La alegría, como el amor, es regalo y es construir

El asombro, la admiración, el agradecimiento, el amor, la alegría, forman parte de lo que llamo la teoría de las A’s, que aúna unas actitudes con las que disfrutar de una buena vida. Formas de situarse en el mundo que, además, se encuentran muy relacionadas entre sí, como he ido explicando en diferentes posts. En esta ocasión quiero escribir sobre la alegría.

La alegría,

«todo un escuadrón de batalla contra el efecto dementor y contra el vivir anclados en la queja continua que de vez en cuando nos ataca a todos con un ramalazo más o menos intenso.

Manglano, en uno de sus libros, habla de tres usos positivos de la lengua: alabanza, alegrar y agradecer, y propone que seamos “alegradores de vidas”: “No es ir diciendo cosas por decir; se trata de algo muy sincero y verdadero. Es ir descubriendo las maravillas escondidas en toda persona y realidad, ir explicitándolas y poniéndolas a la vista, para que los demás las puedan apreciar”»

 

LO QUE LA ALEGRÍA NO ES

La alegría no es saber contar bien chistes, ni estar a carcajada limpia todo el día, tampoco consiste en lucir una sonrisa brillante 24/7, ni ir bailando y saludando a la gente por la calle como si estuvieras en un musical. Por supuesto, tampoco me refiero a esa mal llamada “alegría” producto de una copa de más o derivados.

A veces confundimos alegría con espontaneidad (y la espontaneidad está sobrevalorada, esto da para un post); y es cierto que algunas personas pueden ser naturalmente más alegres —como hay gente más propensa a ser un cenizo— pero la alegría no es un lujo exclusivo para quien la trae “de serie”. Es para cualquiera.

También se suele confundir con la ligereza de una vida sin preocupaciones, y entonces pensamos que solo podremos estar alegres cuando todo vaya bien, cuando todos nuestros deseos estén cumplidos, cuando no nos falte nada, cuando todo encaje… es decir… una utopía. La alegría proporciona sensación de ligereza, eso sí, de poder volar, pero es una liviandad como la que reflejan estos versos de Juan Ramón Jiménez:

«¡Sí, cada vez más vivo
—más profundo y más alto—,
más enredadas las raíces
y más sueltas las alas!
¡Libertad de lo bien arraigado!
¡Seguridad del infinito vuelo!»

 

LO QUE SÍ ES LA ALEGRÍA

«Hazles comprender que no tienen en el mundo otro deber que la alegría», escribió Paul Claudel. ¿Se os ocurre una tarea más fascinante —además de amar, claro está—?

Claudel puede afirmar esto porque la alegría es una virtud y eso implica que está en nuestras manos ser alegres. Que no valen las excusas, ni culpar a las circunstancias, ni esperar a ganar la lotería o a que el karma nos devuelva las acciones buenas realizadas.

Podemos ser alegres ya, ahora. Sí, incluso tú, el que está viviendo unos días —o años— malos, el que siente que la esperanza se ha marchado hace tiempo, el que cree que ser dementor es la actitud más realista para “los tiempos que corren”, el que lo intenta y no lo consigue, el que fue alegre y ahora no, el que no quiere oír hablar de ella…

 

LA ALEGRÍA ES REGALO Y ES CONSTRUIR

¿Cómo se consigue la alegría? No es simplemente a fuerza de brazos, ni repitiéndose como un mantra «soy alegre, soy alegre, soy alegre…». La alegría es un deber pero no es un pegote, o un accesorio, es algo anclado en nuestra propia vida. Y para vivirla no solo hay que mirarnos a nosotros mismos sino también hacia afuera, hacia los demás, hacia el mundo.

Empecemos por algo fácil: ¿por qué cosas te gustaría dar las gracias? Todas ellas son motivo también de alegría. El agradecimiento como actitud vital tiene en la alegría su expresión por antonomasia: quien es consciente de todo lo bueno que tiene en su vida, no puede dejar de agradecerlo, no solo de palabra sino con la propia existencia y es lógico que eso se manifieste en una persona alegre. Claro que, asimismo, hay motivos para la tristeza, pero como diría Séneca de las opiniones: hay que pesarlos, no contarlos. La alegría proporciona ligereza pero precisamente por el peso que tiene si la dejamos entrar en nuestras vidas (en la línea de los versos de Juan Ramón).

Resulta fundamental para la alegría lo que llamo el paso “del drama a la comedia”: a veces hay motivos reales para el drama, pero otras veces somos expertos en hacer un alud de un copo de nieve. Desterrar la actitud de queja —más o menos continua— es una condición necesaria si queremos ser personas alegres. Como dice una amiga, en ocasiones nos anclamos en el cante jondo y le damos demasiado al «ay ay ay ay ay», pero es mejor cantar por alegrías.

La alegría también es un efecto del amor. Cuando nos sabemos amados y cuando amamos con todo el corazón la alegría desborda. Un corazón enamorado y amante rebosa alegría, y esta, como el amor, es contagiosa y tiende a expandirse.

 

¿Y QUÉ HACEMOS CON LA TRISTEZA?

Ser alegre no consiste en ser un happy ingenuo de la vida. No podemos vivir en un optimismo de buen rollo tipo «everything is gonna be alright», pensar que las cosas irán bien porque sí, por nuestra cara bonita. Eso no funciona así. No se trata de negar la posible aparición de la tristeza en nuestras vidas. Experimentar tristeza no es en sí malo, lo malo es dejarse llevar por ella, permitir que te colonice. Le das la mano y no es que te coja el brazo, te fagocita. Así que hay que andarse con ojo.

Hay momentos para la tristeza. Hay momentos para llorar. Pero incluso en esas circunstancias es interesante no perder de vista que las personas podemos experimentar un sufrimiento intenso y, en el fondo, permanecer alegres. Parece contradictorio, paradójico, imposible, pero somos capaces de ello, precisamente porque la alegría es algo muy profundo, no un simple estado de ánimo, no algo que nos brota.

Puede que incluso lo hayáis visto en alguien cercano, o lo hayáis experimentado en propia piel. Cuando tomas una decisión costosa que te hace sangrar el alma pero que sabes que es la correcta; el dolor ante la pérdida de un ser querido, que convive con la esperanza de saber que la muerte no es el final —para quien tiene fe—; o, en otro ejemplo, como nos explicaba un profesor de la carrera: puedo sentir envidia por el éxito de un compañero, no querer ese sentimiento e intentar alegrarme, y luego sentir la alegría por haberlo logrado.

Sobre cómo enfrentarse a la tristeza no puedo decir mucho más si tenemos en cuenta que el gran santo Tomás de Aquino ya dio su receta, que demuestra que las mentes más brillantes no solo están en lo más trascendente sino también en lo más cotidiano (o precisamente por eso, quizá): concederse un placer, llorar para deshacer el nudo de dolor, buscar la compasión de los amigos, contemplar el resplandor de la verdad, y, finalmente, dormir y darse un baño.

UN SECRETO SOBRE LA ALEGRÍA

Creo que la alegría como actitud vital es algo deseable, sean cuales sean tus convicciones. Además, si resulta que tienes fe —como es mi caso—, la alegría es una responsabilidad especial a la vez que cuenta con una ayuda “extra”.

Se suele decir que las personas más genuinamente alegres son las que más cerca están de Dios. Las personas que hunden las raíces de su alegría en lo más profundo, en lo más permanente.

Quienes creemos en un Dios que nos ama tenemos motivos añadidos para la alegría. Y los motivos anteriormente descritos cobran un sentido más luminoso, más hondo. Tenemos alguien a quien darle las gracias por todo lo bueno, alguien con quien llorar ante el sufrimiento, una razón de peso para confiar en que «todo va a salir bien», no por el karma, sino porque somos hijos del Jefe, y no creemos en un Dios vengativo y sanguinario, sino en uno que ha muerto por amor a nosotros —y eso, si lo pensamos con calma, es una pasada—.

La alegría es, como decía mi amigo Jose, nuestro privilegio y nuestra misión como hijos de Rey. Otro buen amigo, Fer, solía recordarme que cuando nos dejamos caer en la tristeza estamos impidiendo que una parte de Dios entre en el mundo. Es nuestro privilegio. Nuestra responsabilidad. Eso me hace volver a Claudel: «Hazles comprender que no tienen en el mundo otro deber que la alegría».


Foto de Levi Guzman en Unsplash

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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