no deja de maravillarme el niño que ya es, y al mismo tiempo me encantaría verle pronto en el colegio, en la universidad, en su vida de adulto… Los sentimientos contrapuestos se cruzan y colisionan. Los autores de Una decisión original, hablando de las fases de la vida matrimonial, me dieron una buena clave para afrontar esos solapamientos: «Cada fase tiene su  emoción, sus posibilidades y sus riesgos. De vuestra actitud depende que las encaréis como una agotadora carrera de obstáculos… o como un camino maravilloso, una aventura que os lleva a recorrer todo tipo de paisajes, impidiendo cualquier forma de aburrimiento.
»La principal es cultivar una actitud disfrutona, que disfruta de todo lo bueno que nos da la vida. Se trata de reconocer la oportunidad que se abre en cada etapa y el bien que se esconde ella. (…) En ocasiones nos agobia aquel “exitismo” (…): el agobio por lo que nos falta, por lo que no tenemos aún, por lo que nos sale mal».

Me apunto a esa actitud disfrutona. Una actitud que también aprendo gracias a que tengo a mi lado quien me hace ver las cosas así de claras cuando yo no las veo, o se me olvidan, o me ofusco. Alguien que fue el que primero me sacó de mi zona de confort —antes de que Jaime lo volviera a hacer—; alguien a quien cantarle, con Beyoncé, eso de «every rule I had you break it, It’s the risk that I’m taking».

Gracias, Pablo, por ser mi compañero de aventura, y mi amante.

Gracias, Jaime, por tus primeros dos años de vida. Tu cumpleaños es también mi fiesta.

«Bienvenida a casa,
Pequeña gran revolución
Que con tus pasos marcas
Un nuevo rumbo en dirección
A nuevas montañas que parecen menos altas
Con cada palabra que nace en tu garganta
Pequeña gran revolución»

(Pequeña gran revolución, de Izal)


Ilustración de cabecera por la artista Malu Serrano.

3 comentarios en “Lo que mi hijo me ha enseñado en dos años

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