- Un hijo supone una crisis.
- Atrévete a conocerte y conocer al otro.
- Sois un equipo
- Tener momentos para los dos
- Identificar “momentos pico” y pensar estrategias para ellos
- No tienes que hacerlo sola. No tenéis que hacerlo solos
- Más ideas
- Fuera el resentimiento. Dentro el perdón
Los desencuentros forman parte de la vida matrimonial. Os habéis casado, sí; os amáis muchísimo, sí; pero eso no quita que sigáis siendo dos personas distintas con todos vuestros talentos… y vuestros talones (de Aquiles). Y, aunque tengáis una base firme de convicciones compartidas, cada uno carga con una mochila con su propia historia, sus vivencias, su carácter, la educación recibida en su casa… Todo esto es normal, y hay que tenerlo en cuenta cuando saltan chispas en la vida en común. Más aún cuando a la aventura se suman nuevos individuos: los hijos. La EPA (Experiencia Propia y Ajena) señala que muchas veces los motivos de conflicto / choque tienen que ver con los vástagos.
Las nuevas incorporaciones familiares no solo pueden convertirse en temas de discusión sino que, también, en ocasiones, sentimos que dificultan la propia relación de pareja. En la encuesta que realicé en Instagram, ante la pregunta sobre en qué situaciones los progenitores notaban estas dificultades, la respuesta más repetida tenía que ver con la comunicación: la dificultad para entablar conversaciones profundas con los niños revoloteando y requiriendo tu atención —«ni profundas ni no profundas», apuntaba alguien—. También hubo muchos comentarios sobre el cansancio y cómo eso afecta a la pareja, en especial a la hora de gestionar discusiones y también respecto a las relaciones sexuales (en las que también tiene su impacto la falta de privacidad y la falta de intimidad, que asimismo estaban en las respuestas); la falta de tiempo y la dificultad de dejarlos con alguien de confianza para hacer planes en pareja.
Otras situaciones señaladas que suponen un reto: disparidad de criterio en cuestiones de crianza (tensiones provocadas por esto), adolescencias complicadas, cuando son muy bebés y duermen-comen mal, cuando se prioriza hijos sobre la pareja, cuando alguno de los niños está enfermo…
Como veis, hay circunstancias variadas, y no todas tienen la misma gravedad (no es lo mismo afrontar la discapacidad de un hijo que una rabieta). Pero de lo que me gustaría hablar en este post es de algunas ideas generales que puedan ayudar a navegar por algunas de esas situaciones más cotidianas y comunes.
Nota importante:
Mi punto de vista no es que los niños estorben al matrimonio —ni mucho menos—. La primera pregunta de la encuesta en Instagram estaba formulada así: «¿A veces sentís que los hijos os dificultan la relación de pareja?». Ojo al verbo en cursiva y negrita. La pregunta no era «¿Los niños os dificultan el matrimonio?», sino si teníamos esa sensación. Porque, sí, creo que es normal y lógico tenerla en ocasiones. Creo que es comprensible que, en algunos momentos más durillos de la crianza, unos padres puedan preguntarse: «¿Por qué si estos hijos, que han nacido de lo que nos queremos, en vez de sumar a nuestro amor, parece que restan?».
Parte de lo que pretendo con este post va también por ahí: es normal sentirse así cuando estás en el túnel, pero hay que dar un paso hacia atrás y ganar amplitud en la panorámica para preguntarnos por cómo cuidamos nuestra relación de manera activa, cómo entendemos la entrega, si aún no hemos ajustado expectativas (y deberíamos)… y ser capaces de nombrar con precisión la dificultad a la que nos enfrentamos. La respuesta rápida quizá sea “el hijo” (que no duerme, que no come, que se enrabieta, que no nos deja hablar…), pero, si pensamos con calma tal vez lo veamos con mayor claridad (y es importante identificar dónde está el obstáculo para poder afrontarlo con eficacia): nuestra dificultad para gestionar esas rabietas, el cansancio provocado por no dormir o dormir a trozos, la necesidad de buscar momentos para nosotros dos… Y, como me dijo una chica por IG a raíz de la encuesta: no entender las dificultades como problemas.
1. Un hijo supone una crisis
«A ver, Lucía, acabas de decir que el problema no son los hijos, ¿y ahora esto?». Os explico: uso la palabra crisis en el sentido que aprendí de María Álvarez de las Asturias, como «cambio en el equilibrio». Como escribía María en Más que juntos:
«La crisis es un cambio en el equilibrio de nuestra relación: de repente sucede algo que provoca una alteración. No necesariamente tiene una raíz mala; por ejemplo: el nacimiento de un niño, que es algo bueno, conlleva muchas veces un terremoto vital; o un cambio a un mejor trabajo; son sucesos que trastornan la relación que, tal como estaba, resultaba satisfactoria para todos. Con los cambios, hay que adaptarse a circunstancias nuevas derivadas del hecho positivo»
La llegada de un hijo altera las relaciones y la rutina en que estábamos a gusto. Con el bebé, llegan los cambios: desde lo más básico (horarios) a lo más importante (la relación marido-mujer), todo se ve alterado. Con tiempo y cariño, vamos buscando un nuevo equilibrio en el que se incorpora nuestro hijo. Estas crisis son crisis de crecimiento: encontramos un nuevo equilibrio haciendo espacio en nuestra vida a esa nueva personita. Como dice mi amiga Sara: «Ser madre te abre rincones del alma».
Las crisis de crecimiento nos ayudan a salir aún más de uno mismo. El problema llega cuando sales de uno mismo, sí, pero hacia el hijo y olvidándote del cónyuge. A lo mejor lo primero que hay que hacer es salir al encuentro del otro y juntos salir al encuentro del hijo. No tenemos que hacerlo solos. Si absolutizas al hijo… ¡peligro! Es normal que, sobre todo en los primeros meses de un bebé, estemos más volcados (generalmente es más el caso en las madres) en el niño, se nos vayan las fuerzas y el tiempo sobre todo en sus cuidados. Pero, como explica Mariolina Ceriotti, no podemos volcarnos tanto en ser madre que nos olvidemos de ser mujer y ser esposa. En este sentido, el marido tiene un papel muy importante en ayudar a integrar los diferentes aspectos de su mujer. Ceriotti dice, además, que lo mejor que se le puede dar a los hijos no es estar encima de ellos 24/7 y atosigarlos de atenciones, sino que vean y experimenten el amor que tienen sus padres entre sí.
El cambio de equilibrio no solo se da de no-hijos a hijos, sino también con cada nueva incorporación (aún no tengo una respuesta clara sobre qué cambio se nota más, jajaja).
2. Atrévete a conocerte y conocer al otro
La maternidad/paternidad despierta cosas en uno mismo que ayudan a conocerse más y luego a entenderse. Puede que pensaras que eras muy paciente… hasta que te enfrentas a un niño que agujerea pantalones cada dos por tres. Y no, no es que seas peor persona que cuando no tenías hijos. Los niños nos ponen ante circunstancias que no nos habíamos enfrentado antes. Lo que le he leído a veces a Ana Mas: nos hacen trigger; pero si saltamos, si explotamos, si algo se desencadena por dentro… será porque hay cosas que tenemos que trabajar en ese interior nuestro.
También es un momento de conocer más y entender mejor al otro. «Cuando nazca tu hijo te vas a enamorar. Te vas a enamorar de él. Y te vas a enamorar aún más de Pablo», me dijo mi amiga Mariona. Esa mirada admirativa de la que suelo hablar en las sesiones sobre comunicación en la pareja está presente en esta “aventura dentro de la aventura” que es ser padres. Descubrirse a uno mismo y al otro como progenitores también involucra conocer nuestros límites en esta tarea, pero no hay que olvidar que seguramente partimos ambos de un grado de inexperiencia muy similar. La buena noticia es que podemos ir aprendiendo juntos por el camino.
3. Sois un equipo
Hay gente con ideas muy claras de cómo quiere educar a su hijo y piensa que son ideas escritas en piedra y no se han discutido con el otro progenitor. Uno puede llevar la voz cantante porque se ha hecho tres cursos de crianza o porque le interesa más el tema o lo que sea, pero la crianza es de los dos. Con los niños hay que tomar muchas decisiones, más pequeñas o más grandes: sobre su alimentación y su ropa, sobre cómo conciliamos y si va a guardería o qué hacemos, sobre qué límites les ponemos y cómo les queremos enseñar a crecer en virtudes… Hay que hablar de todo esto y no solo cuando aparece un problema. Es mejor haberle metido cabeza a la educación de nuestros hijos y haber llegado a consensos.
Así, podemos vivir en el día a día con la confianza de que hemos hablado las cosas y estamos en la misma página. Tener confianza y mostrar esa confianza: no hay necesidad de estar fiscalizando. Recuerdo leer un comentario en Instagram sobre quién ayudaba más con las tareas a los niños: «Es que cuando mi pareja le ayuda con la tarea o con los exámenes saca peor nota que cuando le ayudo yo». ¿No será que estás siendo un poco “madre helicóptero”? ¿No será que a tu hijo le vendrá mejor aprender autonomía antes que sacar todo dieces porque tiene a su madre en la chepa de manera continua? La crianza es cosa de dos. No tiene sentido que uno vaya por libre. Ni por dejadez, ni porque se crea el rey del mambo.
También creo que es hora de ir derribando los estereotipos sobre que los hombres son mancos con la crianza. Tal vez sea que estoy rodeada de gente fantástica, pero no me he topado con ningún padre que sea un cero absoluto en su paternidad. A juzgar por lo que veo en comentarios en redes, haberlos haylos. Aunque, al leer los desahogos de esas madres, siempre me acuerdo de eso que dice María Calvo: que no es que los padres cuiden peor de los hijos, es que algunas madres quieren que lo hagan como ellas mismas lo hacen. Dejemos a las madres ser madres, a los padres padres y a los niños niños.
En caso de duda y discrepancia: el otro está en tu equipo. Para eso sirven también las buenas conversaciones sobre estos temas de tanto en tanto. Y de manera propositiva, no solo cuando las cosas se han desbordado. No son temas que se agoten de una sentada. Los niños no paran de crecer, cambiar. Si nosotros como adultos no dejamos de conocernos, imaginaos los niños. Necesitamos actualizarnos constantemente, esto es: conocer a nuestros hijos reales para saber qué necesitan y cómo podemos ayudarles de la mejor manera. «Criar con respeto significa que queremos relacionarnos de verdad con nuestros hijos, que tenemos curiosidad genuina por descubrir quiénes son. Que queremos dejarnos sorprender por ellos y que admiramos las personas que SON desde el momento de su concepción», como explica Ana Mas en este post.
4. Tener momentos para los dos
El hijo está aquí como fruto de nuestro amor, y su crianza y su educación tienen que brotar de ese mismo amor. No solo porque lo que mejor que podéis darle es que os vea que os queréis (con lo que eso aporta de seguridad, de aprender a querer, a dar, a recibir), sino que cada cosa que hagáis tenga su origen en el amor (entre vosotros y hacia él / ellos). (Esto idealmente, claro, que luego somos seres limitados y hacemos lo que podemos, pero de vez en cuando hay que recalcular y saber dónde queremos dirigir los pasos).
Obviamente, si los padres estamos desconectados el uno del otro, es mucho más sencillo que salten chispas por motivos que, con otro escenario, no serían —para nada— motivo de roce.
Pero el amor de la pareja no se cuida solo. Amar es construir. Hay que buscar los momentos de conexión, de disfrutar juntos, de hacer alguna escapada (aunque sea media hora a la vuelta de la esquina). Buscar esos momentos, activamente. Agendarlos si hace falta.
A todos nos gustaría ir a cenar todas las semanas y de viaje solos una vez el año y por pedir que no quede… Pero las circunstancias son variadas y no siempre es posible y no pasa nada. Eso sí, creo que la actitud no es de conformarse sino de buscar momentos juntos con creatividad, como os contaba en este post: hucha para ahorrar para “salidas románticas”, intercambio de “canguros”, un picnic con un sandwich en un banco del parque mientras los niños están en el cole…
En esa entrada os hablaba también de un “ladrón de tiempo” por excelencia: el móvil:
«Nos quejamos de que no tenemos tiempo para los dos con calma… pero ¿cuánto tiempo se nos va con el móvil? ¿Cuántas horas dice mi “tiempo de uso” que miro la pantalla de media al día? ¿No podríamos hacer cosas maravillosas con tooooodo ese tiempo? Puede que, al final del día, con el agote acumulado, acabemos sentados en el sofá, uno al lado del otro (cuando no uno en cada esquina) mirando nuestros móviles. Y es comprensible pero ¿podemos gastar ese tiempo mejor? No siempre tienen que ser conversaciones sesudas de solucionar los problemas mundiales. A veces mirar memes y reels juntos puede ser un buen plan, cuando el cerebro no da para más, cuando necesitéis risas y desengrasar… Pero que no sea el único plan o el plan comodín»
Para cuando no os dé el cerebro para mucho, con el cansancio del final del día y para temporadas especialmente intensas: haceros con un kit al que podáis acudir. Algunas ideas:
- Hay libritos (por ejemplo, este de Gary Chapman) con preguntas que pueden servir para comenzar conversaciones.
- Buscad actividades que os hagan reír, disfrutar, pasarlo bien: algún juego de mesa, de cartas, poneros a bailar…
Sobre los hijos como “estorbos” para la intimidad de los padres, siempre me acuerdo de la escena de una serie que os contaba aquí:
«La novia de uno de los protagonistas le justificaba que no quería tener hijos explicándole que, con niños en casa, si de repente le quería hacer el amor espontáneamente sobre la isla de la cocina, no podría hacerlo porque corrían el riesgo de que el niño apareciera en cualquier momento. Independientemente de la excusa flojita para no tener hijos, creo que es un ejemplo de la creencia de que las mejores relaciones son siempre las más espontáneas».
Si encontrar tiempo para los dos con calma para hablar, salir a cenar, etc no surge solo sino que muchas veces tenemos que pensarlo, organizar, ponerlo en calendario… por el mismo motivo es recomendable poner esa intencionalidad, cabeza y corazón en nuestras relaciones sexuales. No me extiendo más en esto porque ya lo conté aquí y aquí, pero, relacionado con el cansancio y el estrés que pueden llevar a sentirse desconectados, me gustó lo que explica Bridget Busacker en este reel: la importancia de relajarse y divertirse juntos, que es bueno no solo para una conexión emocional sólida, sino también para crear el entorno ideal para la intimidad física. «Cuando encontramos maneras de desacelerar y permitir que nuestros sistemas nerviosos descansen, se abre la puerta a una conexión más profunda, tanto emocional como físicamente».
5. Identificar “momentos pico” y pensar estrategias para ellos
He dejado para el final lo que seguramente muchos querríais haber leído en el primer punto, pero es que creo que todo lo anterior va antes. Porque, cuando nos estamos cuidando mutuamente, cuando estamos conectados, cuando nos sentimos queridos y cuando queremos… pueden pasar muchas cosas, pero pesan menos.
Sin embargo, los momentos complicados de gestionar, el cansancio, los contratiempos… son parte de nuestro día a día y creo que puede ser útil pensar cómo vamos no simplemente a “resistir” esos momentos sino a permanecer unidos y, es más, a hacer crecer nuestro amor. Como la típica frase de «No se trata de resistir bajo la lluvia sino de aprender a bailar bajo la tormenta». Os doy ideas variadas, pero lo mejor es que cada uno hable con su cónyuge cómo hacerlo y encontrar juntos lo que mejor os sirva.
a. Identificar y clasificar esos “momentos pico”
La vida es variada y los contratiempos que pueden ocurrir a lo largo del día también, pero, si nos paramos a pensar, en el fondo hay ciertas situaciones que se repiten (salir con prisas de casa, hora de la cena con el niño que no le gusta comer, llegar muy cansados al final del día porque la hora de ir a dormir es una pelea… cada familia que piense las suyas). ¿Podemos hacer algo para mejorar esas situaciones de estrés recurrentes? Si sí, a por ello. Si no, y si simplemente son situaciones que hay que aceptar y afrontar, pensar maneras que nos ayuden a enfrentarnos a esos momentos con más fortaleza y serenidad (y no perderlas por el camino).
b. En medio del tornado… tocar tierra
O, más bien, tocar al otro. Como decía más arriba: hay situaciones con los hijos que pueden convertirse en un detonante emocional. A veces ante una situación complicado tendemos a recluirnos sobre nosotros mismos y nos olvidamos que somos dos en esto. Por eso, en medio del lío, pararse aunque sea un segundo, para mirarse, sonreírse, rozarse una mano o incluso darse un abrazo y un beso, como un llenarse de energía (recordar primer párrafo del punto 4) para afrontar la batalla. Juntos. De la mano. O, a veces, espalda contra espalda, cual mosqueteros, como cuenta el poeta Enrique García-Máiquez: «No ve uno claramente dónde, cómo y a qué se enfrenta el otro, pero da por sentado que le está salvando el pellejo».
c. Cultura del elogio vs cultura de la queja
Le leí hace unos años esto a Emily Stimpson y me pareció buenísimo:
«Ambos trabajamos arduamente para que el otro se sienta valorado. No pasa un día sin que Chris me elogie frente a los niños, agradeciéndome por diferentes cosas que hago o diciendo algo como: «Mami es maravillosa. Hace tantas cosas por nosotros y nos cuida tan bien». Yo hago lo mismo: agradezco a Chris constantemente, ya sea por sacar la basura, conducirnos a diferentes lugares, trabajar duro o prepararme un martini.
También lo elogio frente a los niños. Casi todos los días digo algo como: «Tenemos tanta suerte de tener a papá. Nos ama mucho y trabaja muy duro por nosotros. ¡Tenemos al mejor papá del mundo!». Esto ayuda a que los niños aprendan respeto y gratitud, y hace que tu pareja se sienta vista y amada. Esto, a su vez, hace que sea más fácil y alegre hacer todo lo que hacemos por los niños y entre nosotros»
d. Pasar el relevo
En un momento de estar a punto de soltar un grito o perder la paciencia o ya explotar y no poder gestionar una situación, pasar el relevo al otro progenitor. Puede uno mismo pedir “los refuerzos”, o, si el otro se da cuenta de la situación, acudir en auxilio. Importante haber acordado antes cómo y cuándo llevar a cabo este paso del testigo, para que quien es “socorrido” no se sienta “ninguneado” o que le están quitando autoridad delante de los niños ni nada por el estilo.
e. A veces la estrategia será repartirse, hacer turnos, etc.
Pero creo que la crianza no es para vivirla separados, siempre alternándose. Si es importante buscar momentos de los dos progenitores juntos, también es clave encontrar momentos de disfrutar como familia. Y esto no quiere decir planes caros y elaborados, quiere decir disfrutar del día a día, también de las tareas más prosaicas. Resulta sencillo que se nos pegue una mentalidad de padres como gestores de la agenda y las necesidades de nuestros hijos. Pero somos mucho más que eso. Los niños no son una lista de to-do’s (aunque a veces la lleven aparejada). Tenemos que ser capaces de disfrutar de nuestra paternidad, de nuestra maternidad. Con el tema del reparto de tareas, creo que es sano no caer en rigideces de 50/50, como os contaba aquí con las tareas del hogar.
Me gusta mucho cómo lo explica Isis Barajas en este artículo:
«Los esposos no son un equipo que se reparta las tareas o que gestione eficazmente la logística familiar; son una sola carne que se entrega mutuamente tanto en los grandes acontecimientos de la vida como en los detalles más pequeños».
Y también:
«El día de la boda entregamos nuestro cuerpo y también nuestra vida entera al otro. Es una donación que se actualiza cada día. El cuerpo se entrega en el lecho, pero también al levantarse rápidamente en la noche para atender a un hijo y que el otro no se despierte; el cuerpo se entrega en la ternura de una caricia, pero también regresando pronto del trabajo para aliviar la carga doméstica al que está en casa; el cuerpo se entrega al reservarnos un día para ir a cenar juntos, pero también diciendo “vete a descansar que ya me ocupo yo”»
6. No tienes que hacerlo sola. No tenéis que hacerlo solos
En este vídeo os hablaba un poco de la idea de “la tribu”, de aprender a pedir apoyo en nuestra vivencia de la maternidad. Dice María Calvo que «pensar de modo autorreferencial “puedo sola”, muchas veces, nos impide recibir la ayuda necesaria para mantener una vida tranquila». Yo lo sintetizo así: Ofrecer ayuda, aceptar ayuda, pedir ayuda. Mostrarse vulnerables cuesta, pero, a la larga el precio es mayor cuando nos la damos de super womans, de que lo sabemos todo y lo podemos todo y no necesitamos a nadie. Tener un buen grupo de amigos, puede que algunos de ellos en circunstancias similares a las vuestras, es un regalo. No solo por la ayuda más “práctica” que te puedan brindar sino simplemente por su amistad, por compartir momentos, por tener alguien que te entienda con quien hablar de los distintos retos. Yo, personalmente, he aprendido muchas cosas de maternidad viendo a mis amigas ser madres.
7. Más ideas
En este post sobre las discusiones en el matrimonio en general, hablaba de:
- Buen humor y cariño
- Trucos para quitar tensiones (las palabras dique o interruptor)
- La comunicación asertiva
- Piensa bien y acertarás
- Distinguir lo exigible de lo deseable (este punto me parece muy clave en el tema de la crianza, ahora que lo pienso).
- El perdón
8. Fuera el resentimiento. Dentro el perdón
Hay un tema que veo que causa muchas fricciones y que puede acabar alimentando un resentimiento peligroso: la carga en el reparto de tareas y la carga mental. Daría para un post diferente, pero de lo mejor que he leído sobre ello es este artículo de Public Discourse. La autora escribe:
«Mantener una comunicación abierta y habitual en una vida dinámica implica menos riesgo de que se acumulen resentimientos por información olvidada o sentimientos reprimidos. ¿Es capaz cada uno de reconocer y validar lo que piensa el otro? A veces, la comunicación no tiene tanto que ver con la información que se transmite como con la actitud o disposición que se tiene»
Y hacia el final del texto:
«Abordar las conversaciones sobre la carga mental con agradecimiento y no con resentimiento es el primer paso para tener un hogar más alegre. Aunque queramos que nuestro cónyuge asuma más responsabilidades, podemos empezar agradeciéndole las cosas que ya hace. Podemos hablar de lo que sentimos cuando algo no va bien. Y podemos disculparnos y tratar de cambiar nuestro propio egoísmo, independientemente de cómo se manifieste»
El agradecimiento lo considero clave en cualquier relación: nos aleja de la queja, nos da una mirada más realista y más luminosa. Y qué decir del perdón: en los desahogos en redes sociales llenos de furia de madres desesperadas con sus hijos y sus parejas es difícil encontrar algo de autocrítica. La culpa siempre es de los otros. Una sabe lo que hay que hacer, tiene el conocimiento supremo y ejecuta su plan al milímetro. Pero es muy difícil una buena comunicación sin el reconocimiento humilde de los propios fallos. No se trata de autoflagelarse, sino de asumir lo que no está bien y reconducir los pasos. Y está fenomenal que nuestros hijos aprendan que tienen padres imperfectos.
Imperfectos y que se quieren y les quieren.
Foto de Orlando Allo en Unsplash
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