dextrarum iunctio makelovehappen

«Todos los días de mi vida»

Hace unos cuantos años leí una frase de Chesterton que, en mi inconsciencia romántica de aquel entonces, no terminé de entender. Se la decía a la que iba a ser su mujer: «No me caso porque te quiera, sino para quererte».

No he dejado de ser una romántica pero sí me he vuelto un poco más consciente —creo— y tras haberme casado con Pablo, creo que entiendo a Chesterton mejor que nunca. El gran —en todos los sentidos— escritor inglés no quería decir, obviamente, que no amara a su mujer y que se casaba con ella a ver si eso le animaba a amarla un poquito. No.

Me parece que apuntaba más hacia el hecho de que no te casas por un mero sentimiento; que si el amor es construir, el matrimonio es construir una catedral. Que la boda es una fiesta tan grande porque señala el comienzo de una aventura apasionante y apasionada. Que el matrimonio es algo que se celebra un día y que dura para toda la vida. O, mejor dicho, con las palabras de las promesas que nos intercambiamos Pablo y yo el 20 de junio: «todos los días de mi vida».

Me gusta esa fórmula. No es un «siempre», que suena rotundo pero algo impersonal, no. Es un «todos los días de mi vida», todos y cada uno, de mi vida, de mi vida contigo.

¿Pero es posible realmente hacer algo así? ¿Es posible prometer que vas a estar ahí siempre con lo incierto que es el futuro y cuando ni siquiera sabes qué te vas a poner mañana o dónde trabajarás dentro de diez años? ¿Puedes prometer, con sinceridad, que dirás “sí” cada mañana al levantarte?

Sí, se puede. No lo digo yo —con mi pequeña experiencia en esto de ser esposa—, lo dicen, con sus vidas, muchos matrimonios. En la luna de miel hablamos con un señor brasileño de 82 años que había perdido a su mujer por un cáncer hacía poco, después de más de 50 años casados. Se le humedecían los ojos y nos decía: «Yo la amaba tanto… No tenía que haber muerto ella primero, no tenía que haber sido así… Yo la amaba tanto…».

Pero hay otra cosa genial en la frase de lo que se llama el momento del consentimiento en una boda:

«Yo, Lucía, te recibo a ti, Pablo, como esposo y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida»

Tiene que haber algo muy poderoso para que un segundo antes de pronunciar esas palabras yo era yo, y Pablo era Pablo —ambos queriéndonos mucho, pero cada uno en su mismeidad, solito, separado— y un segundo después, los dos somos uno. Un segundo antes éramos novios, y un segundo después somos esposos.

Esto tiene mucha miga para un solo post, pero creo que una primera aproximación puede ser algo que recordé, al empezar a preparar la boda, de mis clases de segundo de Filosofía. Estábamos en Filosofía del Lenguaje y el profesor, Jaime Nubiola, nos explicaba los «enunciados performativos» descritos por J. L. Austin en el libro Cómo hacer cosas con palabras. Un «enunciado performativo» es algo que no describe un hecho, sino que realiza un hecho, por ejemplo: cuando prometes algo. Algunos de estos enunciados deben respetar lo que Austin llama «criterios de autenticidad». Antes de que dejéis de leer rápidamente este post, os lo explico con el ejemplo que utilizó Nubiola en aquella clase:

El lindo don diego. Los que no se casan.

Con “mi prometido” en la obra de teatro El lindo don Diego

«Lucía, en la obra de teatro que está preparando con su compañía, cuando su personaje se casa  y ella pronuncia las palabras de las promesas… ¿se está casando Lucía con su compañero de teatro? No, claramente. Cuando Lucía se case en la vida real y pronuncie esas mismas palabras… ahí sí estará casándose».

Sí, lo que estáis pensando: la intención cuenta. Ese algo poderoso que nos transforma de novios a esposos al pronunciar unas palabras concretas es que son más que “simples palabras bonitas”, son palabras que hacen, son palabras que nos entregan, son palabras que comprometen nuestra libertad y nuestra vida, porque nos da la gana.

Esto va muy especialmente para todos aquellos que, con el fin de quitarle importancia al matrimonio, o justificar sus excusas-razones para no casarse, te saltan con lo de «yo es que no necesito un papel para querer a mi churri». Anda, majo, ¡claro que no! Yo tampoco necesito un papel, ni firmar en ningún lado. Eso —que tiene su importancia a nivel legal-jurídico-social-lo-que-sea— no me hace estar casada, no me hace ser esposa.

Yo me hago esposa entregándome. Yo me hice esposa cuando le prometí a Pablo, un 20 de junio sobre las 18:15h, que le amaré y le respetaré «todos los días de mi vida».


  • Parte de este texto lo escribí el 4 de julio de 2015, dos semanas después de nuestra boda.
  • Lo expuesto en este post sirve también, obviamente, para quienes eligen en la ceremonia la “fórmula corta” de responder «Sí, quiero» a lo que enuncia el sacerdote.
  • La foto de cabecera corresponde al preciso momento en el que Pablo y yo dejamos de ser dos y pasamos a ser uno. Cuando preparábamos la ceremonia de la boda con mi tío Pedro, sacerdote, nos dijo que a él le gustaba decir a los novios que, en el momento de las promesas, en vez de entrelazarse las manos como uno tiende a hacer —que el resultado suele ser una mano izquierda dada a una mano derecha— juntáramos ambos la mano derecha. A nosotros nos chocó un poco al principio porque nunca lo habíamos visto hacer así. Mi tío no nos explicó mucho más, pero mientras yo buscaba información sobre el rito de la velación encontré una cosa: dextrarum iunctio. Y no, no es un hechizo de Harry Potter. La dextrarum iunctio —vamos a traducirlo un poco así a ojillo como «unión de las manos derechas»— era parte del rito del matrimonio judío. Profundizando un poco más en la cuestión, descubrí que también los romanos antiguos lo tenían en sus matrimonios. Y ya, con la curiosidad picada, encontré hasta un artículo que hablaba sobre la representación de la dextrarum iunctio en el arte cristiano primitivo. Por si os mola la idea.
  • Si quieres profundizar en el hecho de que el ser humano sea capaz de comprometerse así de radicalmente, te gustará ¡Viva el amor libre!.

8 comentarios en “«Todos los días de mi vida»

  1. Lourdes dijo:

    Hola Lucia, Felicidades por el blog, que gran descubrimiento!! Sabes donde podría encontrar la cita de Chesterton que citas en esta entrada «No me caso porque te quiera, sino para quererte». Seria de gran ayuda esta información. Muchísimas gracias!!

    Le gusta a 1 persona

    • Luzmaral dijo:

      Muchas gracias, Lourdes. Es una frase que tengo en mi cabeza desde hace tiempo y puede ser que la sacara de la biografía de Joseph Pearce sobre Chesterton… Pero no he podido comprobar la fuente aún. Tengo pendiente seguir investigando. ¡Gracias por tu interés!

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