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Ideas para amar mejor con «Sentido y sensibilidad»

Tras «Aprender a ligar con Orgullo y prejuicio» y «Construir el amor con Persuasión», y, por supuesto, tras mi relectura de Sentido y sensibilidad, tenía que sacar esta tercera parte de la serie.

Pasando a limpio mis notas de la novela, realmente lo que apetece es hacer un librofórum (y, si hay alguien interesado en ir comentando la novela, puede unirse al club de lectura Libros Luzmaral), pero aquí voy a intentar centrarme en unos pocos aspectos de los que me parece que se pueden extraer reflexiones muy jugosas.

ADVERTENCIA: Este post contiene SPOILERS. Sigue leyendo solo si ya has leído el libro / visto alguna de las pelis o series. Aquí, por cierto, te dejo mi análisis de la última adaptación.

Voy a hablar de:

Diálogo cabeza – corazón

En ocasiones se ha entendido mal la díada del título. Como he escrito aquí: leemos “y” pero interpretamos “o”. Marianne encarna la pasión desbordada durante la mayor parte de la historia, eso es cierto. Pero Elinor no es fría y cerebral. Su sentido del deber no le impide tener un mundo afectivo intenso.

La novela no va por tanto de contraponer la cabeza al corazón, sino de mostrar de qué manera pueden dialogar y trabajar juntos para construir un amor del bueno.

No se critica la sensibilidad en sí, sino la creencia de que un amor es verdadero cuanto más irrefrenable se siente, cuanto más imposible de controlar.

Marianne, por ejemplo, se rebela contra la sugerencia de Elinor de moderar la expresión de sus sentimientos. Se justifica en que eso sería disimulo, y que no hay nada de malo cuando las emociones en sí no son malas. Pero la historia deja claro que esto, en el fondo, refleja falta de madurez. Y que alguien puede decidir no dar rienda suelta a todo su mundo afectivo, no por convenciones sociales (o no solo) sino por convicciones interiores y por amor a los tuyos. Veamos este diálogo entre las dos hermanas:

«—¡Y todavía le amabas!
—Sí, pero no solo le amaba a él; y mientras me preocupase la tranquilidad de los demás, me alegraba poder evitar que conocieran mis sufrimientos. […] No habría permitido que sufrierais por mi causa; porque ahora te aseguro que yo, sinceramente, he dejado de sufrir. Tengo muchas cosas a las que agarrarme. no tengo conciencia de haber cometido ninguna imprudencia que haya perjudicado a nadie […]»

En su enfermedad y convalecencia, Marianne tiene tiempo de reflexionar profundamente sobre su vida y los hechos pasados. Por primera vez dirige la mirada más allá de sí misma y de sus sentimientos de una manera nítida: «Mis actos no habían sido sino una sucesión de imprudencias cometidas contra mí misma, una falta de consideración hacia los demás».

Hay un claro arrepentimiento (que, como señala mi amiga Beatrice, no suele mostrarse tan nítidamente en las adaptaciones a la pequeña o gran pantalla). Y, al mismo tiempo, lo que presencia el lector no es un cambio radical, sino el comienzo de un proceso de madurez: Marianne no deja de ser Marianne tras su enfermedad, es una versión mejor. Pero la vemos esgrimiendo sus planes de mejora personal con la misma pasión con que lee poemas, ante la sonrisa comprensiva de su hermana:

«Sé que seremos felices. Sé que pasaremos un magnífico verano. Tengo intención de no levantarme nunca más tarde de las seis, y desde esa hora hasta la de cenar repartiré mi tiempo entre la música y la lectura. […] Leyendo solo seis horas al día, en un año me habré procurado un grado de instrucción del que ahora sé que carezco.
Elinor la honró por un plan tan noblemente ideado, sin dejar, con todo, de sonreír al ver que la misma impenitente fantasía que la había llevado al límite de la languidez y la indolencia, y de la autocompasión egoísta, era ahora la que introducía el exceso en un plan de desarrollo intelectual y de virtuoso autocontrol».

Más adelante, se ve que el plan de Marianne no es mero estoicismo, sino que se trata de crecer en la virtud para poder amar mejor: «Me he trazado un plan, y si soy capaz de seguirlo… dominaré mis sentimientos y mejoraré mi temperamento. Dejarán de preocupar a los demás, y de atormentarme a mí. Voy a vivir solo para mi familia […]. Entre vosotras repartiré todos mis afectos».

En la primera parte del libro se da la famosa conversación entre Elinor y Brandon sobre Marianne, en la que Elinor comenta sobre lo irreflexiva que es su hermana y viene a decir que a ver si la vida la espabila un poco. A lo que Brandon contesta muy serio:

«Un cambio total de sentimientos… No, no; no lo quiera…, pues cuando los refinamientos de un joven espíritu son obligados a claudicar, ¡con qué frecuencia los siguen creencias que son demasiado comunes, y demasiado peligrosas!»

Para bien de Marianne (y suerte de Brandon), al final de la novela queda claro que ella sigue siendo una mujer apasionada, eso sí, ahora en el marco de una mayor madurez.

Su boda con Brandon no es, como algunos dicen, una solución de conveniencia. Me parece muy significativo cómo lo expresa Austen:

«Marianne nunca iba a poder amar a medias; y con el tiempo su corazón entero llegó a estar tan consagrado a su marido como una vez lo había estado a Willoughby»

Y, en la película de 2026, casi me gusta más cómo se desarrolla ese diálogo:

«—¿Crees que en algún momento podrías volver a sentir por alguien lo que sentiste por Willoughby?
—Creo que puedo llegar a sentir aún más»

Tiene mucho sentido con el cambio de madurez de Marianne: madurar nos amplía nuestra capacidad de amar.

No siente más quien más lo expresa

O al menos no necesariamente y en todo caso.

Al principio, Marianne reprocha a Elinor su manera de poner palabras a sus sentimientos, pero esa crítica es típica de una actitud (y de una sociedad) donde se ha instalado el emotivismo galopante que juzga la fuerza de los sentimientos por su forma de expresarlos (cuantas más lágrimas sin dique alguno, cuantas más risas desorbitadas, cuantos más suspiros…, mejor). Dice Marianne:

«Elinor, al dejar Norland y a Edward, no lloró como yo. Incluso ahora sigue conservando su dominio de sí misma. ¿Cuándo está triste o abatida? ¿Cuándo trata de huir de la sociedad, o la vemos en ella inquieta o descontenta?»

De hecho, como Elinor no lo revela tal como ella haría, Marianne llega a la conclusión de que los sentimientos de la mayor no son tan fuertes como los suyos. O, peor, llega a juzgar que, como Elinor es capaz de no dejarse llevar por la tristeza y la desesperanza, eso se debe a que no siente tanto y por eso no tiene tanto mérito su autocontrol. «Marianne no tenía facultades para dominarse, porque no quería tenerlas». Y en otro capítulo, comparando su “amor apasionado” con el de su hermana: «Marianne tenía fácil solución para lo del autodominio: con afectos fuertes era imposible, con afectos moderados no tenía mérito…».

Elinor no es una reprimida, como algunos comentarios la retratan. Se habla de que reprime sus sentimientos por las normas impuestas de la sociedad, pero varias veces a lo largo de la novela queda claro que lo de Elinor es virtud y madurez, no rigideces por el qué dirán.

Pone por delante lo que cree que tiene que hacer, no solo sus emociones, ni solo sus ganas. En la primera descripción que tenemos de Elinor en la novela, leemos:

«[…] tenía una firmeza de entendimiento y una frialdad de juicio que la hacían idónea para ser, aun a sus diecinueve años, la consejera de su madre, y la facultaban usualmente para contrarrestar la impaciencia de espíritu de la señora Dashwood»

Y sigue la descripción:

«Tenía un grandísimo corazón; era afectuosa por naturaleza, y de firmes sentimientos; pero sabía cómo gobernarlos: un conocimiento que su madre tenía que aprender, y que una de sus hermanas había decidido que nunca nadie le iba a enseñar»

Ese gran corazón lo vemos en muchos momentos de la historia. Uno de los puntos que me ha llamado la atención es su capacidad para leer en las personas, algo para lo que se necesita sensibilidad, sin duda, y que ella la demuestra, por ejemplo, dándose cuenta de que la reserva del coronel Brandon «parecía más producto de algún abatimiento de espíritu que de un natural hosco».

Qué dice de tu ‘amor’ a otra persona cómo tratas a los demás

Marianne y Willoughby son muy groseros con sus comentarios sobre y hacia el coronel Brandon en varias ocasiones. Pero creo que los motivos de Willoughby son distintos de los de Marianne. Lo que le sucede a ella es que, en su enamoramiento obsesivo total, solo existe una persona para ella en el mundo, y todos los demás le dan igual. Por eso se permite esos comentarios, y no solo a Brandon: hay numerosos ejemplos de conversaciones con la señora Jennings y de su actitud hacia ella o lady Middleton que muestran que solo le importa lo suyo, su flechazo por Willoughby. Y cuando todo se desmorona, el dolor que siente tiene el mismo efecto: sigue replegada sobre su propio ombligo, y llega hasta minusvalorar el dolor de su hermana Elinor.

Qué diferente ese sentimiento exacerbado que solo mira por uno mismo de la mirada atenta a los sentimientos de otros, de la que hablaré después.

Marianne es un ejemplo de lo que Juan José Pérez-Soba llama «sujeto emotivo posmoderno», que reduce su mundo afectivo a las meras emociones y tiende a quedarse con la introspección sobre cómo se siente en cada instante. En Amoris laetitia se describe así:

«Creer que somos buenos solo porque “sentimos cosas” es un tremendo engaño. Hay personas que se sienten capaces de un gran amor solo porque tienen una gran necesidad de afecto, pero no saben luchar por la felicidad de los demás y viven encerrados en sus propios deseos. En ese caso, los sentimientos distraen de los grandes valores y ocultan un egocentrismo que no hace posible cultivar una vida sana y feliz en familia».

Cuando querer a alguien te lleva a menospreciar y faltar al respeto a otras personas, creo que puede ser una señal de qué tipo de amor estás alimentando. El amor del bueno no es egoísta, ni grosero ni centrípeto. Todo lo contrario.

Otra muestra de la ceguera de Marianne, en una conversación con Elinor, tras pasar una mañana a solas con Willoughby en la mansión de la tía de este:

«—No he pasado una mañana más grata en mi vida.
—Me temo —replicó Elinor— que el que una ocupación sea grata no siempre es prueba de que sea acertada.
—Al contrario, no puede haber prueba más firme, Elinor; porque si hubiera habido algo realmente impropio en lo que hice me habría dado cuenta, pues siempre sabemos cuándo nos estamos conduciendo mal, y con una certeza semejante no habría podido disfrutar»

Pero Marianne se equivoca. Las pasiones pueden impedirnos ver con claridad. El estado de enamoramiento, por ejemplo, nos puede llevar a ver y sentir las cosas de maneras muy distintas, y puede nublarnos el discernimiento e incluso la mirada hacia los demás.

Expectativas: «¡Exijo tanto!»

Marianne hablando con su madre, le comenta:

«No podría ser feliz con un hombre cuyo gusto no coincidiera en todo momento con el mío. Tendría que participar de todos mis sentimientos: los mismos libros, la misma música habrían de hechizarnos a los dos»

Y un poco más adelante suspira:

«¡Exijo tanto!»

Pero su problema no es que exija mucho, es que exige mal. Lo más clave no es si vibráis leyendo poesía juntos, si a los dos os gusta esquiar, si os reís de las mismas bromas. Todo eso puede sumar más o menos. Pero en qué fijarse y en qué ser exigente va por otros lados, no tanto en sentir o pensar lo mismo, sino en querer lo mismo (aquí algunas ideas).

Marianne imagina a su hombre ideal y luego resulta que cuadra con la descripción de Willoughby. ¿Acaba siendo él su hombre ideal? No. Porque lo que busca en él no son las características que te dan la información más importante: si esa persona es capaz de amar de verdad.

(Aquí más sobre expectativas)

Willoughby, lo sabemos, tiene la responsabilidad afectiva de un molusco. Mala idea combinar eso con la pasión exacerbada de Marianne. Y con mucho hablar de literatura, pero poco de lo que de verdad importa.

Cuando todo estalla y Marianne le confiesa a Elinor que en verdad nunca habían llegado a estar comprometidos, le dice a su hermana:

«—Me sentía —añadió— tan solemnemente comprometida con él como si estuviéramos unidos por el más estricto convenio legal.
—Puedo creerlo —dijo Elinor—; pero por desgracia él no lo veía así»

Un claro ejemplo de cuando inviertes y arriesgas mucho en una relación, pero de manera totalmente desigual que el otro (como en este otro caso que os explicaba).

Deshacerse de tópicos

Marianne tiene, al comienzo de la historia, unas ideas muy fijas de lo que es el amor verdadero. Entre ellas está que “el amor verdadero es tan solo el primero”, que cantaría La Oreja de Van Gogh. No le importa que el matrimonio feliz de su madre con su padre (casado en segundas nupcias) sea un contraargumento palpable a su teoría. Se aferra a ella. Por eso creo que también la pérdida de Willoughby duele tanto. Si su teoría romántica es cierta, ¿qué esperanza le queda ahora a sus 17 años? Afortunadamente para ella, acaba enterrando el tópico.

Otro mito que vemos impugnado es el de la media naranja o alma gemela. En realidad, tiene mucho que ver con lo anterior: si solo existe una persona en el mundo con la que puedo ser feliz, si la he encontrado y luego la pierdo… ¿qué sucede? ¿O es que tal vez no era esa? ¿Y entonces cómo voy a saber quién es la persona? La creencia en la media naranja trae muchos problemas.

Dice Elinor:

«Y, al final y al cabo, Marianne, después de todo cuanto de sugestivo hay en la idea de un único y constante amor y de todo cuanto pueda decirse de que la felicidad de uno depende por completo de una sola y concreta persona, no es este el verdadero fin… no es proporcionado… ni posible….»

Una vez más, la primogénita mostrando su sentido común. Como os contaba aquí: no podemos pensar que hay alguien en el mundo que nos va a llenar completamente, que va a cubrir todos nuestros anhelos más profundos. El ser humano es un ser social por naturaleza —ya lo decía Aristóteles— y por eso creamos lazos de muchos tipos: familiares, de amistad, laborales, de pareja… No podemos encasquetar la responsabilidad de nuestra felicidad plena a nadie. Además de ingenuo, sería injusto.

No quedarse en primeras impresiones

Aunque sea brevemente, no puedo dejar pasar la oportunidad de hablar de no descartar a personas tras una primera cita por motivos tan poco graves como que «es muy tímido».

En la novela vemos cómo el aspecto de Edward mejora ante los ojos de Elinor, según le va conociendo más (y empezando a quererle):

«La finura de su inteligencia y sus principios sólo puede velarla esa timidez que demasiado a menudo le obliga a guardar silencio. […] Sus facultades mejoran, en todos los campos, a medida que se le va tratando, tanto como sus modales y su físico. En una primera impresión, ciertamente no nos deslumbra su forma de ser; y apenas puede decirse que sea guapo, hasta que uno se percata de la expresión de sus ojos, que son desacostumbradamente bondadosos, y de la dulzura general de su semblante. A estas alturas le conozco tan bien que me parece guapo de verdad»

Más allá de la responsabilidad afectiva y el ghosting

Willoughby y Brandon encarnan dos ejemplos de hombres de los que aprender lecciones valiosas a la hora de conocer hombres de carne y hueso.

Empezamos por Willoughby: sabemos que es encantador, gracioso, romántico, desafía las convenciones (otro día hablamos de por qué a veces parece que nos atrae el chico malote). También sabemos que es el rey del ghosting y que un ejemplo con patas de egoísmo de los sentimientos: al principio corteja a Marianne solo por entretenerse, porque ve enseguida que ella se ha quedado prendada de él y eso le halaga, pura vanidad. En el momento de confesar su culpa lo dice él mismo: «Yo no pensaba en su felicidad, buscaba únicamente mi propia diversión». Y recordemos que una de las definiciones clásicas de amor es querer el bien de la otra persona. Willoughby: suspenso. Y no solo egoísmo de los sentimientos:

«—Todos sus actos —repuso Elinor— se han fundado, del primero al último, en el egoísmo. Fue por egoísmo por lo que empezó a jugar con tus sentimientos; y por egoísmo aplazó, cuando los suyos se vieron comprometidos, el momento de declararlos, hasta que al fin huyó de Barton. Su propio placer, o su propia tranquilidad, fueron, en todos los aspectos, los principios de su conducta.
—Es cierto, nunca persiguió mi felicidad»

Ahora miremos al coronel Brandon. La señora Dashwood describe así su amor: «firme, tierno, constante». Y yo añadiría: atento. Simone Weil desarrolla la idea de que amor y atención son, en esencia, lo mismo. Cómo olvidar la escena de Brandon prestando atención con todos sus sentidos la primera vez que ve a Marianne tocar el piano (no nos olvidamos de la escena en la novela, ni tampoco de Alan Rickman en el umbral de la puerta contemplando a Kate Winslet). De hecho, en el libro se dice explícitamente que el único que estaba realmente escuchando la interpretación musical en ese momento era Brandon.

Muy pronto en el libro se muestra también que es un hombre atento a los sentimientos de los demás. Cuando, tras la conversación en la que Margaret se le escapa que Elinor tenía un amor en Norland, lady Middleton cambia de tema y suelta un «Llueve mucho», Austen escribe:

«… la idea que ella puso en marcha la recogió en el acto el coronel Brandon, que nunca dejaba de estar atento a los sentimientos de los demás; y mucho dijeron ambos sobre la cuestión de la lluvia»

Aquí vemos dos cosas: la atención y la rapidez de Brandon para darse cuenta y echar un capote a Elinor y salvarla de la situación incómoda. Y, en segundo lugar: en claro contraste con ese “amor” egoísta y centrípeto que veíamos antes, aquí se muestra un amor que no se encierra en sí mismo y en sus problemas, sino que sigue siendo capaz de mirar por el bien, no solo de su amada, sino de todos los demás, aunque sea en un detalle tan aparentemente pequeño.

Otro momento: en la velada con la señora Ferrars, cuando Marianne rompe a llorar tras decir, ante el comportamiento terrible de los anfitriones, «Elinor, querida mía, no les hagas caso. No les consientas que te hagan infeliz», la narración sigue:

«Todo el mundo se percató de ello, y casi todo el mundo manifestó su preocupación. El coronel Brandon se levantó y fue hacia ellas sin saber lo que hacía»

Esta escena es una maravilla, y muestra, una vez más, la bondad del corazón de Brandon. Los demás se preocupan, sí, pero él es el único que, casi instintivamente, se levanta buscando hacer algo para consolar, aunque no sepa el qué.

Más adelante, es el primero que empieza a preocuparse por el resfriado de Marianne, que, en efecto, como temía, acaba siendo grave.

Entre el hombre atento a los sentimientos y el hombre que juega con los sentimientos… la elección está clara.


¿Qué otros aprendizajes localizáis en esta novela sobre el amor o la vida en general?

¿Cuál es la siguiente novela de Austen que os gustaría que analizara así?


¿Quieres saber más sobre Jane Austen? Aquí puedes leer mi reportaje en profundidad sobre la autora en su 250º aniversario.


Foto de cabecera por Pablo Callejo, en la casa-museo de Jane Austen, en Chawton Cottage, donde la autora británica terminó de corregir Sentido y sensibilidad, y vio, por primera vez, un libro suyo publicado.


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