Los silencios en la relación (I): los que desgastan

«En la pareja hay que hablar todo, todo, siempre, siempre».

Falso.

Cuando hablamos de la importancia de la comunicación en el noviazgo y en el matrimonio, se puede correr el riesgo de caer en frases redondas y efectistas, con su parte de verdad, por supuesto, pero que, al no admitir matices, acaban complicando la vida más que facilitándola.

Y así, por ejemplo, bajo la premisa de «contarlo-todo-siempre», acabamos soltando una queja cuando y como no toca, o arrastramos al otro a una conversación que en ese momento no quiere mantener, o le hacemos daño con el pensamiento peregrino que se nos acaba de cruzar por la cabeza en un momento de hormona en montaña rusa.

No, la buena comunicación no consiste en «contarlo-todo-siempre». La buena comunicación es más que hablar. Y eso incluye saber manejar los silencios.

Ahora bien, no todos los silencios son buenos, y algunos, de hecho, pueden dañar la relación. 

Esta es la primera parte de una serie de dos artículos sobre los silencios en la pareja. Aquí me centraré en los «silencios malos». Próximamente, el post sobre los «silencios buenos».

La calma antes de la tormenta

Es esa falsa paz. Nadie está lanzando bombas, pero el ambiente está tenso. Algo ha pasado. Un disgusto, una discusión mal cerrada, un desplante (del que puede que el otro ni siquiera se haya dado cuenta)… y surge el silencio como un muro de contención de todo lo que hierve por dentro. 

Uno siente que, si habla, el muro se agrietará y será peor. Contener mejor que explotar es un comienzo, lo malo es que, si no lo enfoca diferente, el muro va a desquebrajarse de todas maneras, tarde o temprano. Porque no hay manera de aguantar tanta presión.

No hay que confundir estos silencios de reconcome con el silencio de respetar los tiempos del otro (del que hablaré en el siguiente post). No es lo mismo callar en el momento con la intención de arreglar lo que sea más adelante, que callar y cultivar resentimiento.

Temas tabú

Lo que no puede haber en la pareja son temas tabú: asuntos que no se toquen porque da miedo cómo va a reaccionar el otro (o uno mismo), o porque siempre que los abordamos acabamos discutiendo… 

El «Hay que hablar de todo» es cierto en este sentido: «Hay que ser capaces de hablar de todo». En Más que juntos, María Álvarez de las Asturias y yo escribíamos:

«No puede haber tabúes ni asuntos que corran el peligro de “hacerse bola” dentro de alguno de los dos. Se habla de cómo estamos, de si somos felices juntos, de cómo podemos querernos mejor, de los hijos, de las familias de origen, de los planes de futuro, de lo que nos ilusiona y nos preocupa, de cómo nos estamos comunicando y cómo estamos viviendo nuestra sexualidad… Todos ellos (y otros muchos que se os pueden ocurrir) son temas que a veces solo saltan a la conversación cuando surge un problema o explota alguno de los dos, o se desborda un dique que no habría que haber llenado tanto… Precisamente por eso compensa tener buenas conversaciones sobre ellos en un ambiente relajado, de disfrute y de abrir los corazones» 

Pero en ese «todo» puede haber temas de nuestra vida de los que, de manera habitual, no vayamos a hablar, porque tocan un aspecto de la intimidad o la conciencia de cada uno de nosotros. Cada uno conservamos siempre un reducto de intimidad solo para nosotros. Algunos ejemplos: si no compartimos con nuestro cónyuge nuestra lucha interior por conseguir una virtud, o lo que hablamos con un sacerdote o con el psicólogo… eso no implica que tengamos tabúes entre nosotros. 

No contrario, sino complementario a este silencio, está el silencio de respetar los tiempos (en el próximo post sobre los «silencios buenos»).

Cuando esperamos que nos lean la mente

Esto tiene que ver con las expectativas. Podemos pensar que, si el otro de verdad nos quiere y nos conoce, hay cosas que tendría que saber sin que se las dijera (o sin que se las repitiera). 

No voy a negar la importancia de escuchar, de conocerse cada vez mejor y de retener la información que es importante para nuestra pareja, pero lo que no tiene sentido es instalarse en un mutismo de protesta en una situación así.

Tú sabes lo que quieres, lo que necesitas. Si, en vez de comunicarlo sencillamente, juegas a «léeme la mente», pero luego te enfadas cuando las dotes adivinatorias de tu pareja no han resultado exitosas… ¿tiene algún sentido?

Si ya lo has comunicado muchas veces y el compañero no se da por aludido, estamos hablando de otro tipo de problema.

La indiferencia

El psicólogo John Gottman tiene una investigación sobre lo que llama las ofertas, entendidas como las actitudes de conexión el uno con el otro. Vio cómo las parejas que mostraban más veces interés cuando el otro decía algo tenían relaciones más satisfactorias y duraderas

Julie Gottman, su esposa, afirmaba en una ocasión: «Si tu pareja expresa una necesidad y estás cansado, estresado o distraído, entonces es momento de mostrarte generoso, cuando tu pareja hace una oferta y a pesar de tu cansancio o agobio, la apoyas o respondes con interés».

No por tratarse de cosas pequeñas hay que pensar que da igual, que no es tan importante. El amor se construye también ahí. A silencios de indiferencia más graves no se llega de la noche a la mañana.

Las pantallas: ladrones de tiempo y atención

Cuántas ocasiones perdidas de conectar, de conversar, de darte cuenta de que el otro necesita algo… por estar pendientes del móvil, la tablet o lo que sea. Que las pantallas no te impidan ver… los ojos de la persona que amas. Como os contaba aquí:

«Muchas veces nos quejamos de que no tenemos tiempo para los dos con calma… pero ¿cuánto tiempo se nos va con el móvil? ¿Cuántas horas dice mi “tiempo de uso” que miro la pantalla de media al día? ¿No podríamos hacer cosas maravillosas con tooooodo ese tiempo? Puede que, al final del día, con el agote acumulado, acabemos sentados en el sofá, uno al lado del otro (cuando no uno en cada esquina) mirando nuestros móviles. Y es comprensible, pero ¿podemos gastar ese tiempo mejor? No siempre tienen que ser conversaciones sesudas de solucionar los problemas mundiales. A veces mirar memes y reels juntos puede ser un buen plan, cuando el cerebro no da para más, cuando necesitéis risas y desengrasar… Pero que no sea el único plan o el plan comodín»

Dentro de los silencios relacionados con los smartphones, me gusta advertir del peligro de las discusiones por whatsapp (tal vez más frecuentes entre novios, que entre marido y mujer). Son un gran enemigo para la relación

Pero, como decía al comienzo, no todos los silencios son malos. Algunos son necesarios, aportan. Son los silencios que ayudan a construir el amor, porque nacen del amor. Hablaré de ellos en el siguiente artículo.

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Próximamente:

Los silencios en la relación (II): los que construyenLos silencios en la relación (I): los que desgastan


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Foto de Nicholas Gercken en Unsplash 


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