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Ser o no ser espontáneo

En ocasiones sobrevaloramos la espontaneidad, o no la entendemos bien. En general se sitúa en un pedestal como una cualidad deseable de las personas, algo que apreciamos encontrar en el otro, que nos resulta atractivo. Pensamos en lo contrario de espontáneo y nos produce repelús: postizo, hipócrita, legalista, rígido, “con poca cintura”.

Otras veces la miramos con cierta desconfianza. Como si fuera el fruto de una personalidad aún no madura, porque nos imaginamos que un hombre hecho y derecho debe llevar siempre la mandíbula un poco apretada y el último botón de la camisa abrochado. Como si la espontaneidad fuera algo para una época, para un momento concreto: los tiernos años de la infancia y la locura de la adolescencia.

Ambas miradas sobre la espontaneidad confunden la espontaneidad verdadera con una especie de caricatura suya. 

Espontaneidad no es soltar lo primero que se te ocurre en una conversación (y encima intentar justificarte como si eso fuera una virtud, «es que soy muy espontáneo», cuando tus palabras incluso han podido ser hirientes); tampoco es —o no solo, o no necesariamente— ponerte margaritas en la cabeza y bailar por la calle; ni hacer “lo que te brota” en cada momento dejándote llevar por las ganas, por la vida o por no se sabe qué; ni ser el “payaso” del grupo o el más ocurrente o creativo.  

DIGAMOS QUE HAY DOS TIPOS DE ESPONTANEIDAD

Esto lo descubrí gracias a García-Morato en su libro Aprender a querer: la espontaneidad primaria (que se deja llevar por las tendencias y ya está) y la madura (la espontaneidad de la sencillez y la transparencia, «la que se da en las personas que hacen lo que dicen y dicen lo que piensan, esas personas que son verdad y la muestran con sus vidas»). 

No consiste en encorsetarse ni en vivir tensionado sino en ir construyendo una espontaneidad madura, partiendo cada cual de cómo somos. Y sin olvidar que somos más lo que queremos, lo que amamos, que lo que “nos apetece” o “nos brota” en diferentes momentos del día. 

Es optar por la actitud de la vida como baile (en el sentido que os contaba en este post): nos explicaba un profesor de baile que en la salsa no había que seguir una estructura rígida, «que bastaba con tener unas líneas generales básicas bien claras, y de ahí ir combinando, siguiendo el ritmo de la música y coordinándote con tu pareja. Él no quería que aprendiéramos figuras ya “pre-cocinadas” y que las repitiéramos como monos de imitación, sino enseñarnos los básicos que nos permitirían después —poniendo práctica, corazón y cabeza— bailar con un abanico bien amplio de combinaciones posibles». 

Un compañero de baile rígido, mecánico, que ejecute movimientos perfectos técnicamente pero con la rigidez de un robot y sin tener en cuenta a su pareja… no es un buen bailarín. Por otro lado, un motivado espontáneo que simplemente “se dejara llevar” por la música y optara por una actitud de “yo me invento mi propio baile”, podría resultar divertido —para un rato, al menos—, sorprendente, curioso… pero con él sería imposible bailar, bailaría siempre solo. Es complicado tratar con una persona de la que no sabes “por dónde te va a salir” en cada momento, con la que no sabes nunca con seguridad si puedes contar 100%, alguien que antepone su “libertad de movimientos” y su original baile a todo lo demás…

Es cierto que cuando empiezas a aprender a bailar puedes parecer aún un poco robótico, inseguro, pisas a tu acompañante, necesitas referencias y ejemplos constantemente a los que mirar aunque sea de reojo… pero con práctica, bailando y bailando, los movimientos se vuelven ágiles, aprendemos a equilibrar la pasión del arte con las líneas generales de la danza, improvisamos sobre una base firme que no pone obstáculos a los bailes de los demás —más bien todo lo contrario— y disfrutamos del proceso y del resultado. 

«La autenticidad tiene que ver con cómo miramos y conocemos el mundo y actuamos en consecuencia, y también con cómo nos conocemos a nosotros mismos y vamos creciendo y construyéndonos»

Así, básicamente —contado con esta metáfora imperfecta—, es como “funciona” lo que los filósofos y educadores llaman “virtud”. Un profesor de Filosofía política nos lo explicaba de esta manera: «La virtud se adquiere realizando los mismos actos para los cuales la virtud nos habilita: nos hacemos justos haciendo lo justo; flautistas, tocando la flauta… No es un círculo vicioso porque el primer hacer no es igual al último hacer. El primer tocar la flauta por el que aprendemos a tocar la flauta no es igual que el tocar la flauta después de haber aprendido». 

SER AUTÉNTICOS

La verdadera espontaneidad es autenticidad, aunque también el “ser auténtico” se ha utilizado a veces para describir a individuos excéntricos o que son “muy suyos”. La autenticidad tiene que ver con cómo miramos y conocemos el mundo y actuamos en consecuencia, y también con cómo nos conocemos a nosotros mismos y vamos creciendo y construyéndonos. Al entenderla como virtud vemos que no es una condición previa sino una tarea para toda la vida, una misión emocionante.

«La vida auténtica se caracteriza […] por mirar la realidad cara a cara y atreverse a pensar personalmente, por ser autónomo ante los ídolos de la opinión pública y aceptar la soledad. [Algo que me recuerda a esas dependencias que te hacen libre y a las que no]. […] La autenticidad es, pues, compatible con la inseguridad propia de toda búsqueda, porque por mucho que avance el hombre en su conocimiento seguirá siendo para él mismo un enigma. Sin embargo, no puede dejar de formularse esta pregunta: ¿cuál es la forma de vida correcta? O ¿cuál es el mejor modo de reconciliarse con la existencia? […] La filosofía siempre nos ha hecho esta propuesta para vivir una vida auténtica: pensar mejor para vivir mejor»

El sosiego, Miguel Ángel Martí-García

LA ESPONTANEIDAD EN EL AMOR: NI SOLO FLUIR NI SOLO SUFRIR

La espontaneidad en las relaciones está sobrevalorada. En la segunda parte del post sobre comunicación os contaba cómo a veces apreciamos más las cosas según su grado de espontaneidad (entendida como espontaneidad primaria) «y nos equivocamos, porque a veces tiene mucho más valor un acto hecho con esfuerzo pero por amor de verdad que algo que “ha salido solo” o simplemente “porque me apetecía y ya”. El amor de verdad a veces es espontáneo, sí, pero amar a alguien incondicionalmente no fluye ni sale solo… ¿no?». 

De ahí la importancia de la comunicación y de aprender a expresar nuestros sentimientos, deseos, expectativas.

«Puede ocurrir que uno de los miembros de la pareja espere que el otro descubra lo que le ocurre sin expresarlo con palabras, y suponga en su pareja una especie de ciencia infusa que le haga adivinar lo que siente: “Así debe ser, si de verdad me ama…”. Esta ocultación y ese deseo de que el otro sepa lo que preciso son muy dañinos en una relación de pareja, además de una señal de que no existe confianza. Lo ideal sería mostrar los sentimientos y necesidades con palabras sencillas: “Te necesito, dependo de ti, de tu alegría… Siento comportarme como un crío… En realidad, necesito tu ayuda”. Por supuesto, expresarse de esta manera requiere un acto de humildad y este es el auténtico reto del amor, del verdadero amor»

(Armonía, Alfred Sonnenfeld)

Resulta infructuoso y no conduce a nada quedarnos con nuestro sentimiento de insatisfacción (aquí está el temazo del egoísmo de los sentimientos, que se merece un post aparte) cuando a tu pareja no se le ha ocurrido a él solo / ella sola cierto gesto de cariño, un regalo o un detalle. Lo que hay de fondo (al menos parte) es un analfabetismo afectivo que piensa que el amor más auténtico es el que sale sin esfuerzo, con una espontaneidad primaria. 

Por otra parte, como afirma también Sonnenfeld, a quien no le salga nunca de forma espontánea tener detalles de amor con su pareja tendrá que entrenarse, no valen las excusas, es «la educación del amor, un amor voluntarioso, decidido».

«Lo que hay de fondo es un analfabetismo afectivo que piensa que el amor más auténtico es el que sale sin esfuerzo, con una espontaneidad primaria»

¡OJO! Tampoco se trata de que todo en esta vida sea esfuerzo y que solo valoremos cuando haya sudor y lágrimas y dejemos de valorar los gestos de amor del otro porque “como total, le salen solos, no tiene mérito”. Como si restáramos valor y mérito al virtuoso del violín ignorando que esa aparente facilidad con la que se mueven sus manos por el instrumento es fruto de años de práctica. (Recordad el ejemplo de mi profesor de Filosofía política).

García-Morato lo sintetiza muy bien: «La virtud no se identifica con la dificultad ni lo auténtico coincide sin más con lo espontáneo».

La virtud, además, no simplemente consiste en que un comportamiento sea más sencillo por haberlo convertido en un hábito (ejemplo: a la hora de escoger peli, siempre le das prioridad a su elección), sino que además nos “empuja” a esos actos buenos, consigue mover nuestro corazón hacia lo realmente bueno y verdadero (siguiendo el ejemplo anterior: ese dar prioridad lo haces ya sin pensar, sin tener que luchar contigo mismo, porque lo que más deseas es que la otra persona disfrute de la película, en su felicidad encuentras la tuya propia).  

Es el secreto de una vida auténtica y de un amor que «conjuga el nosotros».


Foto de Chris Yang en Unsplash

Lo que aprendemos por el camino, muchas veces lo aprendemos con los demás... ¿Qué te ha parecido este texto?

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