MAKELOVEHAPPEN-embarazo tras perdida

El embarazo tras una pérdida: entre la alegría y el miedo

Un nuevo embarazo tras perder a un hijo por un aborto natural no se vive del mismo modo.

A la alegría máxima ante el test positivo, se agarra, un segundo después, el miedo. A muchas de nosotras nos acompaña durante nueve meses. Y a algunas incluso más allá del parto.

No es el miedo de otras veces. Estar embarazada siempre viene con su dosis de incertidumbre, con sus preocupaciones, con sus inquietudes por el futuro. Pero tras una pérdida es distinto. No es solo el miedo por un camino que no conoces y que no sabes muy bien qué te puede deparar. Es el miedo al recordar un camino que querrías no haber recorrido. No tanto el miedo a lo desconocido como el miedo al dolor conocido y que no se quiere volver a transitar.

Las semanas entre ecografías o consultas con la matrona, donde poder verle o simplemente escuchar su corazón, se me hacían eternas. No fui consciente de la tensión que estaba acumulando antes de la eco de la semana 12 hasta que, en la sala de espera, se me saltaron las lágrimas. 

Una amiga me había dicho que podía avisar a la ecografista de que me dijera lo primero de todo si había latido o no. Me tumbé en la camilla, ella preparó las cosas y con un nudo en la garganta empecé una frase que no pude terminar: «¿Puedes decirme lo primero si hay…?». Ella me sonrió con ternura y me dijo: «Sí, miraremos el latido lo primero». Había visto ya mi historial. En el resto de ecografías, con otros médicos, fue igual. 

Pablo y yo disfrutamos cada ecografía y cada vez que escuchábamos su corazón como si fuera el primer hijo. No, no tal cual. Con la ilusión del primer hijo, pero con una conciencia mayor del milagro que suponía y también de su fragilidad. El sonido de su corazón latiendo, un corazón diminuto pero que bombeaba a todo trapo se convirtió en el mejor sonido del mundo. La imagen de un pequeño corazón trabajando a tope, en la mejor estampa. Nunca llegamos a ver una imagen así de nuestro Georgie. Pero su corazón latió. Aunque luego esas tres palabras, «No hay latido», nos pusieron la vida patas arriba.

En un embarazo tras una pérdida creo que se reciben casi con alegría (o sin el casi) todas las náuseas y malestares. Recuerdas demasiado bien que la anterior vez no te encontrabas mal y eso ya te preocupaba. Todos esos síntomas te dicen que tu cuerpo sabe lo que hace, y, además forman parte de esas primeras «conversaciones moleculares» madre-hijo.

Cualquier sangrado, aunque sea leve, te pone en el peor escenario. No quieres volver a ver sangre cuando no toca. Recuerdas perfectamente dónde estabas cuando empezaste a sangrar en el embarazo anterior. Incluso aunque los médicos te digan que todo está bien, es complicado desanudar la soga invisible en la garganta y alrededor del corazón.

Contamos los días para pasar el “umbral maldito” de la semana 12. Sentía que desde el corazón le iba empujando para que cruzara pronto esa línea donde el riesgo de perderle se reduciría de manera considerable. Nuestro hijo mayor sabía la estadística (hizo muchas preguntas después de perder a su hermano), y también respiró aliviado cuando alcancé el segundo trimestre.

Ninguno de esos miedos nos ha borrado la alegría. Tal vez también por ser más conscientes del milagro que supone cada nueva vida, celebrábamos todo con especial intensidad. Empezar a notar sus movimientos fue un hito. Estaba incluso más atenta que con mi primer embarazo. No quería dar por supuesto el regalo de su vida en ninguno de sus segundos. Cada movimiento era una señal del milagro que crecía, que seguía creciendo, a pesar de mis miedos. Por el mismo motivo, dejar de sentirle en algún momento me encogía el corazón.

Pensé que, al tenerlo en brazos, ese miedo a perderle se esfumaría. Pero no. Y, tras el parto, con él sobre mi pecho, recuerdo preguntarle a Pablo: «¿Está bien? ¿Está todo bien?». 

No contaba con ello, pero durante sus primeros meses he temido —mucho más que con mis otros hijos— que le sucediera algo. Os lo cuento porque sé que no me ha pasado solo a mí (por conversaciones con amigas; y, en la encuesta que hice en Instagram, casi la mitad de las madres contestaron que el miedo les había durado también tras dar a luz). Igual que durante los meses previos, eso no me ha impedido vivirlos con una alegría inmensa. El miedo ocupa su lugar, sí, y de nada sirve negarlo cuando es así. Pero no lo ocupa todo. Y la felicidad y el amor son más grandes.

¿Un bebé arcoíris?

El recuerdo del embarazo anterior no solo venía en forma de inquietud. También era nostalgia por lo no vivido («cómo habría sido llegar hasta este mes de embarazo con Georgie», mirar a Nico y pensar «¿Georgie se habría parecido a ti?»), y también, en ocasiones, un cierto sentimiento de culpa: ¿me estaré olvidando de Georgie? ¿Ha venido Nico a llenar un hueco? Sabía que la respuesta era no —a ambas preguntas—, pero había que hacer un esfuerzo por sacudirse esas ideas. 

Tal vez también por esto, aunque al principio del embarazo sí me refería a él como «bebé arcoíris» (como se denomina a los bebés que vienen tras una pérdida), muy pronto dejé de usarlo. Algo en mí me hace no sentirme cómoda con el término. No me importaba que otras personas se refirieran a él así, y entiendo perfectamente el sentido —cómo se te ilumina la vida tras perder a un hijo— y a quien lo usa. Pero, por otra parte, era como que no me gustaba definir a Nico por eso. 

El regalo de su vida me parece tan único, tan grande, que ponerle una etiqueta que hace referencia a un otro, era como que me raspaba por dentro… Recientemente he hablado de esto con una amiga que pasó por lo mismo y que también, al principio, el término «bebé arcoíris» no le terminaba de encajar, pero luego sí, y me ha dado ocasión para seguir reflexionando sobre esta ambivalencia

No estoy totalmente reconciliada con la idea, pero también pienso que, más que como una etiqueta que determina, puede verse como una relación, y, en el fondo, a todos nos configuran en mayor o menor medida nuestras relaciones. 

Además, si Georgie nos enseñó de una manera profundísima el regalo que supone cada hijo, Nico ha sellado de algún modo ese redescubrimiento en nuestros corazones y nos ha permitido disfrutarlo a tope. Cada uno tiene y siempre tendrá su lugar propio. No son intercambiables ni reemplazables. 

De hecho, una de las frases de consuelo que no sirven tras una pérdida es la de «Ya vendrá otro»; claro que deseas que venga otro, claro que te alegrarás por mil si eso sucede, pero eso no quita que pienses «Vale, pero también quería a este». No estamos hablando de un juego de azar, en el que puedes resignarte con «Bueno, a la siguiente a lo mejor te toca»; ni de un producto que se te ha roto y te lo sustituyen en la tienda. Estamos hablando de vidas únicas e irrepetibles.

El miedo no lo ocupa todo

Pienso que la alegría en este embarazo ha sido posible también porque ha sido una alegría muy compartida. Decenas y decenas de gestos de cariño de familiares, amigos, vecinos e incluso desconocidos. Oraciones por este bebé desde todas las puntas del planeta. Celebrando la vida en cada una de sus semanas, sin importar si eran 6 o 36. Esto unido a un enorme agradecimiento por el regalo de un nuevo hijo. Como os contaba en mi teoría de las A’s, agradecimiento y alegría van muy unidos.

A veces la ilusión echaba el freno de mano ella sola. Hacer planes con el bebé en mente: frenazo. Preparar el carrito y la cuna: frenazo. Sacar las ropitas de sus hermanos: frenazo. Entonces, había que volver a arrancar y darse permiso para ilusionarse y no dejar que el miedo paralizara. Pensar fechas, imaginar nombres, hacer sitio… No vale la pena vivir en un eterno «¿Y si…?».

No he mencionado aún dos de mis rocas en estos meses de mareas de emociones.

La primera: Pablo. Sosteniendo la alegría y sosteniéndome a mí y a nosotros cuando los miedos se alzaban pareciendo más fuertes. Una vez más he podido comprobar de manera especial que con él puedo vivir lo que sea. 

Si las pérdidas gestacionales del primer trimestre todavía son bastante tabú, el dolor de un padre ante ellas se nombra aún más raramente. Pero ellos también han perdido un hijo, aunque no sea algo que haya pasado dentro de ellos. Y, por lo tanto, la noticia de un nuevo embarazo, incluso quitando la montaña rusa hormonal que ellos no experimentan, también viene con una mochila cargada para ellos, de un modo u otro.

Cuando pregunté sobre en Instagram sobre cómo habían vivido los maridos un embarazo tras una pérdida, muchas respuestas destacaban el apoyo esencial de los maridos. Os copio algunas de ellas: «Con el mismo miedo que yo, y en modo muy protector», «Sereno y con confianza ciega en Dios, y consciente de la suerte que tenemos», «Con optimismo y animándome en todo momento», «Me da la tranquilidad que necesito ante todo el miedo», «Mucho más consciente del regalo que es un hijo y de su fragilidad»…

También hubo respuestas de mujeres que contaban que ellos lo vivieron más en silencio, con resignación o sin querer ilusionarse. Lo siento mucho, y entiendo el mecanismo de defensa para no sufrir que puede haber tras algunas de esas actitudes. Pero no dudéis en pedir ayuda para superar el duelo, si lo necesitáis.

Mi segunda roca: mi fe en Dios. Saber que, pase lo que pase, nuestros hijos están en las mejores manos. 

Dios también fue la respuesta de muchas mujeres ante la pregunta «¿Qué os ayudaba a afrontar el miedo?»: «Rezar, todo tiene un para qué en esta vida», «La fe. Que mis hijos tenían un sentido, que venían a ser amados y que estaban pensados por Dios», «Dejarlo en las manos de Dios», «Le pedía a su hermanita en el Cielo que lo cuidara», «Rezar, mientras me acariciaba la barriga», «Confiar en Dios, pero fue una gran prueba», «Yo repetía: Te doy gracias, Señor, por tu amor, no abandones la obra de tus manos»…

Una confianza que no es optimismo ingenuo. Para quienes tenemos fe, la confianza en Dios tiene unas raíces muy profundas, no es un consuelo superficial. Pero, incluso desde el plano humano, la confianza es posible. Como me escribía una de estas madres: «Todo PUEDE salir bien». 

Saber también que por mucho que les queramos, los hijos no nos pertenecen. No han llegado a este mundo por nuestros méritos, ni como premio, ni nada por el estilo. Son puro don, puro regalo. Y son lo menos controlable que existe, desde su primer segundo de vida. 

Este aprender a amar soltando el control es aprender a amar en la incertidumbre, pero también aprender a amar en la libertad. Renunciar a necesitar certezas para lanzarse a amar sin red. Así es como el amor vence al miedo.


Me encantará leeros si algo de esto ha resonado en vosotros y os ha servido de algún modo. Abrazo enorme.

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?