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Mitos y pluses de casarse por la Iglesia

En este blog siempre intento escribir sobre los temas que tanto me gustan (amor, afectividad, noviazgo, sexualidad…) desde la ley natural, la EPA (Experiencia Propia y Ajena), el sentido común, la antropología, las investigaciones realizadas desde las ciencias sociales… porque al final son inquietudes y anhelos que todos llevamos dentro, sean nuestras creencias las que sean. Pero no podía dejar de hablar de algo muy importante para quienes somos católicos: cuando te casas por la Iglesia, estás recibiendo un sacramento, y esto es un plus.

Me parece interesante escribir sobre esto porque

1) cualquier católico debería conocer lo que implica que el matrimonio sea un sacramento, pero muchas veces no lo sabemos o no lo sabemos bien;

2) si no eres católico, puede que te resulte interesante por aquello de la culturilla general o para desmontar algunos mitos o prejuicios.

5 mitos sobre el matrimonio católico

1. «El matrimonio es un invento de la Iglesia»

Para nada. Muchas civilizaciones contaban ya con la institución del matrimonio siglos antes de que naciera Jesucristo. Lo que cambia a raíz de que Jesucristo viniera al mundo es que hace del matrimonio un sacramento.

«La Iglesia no se ha inventado un nuevo matrimonio, sino que ha cogido el natural y lo ha elevado al nivel de la gracia sobrenatural. O dicho de otra forma, las leyes del amor y las exigencias de la unión conyugal no son un invento de Wojtyla o Ratzinger» (Pijama para dos)

2. «Te casas por firmar un papel»

A ver, a efectos legales, jurídicos, sociales, sí. Firma todo lo que tienes que firmar y llévalo al registro para que conste. Pero lo que nos hace esposos no es la firma, sino las promesas que intercambiamos que expresan nuestra voluntad de querer compartir toda nuestra vida con la otra persona. Y esto es algo del matrimonio como institución natural, no solo del matrimonio como sacramento. En el post «Todos los días de mi vida» lo explicaba un poco, por si queréis profundizar; la cosa va de enunciados performativos: enunciados que no describen un hecho sino que realizan un hecho, por eso «ese algo poderoso que nos transforma de novios a esposos al pronunciar unas palabras concretas es que son más que “simples palabras bonitas”, son palabras que hacen, son palabras que nos entregan, son palabras que comprometen nuestra libertad y nuestra vida, porque nos da la gana».

3. «Te casa un cura»

Falso. El cura es un testigo del matrimonio, lo que se llama un “testigo cualificado” en terminología de la Iglesia. Pero los que se casan son los novios. Son sus palabras las que hacen que se produzca ese matrimonio y ese sacramento. Son ellos los protagonistas indiscutibles de ese día.

4. «Es solo postureo, por quedar bien, una imposición de la sociedad»

Siempre habrá algún postureta suelto, pero la esencia del matrimonio no es esa. Lo dice el papa Francisco en Amoris Laetitia: «El sacramento del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso». Es mucho más —como luego os cuento—.

5. «Que el matrimonio sea un sacramento quiere decir que el día de tu boda te casas en una iglesia y el sacerdote os echa una bendición. Y ya está»

Sí y no. Normalmente las bodas por la Iglesia son en iglesias y durante una misa, y el cura reza una bendición, pero que el matrimonio sea un sacramento no es solo eso. Ksawery Knotz lo explica genial:

«A los siete o nueve años, la religiosidad humana es muy ritualista y mágica. En ese período los niños entienden la relación entre el signo sacramental y el resultado espiritual como una interdependencia mecánica. Si la persona no supera esa etapa de pensamiento, entenderá el sacramento del matrimonio no como el constante encuentro de la pareja consigo y con Cristo, sino como un ritual mágico que automáticamente debería asegurar un vínculo bueno y feliz. Esa clase de personas cree que alcanza con pronunciar las palabras de la promesa, enlazar las manos con la estola, intercambiar los anillos y aguantar la lluvia de arroz para que el matrimonio se quiera y viva feliz, y nunca se separe. Gente con tal “espiritualidad” no llega a advertir que el sacramento del matrimonio no se realiza solo a través del rito sino en el cuidado cotidiano del vínculo conyugal, en el permanente aprendizaje de la vida en común y en encomendar todos esos esfuerzos a Dios»

Este punto enlaza con el siguiente apartado:

Lo que te aporta que el matrimonio sea un sacramento (más allá del Día B)

Una aventura gigantesca… con la mejor compañía

Que el matrimonio sea un sacramento no significa solo que «estamos casados por la Iglesia» sino que Dios nos da una gracia —una ayuda— especial. No se trata solo de que Dios está presente en nuestro matrimonio cuando rezamos o vamos a misa (que también) sino en situaciones cotidianas: cuando conversamos, cuando comemos juntos, cuando tenemos una discusión y nos perdonamos, cuando tenemos detalles con el otro, cuando nos encargamos de las cosas del hogar, cuando quedamos con unos amigos… ¡en todo lo que hagamos en común!

Esto lo dice el propio Catecismo de la Iglesia Católica:

 «…”mediante el sacramento del Matrimonio, [Dios] sale al encuentro de los esposos cristianos” (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente (…) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo».

En síntesis: Dios vive en medio del matrimonio ayudándoles a los esposos a amarse cada día más y mejor.

Como me contaron de una homilía en una boda: El matrimonio civil es aquel en que el hombre con sus solas fuerzas y la mujer con sus solas fuerzas se prometen permanecer juntos toda la vida. El matrimonio por la Iglesia es aquel en que el hombre con sus solas fuerzas y la mujer con sus solas fuerzas se prometen que estarán juntos toda la vida, y entonces Dios se compromete con ellos para ayudarles a que así sea. ¡No es poco apoyo!

Marido y mujer tienen además la misión de hacerse santos mutuamente, como decía san Josemaría a los esposos: «Tú eres el camino de ella hacia el Cielo; y tú el de él».

Ser el camino del otro hacia el Cielo es una responsabilidad preciosa, es lo mismo que proponernos como meta hacerle feliz, pero no solo al final de la vida, sino en cada momento. Al casarnos, nos convertimos en comunicadores del amor que Dios tiene al otro. Y si llevar el amor de Dios a la gente forma parte de la misión de todo cristiano… ¡pues con mayor motivo y de manera especial con quien compartes tu vida! Por eso, para saber si estoy amando bien, siempre es útil preguntarse: ¿Le estoy queriendo como le quiere Dios? ¿Él puede experimentar lo que le ama Dios a través de mi cariño?

Misión: mostrar el amor de Dios

Los esposos, «en virtud del sacramento, son investidos de una auténtica misión, para que puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella», dice el papa Francisco. No es una simple metáfora sino algo más profundo y real.

«Los cristianos, cuando se casan, dan voz y cuerpo al amor invisible de Dios; su “Sí, te quiero” es un acto de amor generoso y pleno, limpio y exclusivo…. como el “Sí, te quiero” de Cristo a la Iglesia, como el “Sí, te quiero” de Dios a sus criaturas», como dice J. P. Manglano en  El libro del matrimonio (un must).

María Álvarez de las Asturias escribe en este artículo que «a través de la fragilidad de un hombre y una mujer unidos en matrimonio, Dios se hace presente en el mundo para manifestarse, para dejarnos ver Quién y cómo es» y así «al ver cómo se quieren unos esposos cristianos, podemos atisbar cómo nos quiere Dios».

Las relaciones sexuales en el matrimonio tienen un plus

A todos los motivos no religiosos para esperar a tener relaciones sexuales, los novios que tienen fe pueden añadir uno más: hacer el amor ya casados les puede hacer santos, es decir, más felices y más capaces de amar; algo que no puede suceder sin el sacramento del matrimonio.

«La unión sexual, vivida de modo humano y santificada por el sacramento, es a su vez camino de crecimiento en la vida de la gracia para los esposos. […] El valor de la unión de los cuerpos está expresado en las palabras del consentimiento, donde se aceptaron y se entregaron el uno al otro para compartir toda la vida. Esas palabras otorgan un significado a la sexualidad y la liberan de cualquier ambigüedad» (Papa Francisco, Amoris Laetitia).

Como dice el autor de Saber amar con el cuerpo: «Por eso se ha dicho que el lecho matrimonial es un altar. En efecto, se consuma en él algo santo y grande, la entrega mutua de dos personas. Y esa entrega es camino de la entrega de esas personas a Dios».

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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