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La ternura, según Nacho Cano y Karol Wojtyla

Nacho Cano tenía razón: «Las cosas se complican si el afecto se limita a los momentos de pasión».

Existe un lenguaje del cuerpo y el sexo forma parte de ese lenguaje. Las relaciones sexuales es el lenguaje propio y distintivo del matrimonio. Por eso no se trata de una forma de comunicarse más. Pero aunque esto sea lo distintivo, la intimidad compartida en el matrimonio y su manera de expresarla no se queda —o no debería quedarse— entre las cuatro paredes del dormitorio. La sexualidad es algo más amplio que las relaciones sexuales, «es una dimensión fundamental de toda la personalidad humana y por ello está íntimamente relacionada con la afectividad, la capacidad de amar y la aptitud para relacionarnos con los demás», como afirma este artículo.

Comunicamos no solo con lo que decimos sino con todo lo que hacemos, con todo nuestro cuerpo: cuando aprovechas que le pasas las llaves para acariciarle la mano, das las gracias por un favor mirando a los ojos, un abrazo porque sí, un beso en la mejilla bien dado —no de esos que se quedan en el aire—, la manera de rodear su cintura cuando camináis por la calle, tu forma de apoyarte sobre su hombro, cuando le escuchas poniendo los cinco sentidos en lo que te cuenta… Todo eso puede expresar  amor y entrega.

 

¿Por qué «las cosas se complican si el afecto se limita a los momentos de pasión»?

Porque estaríamos reduciendo nuestro amor a ciertos momentos cuando «debemos amar con el cuerpo todos los días aunque no todos los días hagamos el amor».

Recuperar, redescubrir, potenciar la ternura en el matrimonio puede ser la clave porque, además, la ternura «estrechamente ligada a un verdadero amor de la persona, desinteresada, puede salvar al amor de los diversos peligros debidos al egoísmo de los sentidos […]. La ternura es el arte de “sentir” a la persona, al ser humano en su totalidad, en cada uno de los movimientos de su alma, por escondidos que se supongan, pensando siempre en su verdadero bien», afirma Karol Wojtyla [la negrita de esta cita y las siguientes es remarcado mío].

Los actos de la ternura no son caricias interesadas, sino expresión de amor, de alegría, de cercanía, como una manera de decir «quiero tocarte para cerciorarme de que estás aquí y qué suerte tengo de que así sea», o «quiero que sepas que estoy aquí, siempre, para lo que necesites».

La esencia de la ternura consiste, según Wojtyla, en «una tendencia a hacer suyos los estados del alma de otro. Esta tendencia se manifiesta al exterior, porque se siente la necesidad de señalar al otro “yo” que uno se toma en serio lo que el otro está viviendo». Uno se encuentra con que necesita comprender esos estados interiores del otro pero no siempre puede, pero sí siempre necesita —y puede— mostrar ese «estoy aquí, me hago cargo de tus cosas».

«Las cosas se complican si el afecto se reduce a los momentos de pasión» porque la persona merece ser amada en cada instante, no solo cuando “brota” o cuando resulta fácil, no solo cuando me atrae de manera irresistible… y para ese amor que cada persona merece se necesita tiempo: tiempo presente en calidad y cantidad (atención) y tiempo a lo largo del tiempo —de ahí lo esencial de la fidelidad como don, aunque eso irá en otro post—. «La prisa se opone a la ternura; la ternura es lenta, la prisa violenta. No hay ternura apresurada, no hay amor con prisas. Quien ama no tiene prisa», afirma Jaime Nubiola.

 

La ternura no es una táctica

En la ternura, siguiendo con Wojtyla, «hay una cierta necesidad de satisfacer la afectividad, pero posee un carácter radicalmente diferente de la necesidad de satisfacer la sensualidad», va más hacia la persona en su integridad, no solo focalizada en el cuerpo o en el sexo; «para ella no se trata de gozar, sino de sentirse cerca». Y no es que gozar sea algo malo —para nada—, el problema es cuando se alza como lo único, o como fin, o como lo más importante [explico esto con más detalle en este post].

Por supuesto la ternura, las caricias, juegan un papel muy importante también de cara a la relación sexual, y no solo en los momentos inmediatos, como dicen en esta entrevista: «El acto conyugal es una catarata en continuo y, por eso, la disposición para que salga bien no comienza cuando el marido llega a casa y guiña el ojo a su mujer. Lleva todo un día de preparación. Si el día ha estado lleno de desaires, no vale pensar que se resolverán en el lecho».

No hay que perder de vista las características esenciales señaladas arriba sobre la ternura: el desinterés, el buscar el bien del otro, el amarle en su integridad. Si esto es así, la ternura no puede convertirse en una “táctica” para conseguir del otro una noche de pasión. Me gusta la expresión de “catarata en continuo” de la cita anterior porque el amor debería ser así: somos los mismos los que amamos en cada momento del día, y amamos con todo nuestro ser. Por eso es importante que el afecto, la ternura, esté presente en cada acción respecto a nuestro compañero de aventura.

 

¿Todos necesitamos ternura?

«Hace falta mucha ternura en el matrimonio», subraya Wojtyla. Todos necesitamos de la ternura, aunque es cierto que de maneras diferentes hombres y mujeres por nuestra forma distinta de ser y reaccionar. Wojtyla señala que «la mujer tiene un derecho particular a esa ternura en el matrimonio» ya que «su afectividad es en general más rica que la del hombre» y menciona momentos concretos en los que se hace especialmente necesaria: el embarazo, el parto, el postparto… Pero deja bien claro que todos tenemos necesidad de ella ya que «la ternura crea la convicción de que no están solos y de que su vida es compartida por el otro».

Más allá de las diferencias hombre-mujer cada persona tiene su propia manera de expresar el amor y también su forma concreta de recibir y entender las expresiones de amor de los otros. No existe un estándar que fije que 150 besos al día son adecuados o algo así. Cada cual debe saber qué quiere el otro, saber si de entre los  cinco “lenguajes del amor” de los que habla Gary Chapman, tal vez su principal sea el del contacto físico. Y para esto no hay que ser adivinos; simplemente, hay que hablarlo.

«Las cosas se complican si el afecto se limita a los momentos de pasión». Ya lo dice Nacho Cano. Y el resto de la letra de su canción también da ideas:

«llenamos el caldero de risas y salero / con trajes de caricias rellenamos el ropero»

La cotidianidad, lo diario, la comida, el armario… el valor de la ternura en lo de cada día.

«subimos la montaña de riñas y batallas / vencimos al orgullo sopesando las palabras»

La ternura se contrapone a la brusquedad. La ternura no son solo caricias, son modos de decir, es un tono de voz, es intentar bloquear cualquier gesto brusco que nos pueda salir fruto de nuestras impaciencias, cansancios, susceptibilidades…

«nadamos por las olas de la inercia y la rutina con la ayuda del amor»

Porque el amor es creativo y por eso es capaz hasta de construir rutinas buenas.

 «no te sueltes la mano que el viaje es infinito/ y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo»

La aventura es para siempre. Por eso es apasionante. Y el amor es tan grande que sabe conjugar ese infinito con lo concreto de cada día, con el flequillo que mueve el viento y que el otro cuida que no lo despeine.

 «y llegará el momento que las almas se confundan en un mismo corazón».

Al casarnos nos hacemos una sola carne, pero ese “ser uno” se tiene que concretar también en el día a día, no es algo automático ni que pase de manera mágica después de la boda. Esa unión la conquistamos queriéndonos cada día. Con caricias al alma y al cuerpo.

[Vivimos siempre juntos en Spotify]

[Las citas de Karol Wojtyla son de su libro Amor y responsabilidad]


Foto de Toa Heftiba en Unsplash

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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