Cuando en un grupo de amigas comienzan las primeras bodas la emoción suele ser grande. Se vive con ilusión cada preparativo, se comparten las inquietudes y los sueños, y las amigas —si son buenas amigas— se alegran infinito por la aventura que va a comenzar la que se casa. Todo esto puede ir unido a una cierta pena: se intuye que el nuevo camino de la futura esposa es algo nuevo que implicará cambios en sus otras relaciones. ¿Eso quiere decir que cuando uno se casa los amigos se olvidan? No. Para nada. Al menos no debería ser así.
La comunicación (II): aprender a discutir y a expresar lo que más cuesta
¿Cómo somos en las discusiones? ¿Se nos da bien conseguir un consenso? ¿Sabemos expresar nuestros anhelos e inquietudes de manera asertiva? ¿Perdonamos rápido? Son cuestiones relacionadas con las facetas de la comunicación que toco en este post.
La comunicación (I): aprendiendo a disfrutar juntos con lenguajes diferentes
Parece algo básico, pero comunicarse no es algo tan sencillo como simplemente hablar. Es algo más —mucho más—. ¿Cómo hablamos? ¿Cómo transmitimos? ¿Qué lenguaje no verbal utilizamos? ¿Estamos en la misma frecuencia? ¿Usamos el mismo idioma? ¿Cómo escuchamos? ¿Cómo somos dando feedback a nuestro compañero de conversación? ¿Cómo retenemos la información que nos ha transmitido en algún momento? ¿Qué tipo de conversadores somos?
¿Es sano tener expectativas?
¿Hasta qué punto podemos dejar la imaginación volar cuando empezamos a salir con alguien? ¿Es bueno hacerse demasiadas expectativas? ¿Qué podemos esperar de una relación? En sí mismas las expectativas no tienen nada de malo, y es comprensible tenerlas sobre el amor, porque en realidad las personas nos hacemos expectativas sobre cualquier asunto de nuestra vida, y con más motivo si es algo que anhelamos profundamente y en lo que nos implicamos. El punto es darles el valor justo, que se aproximen lo máximo posible a la realidad (expectativas con conocimiento de causa) y, sobre todo, dialogar sobre ellas con la parte implicada.
