Los dementores del amor (y la maternidad)

Uno podría pensar que los dementores del amor y de la maternidad / paternidad son los que dicen que el amor para siempre no existe y los que prefieren vivir su vida child free. Y, sí, es verdad que algunos de esos comentarios que te absorben la alegría de vivir y te dejan helado por dentro (tipo efecto dementor, de los de Harry Potter), a veces vienen de personas que no están experimentando lo que tú vives. En cierto sentido, precisamente por eso, esos comentarios podrían ser más fáciles de despejar a córner. 

Pero los peores, y de los que quiero hablar hoy, son los comentarios, en principio bienintencionados (en principio) de quienes sí están casados y de quienes tienen hijos, pero que van con estilo cenizo. Pongo ejemplos: matrimonios algo ya veteranos, mirando la felicidad de unos recién casados, y susurrando algo como «Mira qué contentos ahora, con la emoción, claro, pero luego ya veréis la vida, ya…». Padres, incluso con la única experiencia de un solo hijo, que se abalanzan a proporcionar consejos no solicitados a padres primerizos ya desde el embarazo y a vaticinar toda clase de desgracias desde el parto hasta —al menos— su primer año de vida.

No estoy diciendo que no haya que hablar de los aspectos “no tan bonitos” o, mejor, “no tan fáciles” (porque puede haber belleza en la dificultad) de una relación o de ser padres. Pero la cuestión es cómo lo hacemos, por qué (qué queremos conseguir al compartir esa información) y en qué contexto.

Porque todo lo que sea querer asustar a unos progenitores emocionados con su primer hijo me parece que está fuera de lugar. Porque si al ver a unos jóvenes que acaban de empezar la aventura del matrimonio, solo nos sale «Ay, la que les espera», es que tenemos una noción de matrimonio un poco torcida, o tal vez se nos ha ido torciendo en nuestra vida y pensamos que así es como será para todo el mundo. Pero comentar y aconsejar desde el resentimiento no es algo recomendable. 

El patronus de la amistad

Para dar consejos desde la experiencia y sin efecto dementor, sin nostalgias de la vida pasada, sin la actitud —nunca reconocida abiertamente, pero sibilinamente creciente— de «Como yo he pasado esto y aquello, mi único consuelo es que otros lo pasen también», creo que la única vía es la verdadera amistad, y que esos amigos no estén alimentando resquemores en sus vivencias.

Un aspecto clave de la verdadera amistad es alegrarse por el bien de los amigos, incluso cuando uno mismo no puede disfrutar (por los motivos que sean) de ese bien. Hace unos meses, una amiga organizó una velada de picoteo y vino en su casa. Mi pequeño tenía medio año, le di de mamar y le dejé dormidito antes de irme. En la misma reunión, una de mis amigas había llevado a su bebé —de la misma edad que el mío—, porque todavía comía con más frecuencia. Alguien preguntó entonces que a qué hora se volvía a despertar mi hijo tras la última toma que le había dado. Temí que mi respuesta, en medio de un grupo de mujeres con falta de sueño motivada por niños pequeños, podía sonar hasta ofensiva, y respondí bajito, al mismo tiempo que comentaba, en broma: «Bueno, venga, ya me voy antes de que me lancéis algo». Hubo risas. Y enseguida todas empezaron a decir cosas como: «¡Es maravilloso que duerma tanto!», «Ahora que encima has vuelto a trabajar, menos mal que no se despierta por la noche», «Me alegro muchísimo por ti. Qué descanso»…

Me conmovieron. Y pensé: «Esto es amistad. Esto es alegrarse por el bien del otro».

Además, en la amistad se puede ser vulnerable sin ser juzgado. Se puede ir a preguntar y a compartir con confianza. La amistad es recíproca. No consiste en que uno desde su trono de sabiduría y experiencia instruye al pequeño padawan inexperto e ingenuo.

Con mis amigas hemos compartido los relatos de nuestros partos mil veces. Y es solo eso: compartir. Con un relato realista que no cede ante las narraciones tipo peli de terror, incluso en los casos de nacimientos muy complicados. Esas conversaciones son muy diferentes de los comentarios de “conocidos” que proyectan sin filtro y sin contraste lo peor de su vivencia. En la amistad, al compartir momentos difíciles vividos, luego queda siempre la puerta abierta para que, si a mí me pasa, sé que puedo preguntarle a mi amiga más detalles («Y tú, ¿esto cómo lo viviste?», «¿Qué hiciste en este momento?»).

No se trata de una competición de a ver quién tiene la maternidad más sufrida. Ni de simplemente lamentarnos. En la amistad se pueden compartir los aspectos “menos fáciles” de la maternidad, porque nuestros amigos también conocen las partes más disfrutables. Nos ven interactuar con nuestros hijos, nos han escuchado mil veces contar sus anécdotas, saben que les queremos con locura. Y que todo eso es compatible con los retos que trae. En la amistad no hay juicios, no hay una visión estrecha ni los simples 30 segundos de la vida de una madre que podemos ver en las redes (ya sean maternidades idílicas o exhaustas).

De las dificultades matrimoniales, por motivos obvios de cuidar la intimidad, solemos hablar menos. Pero aunque no las compartamos tanto, a veces podemos ir guardando resquemores por dentro que acaban afectando a nuestra visión de lo que una vez creímos que era el matrimonio. Y esto emerge en ocasiones en forma de comentarios irónicos o en ese tipo de conversaciones, injustas, con afirmaciones como «Todos los hombres / todas las mujeres son iguales». Frases que se pronuncian con la seguridad de que, si alguien en el grupo aún no ha tenido esta “revelación”, será cuestión de tiempo.

Distinguir la información que necesitas de la que no

¿Por qué creo que no es necesario subrayar a cada rato los aspectos menos fáciles de tener hijos o del matrimonio cuando afronta dificultades? Porque basta con saber que eso pasará. Más que insistir en que eso va a pasar, como quien se cree el oráculo de Delfos, y entonces «preparaos», como quien espera en la oscuridad del abismo de Helm a que lleguen los orcos.

Pero no. Prepararse no es el abismo de Helm. Es crecer cada día en el amor para que, cuando toque algo que cuesta más, seamos capaces de que nuestro amor sea más grande que la dificultad. Porque, en realidad, como os he contado otras veces, uno nunca está del todo preparado para las decisiones grandes de la vida (casarse o tener un hijo, por ejemplo).

Desde un punto de vista cristiano, Jacques Philippe explica que Dios te concede la gracia para afrontar el momento presente, por eso uno puede pensar en situaciones hipotéticas futuras y decirse «No sería capaz», pero, en realidad, no lo puede saber, porque no está ahí, y Dios no te da la gracia para afrontar escenas en tu imaginación, sino para la vida real.

Por muy universales que sean algunas vivencias, no podemos extrapolar nuestro caso particular a ley general. Juzgar todo solo desde la propia experiencia es propio de niveles de madurez bajitos. Y, como os decía en este mismo post que acabo de enlazar, va acompañado de poca empatía. Precisamente es lo que vemos a veces en los comentarios de dementores del amor y la maternidad: poca empatía con lo que puedan estar viviendo y sintiendo sus interlocutores; ellos tienen una idea clara que quieren transmitir y ni las caras de espanto de quienes están enfrente ni sus intentos de cambiar de tema van a surtir ningún efecto.

Nada de lo dicho es una llamada a tragarse cosas como si fuéramos una olla a presión. Se trata de saber dónde, qué y cómo comparto. Preguntarnos y respondernos, con sinceridad, qué buscamos en el momento de compartir un desahogo: ¿sabernos escuchados, que nos den un consejo, que aporten otro punto de vista, llorar un rato porque no puedo más… o que me digan que ellos están peor —extraño que eso nos consuele—, o que se unan a criticar a mi cónyuge porque mira lo que ha hecho esta vez, o que acabemos todos despotricando contra los hijos, o simplemente anclarme en la queja sin pretender mover un dedo para salir de ahí?

Cuando el dementor eres tú

Al poco de hablar del efecto dementor en el blog, publiqué el post sobre cómo evitar convertirse en uno. Ahora quiero completar un poco la idea, pensando en este tema concreto del matrimonio y la paternidad.

El primer paso es darse cuenta de que algunos comentarios que proferimos van cargados de resentimiento. A veces ni llegamos a verbalizarlos, y se quedan en simples pensamientos, y en tal caso el efecto dementor no salpica al otro, pero nos hiere a nosotros mismos, y, a la larga, sí puede acabar hiriendo la relación con el otro, aunque no queramos ni nos demos cuenta.

Creo que el resentimiento habla de una herida: no he conseguido el ideal de mi mente, o el ideal al que aspiraba… Ante esta constatación puedo tomar dos caminos: 1) quiero convencerme de que entonces nadie puede conseguirlo, y, si en algún caso parece que sí es posible, se trata de algo temporal o de un espejismo, y se lo haré saber; 2) al ser consciente de mi límite, de lo que me duele, lo tomo como aviso para ver qué está pasando en mi matrimonio o en mi m(p)aternidad.

Si asumo la segunda actitud, encontraré que tal vez haya circunstancias que no pueda cambiar, pero tal vez pueda cambiar cómo las afronto, como las vivo. En otras ocasiones, sí podré actuar sobre las situaciones, aunque suponga esfuerzo y arremangarse, y entonces lo sabio será dejar de lamentarse y trabajar para curar lo que me causa ese malestar vital. Incluso ante las situaciones que no puedo cambiar del todo, ante errores del pasado que no puedo borrar… se puede reconocer la vulnerabilidad y seguir defendiendo los sueños grandes.

¿Cómo hacer compatibles, entonces, una mirada realista sobre los límites y las dificultades, junto con los anhelos amplios que llevamos en el corazón?

En El arte de no llegar a todo, me hacía una pregunta parecida:

«¿Cómo se logra crecer sin cinismo, sin tibieza, sin conformismo, sin manías, sin pesadumbre, manteniendo los sueños grandes, los anhelos fuertes? Hablaba de esto con mi hermano Álvaro, una mañana de verano, en el jardín, con el sol de agosto despuntando, las rosas blancas que cubrían parte del muro en su esplendor, y el olor a lavanda que iba y volvía según soplaba el viento. Con creatividad, dijo él. Y yo redondeé: Y el amor es creativo, así que… con creatividad y amor»

Me he acordado muchas veces de este párrafo al escuchar, durante los meses del Mundial (y después) la canción Wonder, de Katy Perry:

«One day, when we’re older / Will we still look up in wonder? / One day, when we’re older / Will we still look up in wonder? / Someday, when we’re wiser / Will our hearts still have that fire? / Can somebody promise me /Our innocence doesn’t get lost in a cynical world?»

Y en las estrofas va aconsejando a niños y niñas no dejar que el mundo pese demasiado en sus alas, no dejar que el miedo queme en lo que creen, permanecer libre sin permitir que les afecten las envidias de los otros, y no dejar que la sociedad mate su empatía.

Qué cantidad de buenas ideas para ser capaz de conjugar la creatividad del amor, los sueños grandes y el realismo. A la hora de mirar a nuestra propia vida, con sus heridas incluidas. Y también a la hora de hablar con los demás.

Que ser más mayores y «saber más de la vida» no nos lleve a perder de vista el asombro, el fuego del corazón, la convicción de que el amor del bueno para siempre es posible, la verdad luminosa del regalo que supone ser padres.


Foto de Daniele Franchi en Unsplash


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