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Te quiero sin dudar… ¿o no?

¿Es habitual tener dudas durante el noviazgo? ¿Se puede llegar a dar el paso de casarse sin haber tenido nunca ninguna duda? ¿A qué llamamos dudas? ¿Sabemos distinguir las dudas de los miedos, las incertidumbres, los agobios y otras emociones? ¿Qué dudas deberían encender la señal de alarma y con cuáles es mejor no rayarse?

Dudas habituales en el noviazgo y cómo resolverlas

«¿Será “la” persona adecuada?»

A lo largo de un noviazgo me parece normal y lógico que en algún momento surja la pregunta: ¿esta persona con la que estoy es con quien quiero y puedo compartir el proyecto al que aspiro? Para eso está el noviazgo, de hecho, para conocerse y valorar si juntos podemos dar un paso más hacia el matrimonio, y, en el camino, irse preparando para esa meta. 

Pero esa pregunta no tiene que estar constantemente frente a nuestros ojos. Creo que es una cuestión interesante para plantearse al empezar a salir, por ejemplo (la gran pregunta sobre cómo sé si es la persona con la que empezar un noviazgo); también es esperable que reaparezca avanzada la relación; a veces, también, tras una pequeña (o gran) crisis o una discusión, en la que se ha podido poner de manifiesto alguna diferencia que nos hace chocar y que nos lleva a replantearnos si seguir o no (aquí hablé de los distintos tipos de crisis). 

Y, aunque hayamos concluido que era “la persona” al empezar a salir, puede suceder que a lo largo de la relación nos demos cuenta de que no es “la persona” para compartir la vida. Una vez más: para eso está el noviazgo, para conocerse y poder dar una respuesta acertada a la pregunta (y aquí os daba algunas ideas sobre cómo acertar). 

Si todo va bien en la relación (eso no quiere decir que no haya defectos, o choques o crisis), si compartís un proyecto en común, si estáis construyendo vuestro amor y lucháis por quereros cada día más y mejor… creo que no vale la pena darle demasiadas vueltas. Pep Borrell publicó hace unos meses un story en el que a la pregunta «¿Cómo sé si el otro es la persona de mi vida?», contestaba: «Si te lo preguntas mucho… es que no es». Cuando compartí aquella respuesta algunas personas me dijeron que era un poco radical… Entiendo lo que hay detrás de esa crítica: muchos hemos podido pasar momentos de dudas angustiantes en nuestra relación, hay gente más insegura o más inmadura o que necesita más tiempo…

Sí, es verdad. Pero una cosa es tener altos y bajos en el noviazgo y otra cosa es vivir con la duda constante y marear la perdiz porque no te aclaras ni tú mismo y acabas liando al otro. Actitudes así son superables y, por supuesto, puede haber matrimonios felices tras superar crisis de este tipo. Pero lo que me gusta de la afirmación de Pep es esa apuesta por la sencillez: el amor no tendría que ser tan complicado, tan rebuscado; crisis de crecimiento, sí, claro, son normales, pero vivir en una crisis continua por culpa de la inmadurez afectiva de uno de los dos o de ambos… creo que no es bueno para la relación… aunque luego todo acabe en “happy ending”. Vamos, que marear a la gente en sí no es algo bueno ni deseable y que ojalá todos fuéramos más sencillos.  

En una relación de noviazgo se debería tener paz, con sus cosillas, vale, pero no un agobio continuo. Mirar al otro y tener esa certeza de “Contigo estoy en casa”, aunque haya incertidumbres y miedos y vértigos. Esa me parece una buena señal de que es “la persona”. Si en lugar de esa seguridad, esa serenidad, ese “eres mi hogar”, la otra persona te transmite inseguridad, nervios, inconsistencia, sensación de “no sé por dónde va a salir ni a qué atenerme”… no recomendaría a un amigo seguir por ahí. 

Para no agobiarse demasiado con esta pregunta también es bueno abandonar el mito de la media naranja que nos lleva a pensar que hay una persona y solo una persona en el mundo con quien podemos compartir este proyecto matrimonial. Y entonces, qué agobio pensar que tengo que acertar entre los 3 787 millones de hombres o 3 712 millones de mujeres que habitan el planeta.

La duda crónica

Hay personas que se instalan en esa dinámica de dudas y crisis y parece que su relación sigue viva simplemente porque se alimenta de ambas. No es una dinámica sana, la verdad, ni tampoco sostenible en el tiempo, ni mucho menos lo que debe ser un matrimonio. 

Ya sea por inmadurez o carácter o experiencias pasadas dolorosas, hay personas en las que la duda se cronifica y, lo peor, hace efecto paralizante. Ni pa’ alante ni pa’ atrás. Ni lo dejamos ni damos un paso más, y en el ínterin sufrimos como cosacos. Creo que todos tenemos un amigo en un caso así, que lleva mil meses dándole vueltas a su situación, que ha hablado con todo quisqui porque busca desesperadamente que alguien le muestre claramente qué tiene que hacer (porque tal vez no se encuentra con fuerzas él mismo para tomar esa decisión, aunque en el fondo vea claro que es mejor dejarlo)… Y si no tienes un amigo así, es que eres tú ;-).

¿Nuestras diferencias y nuestros defectos son un motivo para cortar?

Así de entrada, no. Todos tenemos defectos, eso no debería sorprendernos. Y discutir o chocar en algunos aspectos no implica necesariamente que el otro no sea la persona con la que puedo casarme; pero es verdad que las crisis en los noviazgos pueden ser un momento de crecimiento en la relación y/o un momento de plantearse la relación en sí. 

A veces simplemente hay que reajustar un aspecto, aprender a comunicarse mejor, hablar de temas que antes no se habían hablado… pero otras veces esa crisis nos hace descubrir o caer en la cuenta de algo nuevo… y puede que elijamos acogerlo (por ejemplo: me doy cuenta de que el otro es muy serio… y chocamos porque yo soy el alma de la fiesta… No es una dificultad insalvable, así de entrada).

Pero a lo mejor, al reflexionar sobre el punto en cuestión, nos damos cuenta de que lo mejor sería dejarlo (por ejemplo: si mi novio y yo tenemos creencias distintas y en una discusión sale a la luz el hecho de que él no quiere bautizar a nuestros hipotéticos hijos… si para mí eso es esencial… saber que él se va a negar absolutamente me tendrá que llevar a tomar una decisión). 

«Puede pasar cualquier cosa…»

Creo que esa incertidumbre por el futuro que se escapa de nuestras manos es entendible. Las estadísticas de fracasos matrimoniales tampoco aportan mucha esperanza. Es verdad que «todo puede pasar» pero también hay mucho que está en nuestra mano para hacer que pase o no pase. El amor se construye. No es simplemente dejarlo fluir y a ver qué sucede. 

A veces esa inseguridad por el futuro puede venir motivada porque no se ve cercano aún el siguiente paso. Por ejemplo, si siempre habéis hablado de casaros cuando terminéis la carrera y, de repente, os graduáis pero uno de los dos empieza a “remolonear”, a dar largas, a no verlo tan claro, a posponer la decisión… algo así crea mucha inseguridad, motivada por la inseguridad del otro: teníais un plan conjunto, te podías fiar, caminabais hacia el mismo lado y de repente el otro te dice: «Oye, que me quedo aquí indefinidamente a descansar» o «Mira, he pensado que mejor vamos hacia este otro lado que me mola más…».

¿Estás esperando un mensaje divino para saberlo?

En ocasiones me han escrito chicos y chicas que no tienen ningún motivo para dudar pero que parecen esperar tener la certeza de que es “la persona” por una especie de revelación divina. Pero Dios suele hablar bajito y en lo más cotidiano. Hay personas que han conocido a su marido/mujer después de rezar una novena a san Antonio o a san Judas Tadeo; vale, genial, pero no siempre tiene que funcionar así y no pasa nada. Dios no se impone, no es su estilo, porque ante todo respeta tu libertad para elegir y cuenta con tu inteligencia para que puedas discernir y con tu voluntad para que puedas tomar decisiones.

Relacionado con esto: tampoco vale echarle la culpa ni a Dios, ni a san Antonio ni a nadie si el susodicho (o susodicha) que había aparecido en tu vida después de tres novenas al final sale rana. 

«A veces no siento que le quiero»

J. P. Manglano da una respuesta genial a este tipo de duda en Construir el amor

«Esta situación no se resuelve examinando introspectivamente la parte del container ocupada por el sentimiento ya que éste no es capaz, en ese momento, de dar más información. Y cuanto más se manosee… peor» […] «Es un error buscar la seguridad en algo tan inestable como son los sentimientos, pues ésta se encuentra en la parte objetiva del amor —donación, apreciación, necesidad—. Pero es un engaño aún mayor valorar exclusivamente los sentimientos pasionales, como si el sentimiento tranquilo no fuese un sentimiento».

Dudas cuando se acerca el Día B

Qué duda cabe (valga la redundancia) que hay que casarse sin dudas. Sin ninguna duda. Si tienes una, que se te ocurre justo cuando entras del brazo de tu padre en la iglesia… paras el carro y das media vuelta y lo vuelves a pensar.

Ahora bien, sobre todo en la recta final de preparativos para una boda, es importante aprender a nombrar las emociones y distinguir lo que son dudas de lo que es miedo, o agobio, o incertidumbre por el futuro, o pánico escénico, o agotamiento, o una mezcla de un poco de todo…

A veces pueden surgir tensiones fruto de los nervios, las injerencias de una familia o la otra, los imprevistos —ahora con las bodas covid esto es un punto especialmente sensible—… Yo suelo recomendar que en esos meses previos los novios se reserven momentos para hablar de cosas que no sean la preparación logística, sino conversaciones de ir más al fondo, de seguir conociéndose mucho y bien, la preparación más importante no solo para el día B sino para toda la vida de casados. Esas conversaciones creo que ayudan a poner el foco en lo importante y a sobrellevar todo lo demás. 

En esta línea también me parece clave no perder de vista que sois un equipo, él y tú, ella y tú, que las decisiones las tomáis juntos, en consenso, que lo importante es que estéis los dos contentos y con paz con los pasos que vamos dando, aunque eso implique que la tía Hilaria se enfade porque la pones en la mesa más alejada, que el primo de Australia os cancele un día antes, que el cuñado comente que qué flores tan feas habéis escogido o cualquier circunstancia similar.

Otra cosa es cuando las tensiones y los problemas no vienen por circunstancias externas sino por algo interno, algo de los dos: tal vez algo que ya estaba latente desde hace tiempo, que se podía haber sospechado, pero que en los meses previos a casarse se manifiesta de manera más clara o te das más cuenta de ello… Ante algo así se nos tiene que encender la alarma y parar el carro, te queden 6 meses para casarte o un día… Si no ves algo claro, si tienes dudas… más vale esperar y tener un tiempo de calma para poder pensar y discernir con claridad. 

¿Hay fundamento para estas dudas concretas? ¿Cuál es el objeto de mis dudas, de mis miedos? ¿Son cosas de fuera o de dentro —de uno mismo o de la relación—? ¿Son del futuro que no puedo controlar y por el que no vale la pena sufrir por adelantado? ¿O son de proyecciones del futuro que me hago basándome en actitudes que ya veo en el presente? ¿Me angustia alguna cuestión concreta sobre cómo va a ser estar casados y vivir el matrimonio?

Si las dudas vienen de un problema gordo en la relación, de algo que no funciona, de algo que carcome los elementos esenciales… creo que hay que parar. También si te das cuenta de que te estás casando por los motivos no adecuados (miedo a quedarse solo, por ejemplo), o si ves hábitos consolidados en el otro que no está dispuesto a cambiar y que son incompatibles con una relación sana (una adicción, un apego excesivo a su familia de origen…).

«Si tu duda es si vas a poder hacer feliz siempre al otro, vas bien, porque tu preocupación principal es su felicidad. —Y es una duda basada en el realismo, añadía yo, porque al final uno se da cuenta de que es muy limitado para algo tan grande—. Pero si el punto es “A esta persona que tengo aquí al lado ¿la voy a querer a mi lado siempre?” es una duda bastante diferente», explicaba María Álvarez de las Asturias en el directo de Instagram que hice con ella a raíz de Más que juntos.

El primer caso que planteaba María me recuerda a esto de mi amiga Rox hablando de las dudas: «Tal vez la pregunta no es “¿Voy a quererle siempre?” sino “¿Voy a querer quererle siempre? ¿Apuesto por él/por ella?”». Y, de hecho, es lo que prometemos al casarnos (al menos en los votos matrimoniales por la Iglesia); como decía Pérez-Soba en un curso a finales del curso pasado: es pasar del “te quiero” al “sí, quiero”.

Por supuesto, las dudas es bueno hablarlas, con el futuro marido / la futura mujer, pero también puede ser recomendable preguntar a alguien que te conozca, que te pueda aconsejar bien, con experiencia (ya sea un amigo o un profesional).

Por otra parte, sentir un cierto vértigo creo que también entra dentro de lo lógico: entregar la vida a una persona para siempre no es como ir a comprarte unos zapatos. Ser consciente de lo que supone el casarse y experimentar ese vértigo, esa cierta incomodidad ante algo que nos sobrepasa, de que “esto me excede”… es esperable. Creo que os lo he contado alguna vez: los meses antes de la boda yo me sentía en un barquito en alta mar, y que si miraba hacia lo profundo del mar me daba como mareo, pero luego veía a Pablo a mi lado, ¡y se me pasaba!

A veces son miedos e incertidumbres por el futuro: problemas económicos, sufrimientos hipotéticos, la vida que es muy larga… Hablé un poco de esto en «Que el miedo a sufrir no te impida amar»

Otra duda típica es «¿Estaré preparado o no?». Ya te lo decía yo en este post: la respuesta es no. Nunca se está preparado para las cosas más grandes de la vida. Y, a la vez, me encanta —y es totalmente cierto— esto de Tomás Melendo que recoge Javier Vidal-Quadras en su blog

«Tomás Melendo lo expresa con palabras más precisas: el sí incondicionado y para siempre “me capacita para amar”, afirma. Me sitúa, podríamos decir, en un nivel de predisposición, de preparación —forma física, emocional, volitiva y mental— que difícilmente alcanzaré sin una “determinada determinación” (según expresión de santa Teresa) de amar para siempre. Es como el valor para tirarse en paracaídas. Puedo intentar entrenarme para adquirirlo, pero llega un momento, el momento de la verdad, en que todo depende de la decisión, de la voluntad: salto o no salto. Si salto, tengo el valor; si no salto, no lo tengo. […] Y es que, como explica Melendo, hay grados de virtud que no se alcanzan mediante la repetición de actos, sino con una determinación irrevocable en un momento preciso».

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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