Dependencias que te hacen libre

La libertad entendida como independencia está de moda. Queremos ser libres, que no nos digan lo que tenemos que hacer, no depender de nadie, marcar nuestro propio ritmo, tomar nuestras decisiones, que nada nos condicione ni nos limite.

Es un deseo legítimo y, bien enfocado y entendido, supone un potencial inmenso. No podemos vivir ni amar sin libertad. Pero es en el enfoque donde nos encontramos con un escollo: ¿de qué independencia hablamos? ¿El ser humano puede ser completamente libre? ¿De qué nos deberíamos liberar para alcanzar ese deseo?

 

¿Somos realmente libres?

Nos gusta pensarnos libres. Pero ¿lo somos? ¿Cómo de independientes somos de la opinión de la gente, del tiempo, de las hormonas, de que todo vaya bien? ¿Cuántas de nuestras acciones diarias tienen como motivación el qué dirán o el que nos vean y aplaudan —tal vez no como motivación principal pero al menos sí secundaria—? ¿Somos capaces de mantener el buen humor después de cuarenta días de no ver el sol? ¿Ante lo que se tuerce y no sale según nuestros planes mantenemos la calma o el descontrol nos arrastra?

Lo primero es darnos cuenta de nuestras dependencias y condicionamientos. Solemos cometer el error de pensar que ya somos muy libres, que nadie nos dicta cómo vivir, cómo pensar. Que yo me lo guiso, yo me lo como. Pero la realidad es que todo nos condiciona de alguna manera (no nos determina, ojo, es distinto). Lo que no hemos elegido (la educación recibida, nuestra familia, los acontecimientos que nos han sucedido…) y lo que hemos elegido (lo que vemos, lo que leemos, lo que escuchamos, los amigos…).

Todo nos afecta y todo nos deja una huella menor o mayor. Resulta ingenuo pensar que cada mañana me levanto siendo una tabula rasa y empiezo de cero, como si nada. Más ingenuo aún creer que somos capaces de mantener esa tabula rasa impoluta a lo largo de nuestro día. Si habéis visto El diablo viste de Prada os acordaréis de esta escena en la que la que Meryl Streep le demuestra a Anne Hathaway que aunque quiera dar una imagen despreocupada con su jersey elegido al azar, su jersey dice mucho más de lo que ella cree. Pues un poco así todo.

Por otro lado están las dependencias en las que nos metemos nosotros mismos —eso sí, muy libremente  porque mapetece—, que son como muletas y cacharros que nos vamos cargando. Cosas que a veces en sí no son malas, pero que, al colocarlas en nuestra vida en la sección “no puedo …. sin ….” nos atan y nos limitan —aunque nos sintamos a gusto con ellas—. Cosas que realmente podrían ser de otro modo pero nos hemos autoconvencido de que no, no hay vuelta de hoja. En muchas ocasiones el problema no está en el hecho en sí sino en convertirlo en esencial para nuestra vida, cuando se trata de algo totalmente accesorio y prescindible. «Si no duermo diez horas no soy persona», «No puedo pasar un día sin entrar en Instagram», «No puedo tomar café si no es en mi taza de colores», «No puedo estudiar si no tengo mis tres subrayadores de colores distintos»…

Lo sintetiza muy bien J. P. Manglano:

«Cuando hablamos de libertad solemos mirar hacia fuera, hacia realidades externas que puedan limitarnos o constreñirnos. Hacemos bien en defender estas libertades, porque nuestra dignidad las merece y necesita. Sin embargo, es bueno caer en la cuenta de que el ámbito en el que más dignidad perdemos es en el interior de nosotros mismos».

¿Somos independientes de nosotros mismos? ¿Dependemos más de lo que nos apetece o de lo cansados que estamos que de nuestro querer y de nuestra libertad? Esto da para otro post. 😉

 

¿La dependencia nos quita siempre la libertad?

Que todo nos afecte de alguna manera no quiere decir que no podamos ser libres o que la única manera de conseguirlo sea irnos a una montaña en plan ermitaño alejados de la sociedad. Aún hay espacio para nuestra libertad: ante lo que nos viene dado en nuestra vida, mantenemos la libertad de escoger cómo lo vivimos, cómo lo aceptamos o no, cómo nos enfrentamos a ello; ante lo que podemos elegir: decidamos bajo qué influjos nos colocamos; si todo nos condiciona de alguna manera, elijamos bien esos condicionamientos. Busquemos dependencias que nos hagan libres. Pero ¿eso no es contradictorio?

En los últimos meses, un periódico ha publicado algunos artículos con titulares tipo: «tener el segundo hijo es malo para la salud mental» o «no tuve hijos para no atarme y ahora tengo que cuidar de mis padres». Textos que, bajo capa de una libertad pensada como autonomía absoluta, defienden que las relaciones —o al menos cierto tipo de relaciones— nos quitan nuestro preciado tesoro. ¿Es así? ¿Todos los lazos que creamos nos hacen menos libres? ¿La dependencia de estas relaciones es algo de lo que haya que huir? No, no lo creo.

Como dice Tugdual Derville en este vídeo de Humanum (vídeo 6, a partir del minuto 9), en las diferentes etapas de la vida —no solo cuando eres pequeño o estás enfermo— existe una dependencia,

«y esa dependencia que con frecuencia consideramos como un obstáculo porque es causa de nuestro sufrimiento, ¿no es en realidad una característica humana esencial? ¿No está esa interdependencia para unirnos unos a otros, para obligarnos a necesitar de otros, para construir juntos en lugar de permanecer solos?»

Y añade:

«La soledad es la mayor causa de sufrimiento en nuestra sociedad, y la cultura de la dependencia, de la vulnerabilidad, funciona en un duro contraste con la cultura de la autonomía que se desarrolla en el individualismo de las sociedades adineradas, y este se acerca a la desesperanza cuandos nos volvemos frágiles, débiles»

 

La libertad es para vivirla

Además, eludir comprometerse para no perder la libertad no tiene sentido. La libertad es para usarla. Las responsabilidades que se desencadenan en cuanto empezamos a usarla pueden dar vértigo, sí, y serán más grandes cuando empeñemos la libertad en fines más grandes, pero ¿a quién no le gusta la emoción de una buena aventura?

Usar la libertad solo para el bien de uno mismo y para cosas pequeñitas es triste, «una vida sin compromisos es triste. Es triste ser el amigo que el resto del grupo ya sabe que se va a rajar del plan en el último momento. Es triste que digas que irás y que luego te pare un dolor de uña del dedo gordo del pie. Es triste no llegar a conocer a nadie en profundidad y así asombrarte con toda su riqueza interior porque no eres capaz de mantener los lazos que creas y “solo se conocen las cosas que se domestican”, como le dijo el zorro al Principito en ese pasaje precioso». Como dice el profesor Nubiola, siguiendo a Saint-Exupéry: «la calidad de una vida está en función de la calidad de los vínculos afectivos libremente elegidos».

Asumamos la dependencia, es más, descubramos su belleza, su razón de ser. Pero una dependencia bien entendida. No hablo de relaciones tóxicas con dependencias enfermizas, ni de una dependencia que surge de una necesidad implacable o de una baja autoestima o de un deseo desbocado. Hablo de descubrir, crear y construir los lazos que nos hacen amar y que nos amen —¿qué mejor que invertir la libertad en amor del bueno?—. Hablo de una dependencia en la que le dices al otro «Podría vivir sin ti, pero no quiero vivir sin ti». Una dependencia que nace de la libertad y que genera más libertad.


Foto de Sylwia Bartyzel en Unsplash

Un comentario en “Dependencias que te hacen libre

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