Ya hemos visto que no es del todo cierto eso de que «En la pareja hay que hablar todo, todo, siempre, siempre» y que es necesario aprender a manejar los silencios.
Veíamos en la primera parte los silencios que desgastan: la calma antes de la tormenta, los temas tabú, cuando esperamos que nos lean la mente, la indiferencia y las pantallas como ladrones de tiempo.
Ahora vamos a ver los silencios que construyen.
Saber cuándo callar
Porque nos conocemos, porque trabajamos por convertirnos en expertos el uno del otro, vamos aprendiendo cuándo es mejor no decir nada en una situación y simplemente estar y comprender. Cuándo el otro está preocupado y necesita tal vez su espacio antes de poder comentar su preocupación.
O, ante un enfado, saber “morderse la lengua”, parar la escalada de tensión. También, como explica Mercedes Honrubia:
«Saber en qué momento estoy y si estoy en condiciones de transmitir el mensaje y que le llegue como quiero que le llegue al otro. Además, si conozco a mi pareja, voy a saber si está receptivo para ese mensaje en ese momento. Si el momento es adecuado, la forma de comunicarlo será adecuada»
Como veis, no se trata de callarse para siempre y hacer de tripas corazón, sino de encontrar el mejor momento. De eso va también una buena comunicación.
Y, a veces, podemos elegir callar y perdonar sobre la marcha los pequeños fallos en el amor. No es necesario ir guardando una lista de agravios para desplegarla más tarde.
Respetar los tiempos
En mis primeros escritos y charlas sobre comunicación en pareja, mi entusiasmo por el tema me llevó, mea culpa, a veces a pronunciar frases como las que desaconsejaba en el anterior post.
Hace siete años, ante un story en el que hablaba, en concreto, de la importancia de hablar de sexo, una amiga muy sabia me contestó lo siguiente:
«Totalmente de acuerdo. Pero también hay que comprender los procesos de cada uno. A veces ese “hay que hablar, hay que hablar” es una losa muy grande. Hay que comprender cómo es tu cónyuge. Quizá historias pasadas o su tipo de personalidad provoca que sea difícil abrirse en este tema. Hay que dar tiempo y espacio. Hay que estar. Se comunica de muchas maneras, no solo hablando. Y poco a poco, al generar confianza, pueden ir surgiendo los temas de forma más fácil, menos forzada. Lo hermoso del matrimonio es que ambos caminamos juntos. Hay cosas que se van limando, que se van enriqueciendo, y también se va intimando cada vez más en el ámbito sexual»
Esto, que mi amiga me lo decía con el tema de la sexualidad en concreto, creo que se puede aplicar a otros temas.
A la larga hay que ser capaz de hablar de todos los temas que forman parte de nuestra relación, pero eso no es lo mismo que hablar de todo, a todas horas, siempre cuando a uno de los dos se le ocurra, sí o sí.
¿Qué pasa si uno necesita hablar de algo pero el otro no está preparado, o prefiere otro momento?
En una situación así, la pregunta no debería ser el derecho de quién debe prevalecer (si el que necesita expresarse o el que necesita sus tiempos). Plantear la situación como una lucha de derechos enfrenta a dos personas que, en el fondo, están del mismo lado. Si hay amor de base —y aquí se presupone que lo hay—, el punto de partida es que ambos quieren construir la relación, aunque se encuentren en un momento que no saben muy bien cómo.
Eso exige generosidad en las dos direcciones. Quien quiere hablar tiene que esforzarse en leer el momento, elegir bien el cuándo y, sobre todo, comprender que la otra persona no se cierra por indiferencia sino porque necesita tiempo para procesar. Y quien se cierra también tiene su trabajo: no puede quedarse indefinidamente en el caparazón; necesita hacer el esfuerzo de ir encontrando la manera de abrirse. La comunicación no fluye si uno se siente acorralado, pero tampoco avanza si el otro siempre espera al momento perfecto que nunca llega.
Ahora bien, si ese kairós realmente nunca llega, si la conversación se aplaza una y otra vez y el tema sigue enquistado, tal vez hay que valorar pedir ayuda. Se puede tener todo claro —las intenciones, el amor, incluso las estrategias comunicativas— y aun así estar atascados. Y para ayudar en esas circunstancias, están los buenos profesionales de terapia de pareja.
Silencios protectores
No hay que ocultar información relevante sobre la familia o sobre lo que uno mismo está viviendo (he hablado muchas veces de la importancia de darse a conocer).
Pero la sinceridad no es decir siempre lo primero que se te pasa por la cabeza. Como enseña el mapa conceptual de «Anatomía de un enfado»: cuando estamos disgustados por algo, hablarlo no es la única opción. A veces, lo mejor será callarse en ese momento, reposar, analizarlo con uno mismo, ser capaz de formular lo que te pasa sin que se sienta como un escupitajo o un lanzamiento de martillo a la cabeza del otro.
Nos puede suceder, por ejemplo, que, en un determinado momento, por cansancio, hormonas, situación de especial vulnerabilidad (una enfermedad, un posparto…), algunos pensamientos feos sobre nuestra pareja nos crucen la mente. Si enseguida identificamos que no son verdad, y que si estamos pensando tal o cual cosa es por el momento en que nos encontramos (o, como le escuché a Avital, de Hi Fam, porque llevamos demasiado tiempo consumiendo contenido en redes sociales que nos muestra una manera torcida de entender las relaciones, y eso, claro está, acaba configurando no solo nuestros pensamientos sino nuestra afectividad), ¿qué sentido tiene que vayamos a decírselo al otro?
Otro ejemplo: uno de los dos tiene un plan con amigos, un viaje de trabajo, un compromiso de cualquier tipo… y el otro se queda a cargo de los niños. Quien se queda al frente de la casa puede estar reportando a cada minuto el estado de la cuestión de pequeñas desgracias familiares en tono de queja (niño con caca trepadora, dos niños peleándose, se ha roto no sé qué…) o puede adoptar una actitud de «Sin novedad en el frente» y escribir solo para contar lo bueno. (Si hay un tema grave también, está claro). Por eso lo llamo un silencio protector: ¿de qué sirve preocupar al que está lejos con minucias del día a día por las que él, además, no puede hacer nada?
Obviamente, en cualquier caso, si hay algo que nos preocupa en exceso, que nos angustia, que no podemos gestionar con nosotros mismos, o que necesitamos compartirlo con el otro para rebajar tensión interior, que vemos que no hablar será peor que su contrario: mejor hablar que tragárselo y que se haga bola y luego explote en el momento menos pensado. Como todo en las relaciones humanas: hay que aplicar la prudencia. Y también, en este caso, la prudencia en cómo contamos entonces esas pequeñas batallitas cotidianas (por ejemplo: es distinto contarlo con humor o en tono de simple desahogo ligero que en un tono de queja que por debajo deja traslucir un «Y encima tú no estabas aquí para ayudarme» o algo similar).
Silencios disfrutables
Como vivimos en una sociedad de la emoción constante y de los planes instagrameables continuos, parece que «aburrirse juntos» no suena muy bien. No hablo de dejarse comer por la monotonía, como comprenderéis, sino de comerse la rutina, sabiendo que construir la alegría en la relación no es solo algo para momentos especiales, sino para el día a día. Y que, cuando amamos, podemos simplemente disfrutar de estar juntos, en silencio. No hace falta llenar el vacío con palabras ni con planes todo el rato.
¿Os acordáis de los primeros minutos de la peli de Up? Hay una breve escena de Carl y Ellie sentados en sus respectivas butacas. Cada uno con un quehacer, pero estando ahí para el otro, respondiendo rápido al gesto que uno hace al tender la mano.
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La buena comunicación en la pareja no se trata de decirlo todo, sino de saber que podríamos decirlo todo. Que la otra persona nos va a entender —o al menos va a intentar entendernos—, que nos va a acoger, que no va a juzgarnos ni a huir.
Y, cuando optemos por el silencio, que sea un silencio bueno.
No por complacer, no por indiferencia, no por miedo, no por enfado.
«Si el amor no lo afina, el silencio hace un ruido diabólico», escribe Jesús Montiel. Y esa es la clave.
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Foto de Jonas Weckschmied en Unsplash

